Sin duda, una de las gratificaciones más importantes que tiene un ser humano la halla al escuchar una melodía musical. Independientemente del estrato social, nivel de instrucción, grupo etáreo, ingresos o sexo que caracterice a un individuo, existe un tipo de música que se adaptará a las circunstancias específicas que viva. No existe, por tanto, un patrón específico para afirmar a ciencia cierta que tal o cual música "pegará más" en tal o cual estrato, sino que cada persona asignará un valor específico a las notas que lleguen a su cerebro, en un importante proceso de decodificación de los mensajes.
Sin duda, existirá más probabilidad de afinidad con la melodía acompañada por una letra en el idioma materno, pero aquello no es una ley inflexible. La música de moda, generalmente en inglés, es una muestra clara de aquéllo.
Quienes vivimos las décadas de 1980 y 1990, asistimos a una serie de cambios del mundo bipolar al supuestamente unipolar, y en ese proceso, los consumos culturales aportaron un giro interesante. De esta forma, vimos una mayor tendencia a la simple diversión como medida de consumo de las diferentes "ondas musicales".
Algo que queda claro con el pasar del tiempo es la necesidad de distinguir los géneros que crean una corriente, de aquéllos que no pasan de ser una simple moda.
De esta forma, no se puede medir con las mismas pesas una corriente arraigadísima en los sectores populares latinoamericanos, como son la cumbia o el vallenato, con otras de menor empuje, cual son el reggetón o el house, que si bien en su época "pisaron fuerte", tienen un previsible final antes de la nueva década, o al menos que perderán su radio de influencia.
Lo anterior puede ser rebatido, desde luego, y la idea es ésa. En este espacio no pretendo crear dogma, sino debate.
Todo aporte, incluso los que van en contra, serán bienvenidos, a fin de alimentar este pequeño espacio de discusión, donde espero sentar las bases para una sana dialéctica del siglo XXI.
jueves, 9 de julio de 2009
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