domingo, 27 de septiembre de 2009

Acerca del servicio de bus articulado

Abraham Omonte Rivero
En una de mis búsquedas diarias de noticias, me enteré que hace unas semanas inició sus operaciones un bus articulado entre las ciudades de La Paz y El Alto, como iniciativa privada de un ciudadano interesado en el desarrollo del país. Otros conductores del servicio Expresso tienen interés en adquirir nuevas unidades de segunda mano, provenientes de Suiza. Leyendo otros detalles, también me enteré que, como no podía ser de otra manera, la gente que gusta de vivir en el siglo IV y medio ya reaccionó.
Radico hace menos de un año en Quito, Ecuador, y acá el servicio lleva ya alrededor de 15 años. Entonces era alcalde Jamil Mahuad, quien posteriormente fue electo presidente de la República. Más allá de evaluar la gestión completa de dicho burgomaestre, considero que ésta fue una de sus más importantes iniciativas. Hoy, existen tres sistemas de buses articulados, que transportan alrededor de 9.000 pasajeros por hora cada uno. La ciudad tiene alrededor de dos millones de habitantes, y se constituye en el medio de transporte más apropiado para una ciudad en expansión. Las vías estrechas del centro histórico no son un obstáculo para estos buses, tampoco las vías empinadas que, si bien no tienen las pendientes de ciertas calles paceñas, no representan una gran dificultad. En un inicio, desde luego, hubo resistencia de la población, y especialmente del servicio de transporte, pero hoy, década y media después, se constituye en un referente importante para el país.
Recién hace dos o tres gestiones se pudo aplicar el mismo servicio en la costeña ciudad de Guayaquil, con los consabidos cambios y disputas, pues no todo el mundo estará de acuerdo con iniciativas semejantes a ésta. Lima, una de las ciudades más grandes del continente, recién implanta este servicio desde 2008 (ignoro si ya operan los buses en cuestión, pero al menos sí había un proyecto aprobado en agosto de la pasada gestión). Bogotá posee un servicio con certificación de las Naciones Unidas por su calidad ambiental, y es pionera en este rubro.
La modernidad del transporte urbano no significa sólo tener “buses más cómodos y bonitos”, sino principalmente por la inteligente gestión del espacio público. No es para nadie desconocido que La Paz se caracteriza por ser una ciudad poco cómoda o con la que la gente se sienta muy contenta. Otro tanto sucede con El Alto, y ni qué decir de aquellas urbes que todavía carecen de gran parte de los servicios básicos, la infraestructura y equipamiento mínimo para estar a la par de otros importantes conglomerados. El servicio de transporte de los minibuses tuvo su época de gloria, y fue una gran ayuda, especialmente para los barrios marginales, pero su fin está a punto de llegar. Es hora de dar paso al siglo XXI. La tesis usual y bastante gastada es que los conductores “se quedarán sin fuentes de empleo”, viejo argumento que siempre nos va postergando, ignorando o queriendo ignorar que cuando una persona se queda sin trabajo, con seguridad generará una nueva estrategia para sobrevivir. De hambre no moriremos, eso lo comprobamos durante décadas.
El sistema de bus articulado no se queda en el transporte, sino que existen otros servicios conexos, todos muy importantes, como la seguridad, la limpieza, e incluso el traslado de pasajeros a las estaciones, que acá se denominan alimentadores (buses privados con rutas definidas que llevan a los pasajeros a las principales estaciones). Los mismos transportistas podrían cubrir esos u otros servicios necesarios. Todo es cuestión de saber negociar, a fin de que todos salgamos ganando, y no sólo unos cuantos, como siempre fue. Lo que vi y aprendí conversando con los ciudadanos que utilizan el servicio, no es que el transporte privado haya desaparecido, sino que se transformó.
Algo que me llamó la atención al leer las noticias de Bolivia, es que se tenga la intención de traer los buses de Suiza, de segunda mano, por un costo de $us 40.000. Evidentemente, el precio resulta ventajoso, si los comparamos con los alrededor de $us 200.000 que costaría uno ensamblado en Colombia, pero si se tratara de un proyecto municipal, que involucre también al sector privado, sin duda resultaría altamente beneficioso tanto para el municipio como para la ciudadanía.
La construcción de las estaciones o paradas intermedias donde bajarían y subirían los pasajeros, sin duda también acarrearía un importante movimiento económico, no sólo por la mano de obra que demandaría, sino también por las fuentes de trabajo que generaría para los operadores, así como el personal de limpieza y seguridad. Ni qué decir de los infaltables comerciantes minoristas, toque de pincel que forma parte del variopinto paisaje urbano.
De concretarse esta feliz iniciativa en la principal urbe boliviana, creo que las avenidas más apropiadas por las cuales podrían circular son la Mcal. Santa Cruz (barriendo, de paso, con tanto minibús que sólo asfixia la ciudad), y otras vías similares como la Buenos Aires, Sucre, Tejada Sorzano y también la Av. Busch.
Hace años hubo una iniciativa municipal de construir el tren elevado. Hubo oposición de los representantes del transporte sindicalizado (los bolivianos somos especialistas para oponernos al cambio, la modernidad, el desarrollo, y también expertos en reclamar por la postración en que vivimos). El servicio de buses articulados también tendrá sus obstáculos a superar, pero con el apoyo decidido de la ciudadanía, se daría un importante salto cualitativo, pero las primeras informadas, no aparentemente, sino realmente informadas, deberán ser las autoridades municipales.

lunes, 7 de septiembre de 2009

ELABORACIÓN TESIS DE GRADO DERECHO, ADMINISTRACIÓN, OTRAS RAMAS

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Cruz de navajas

Leticia dejó el ejemplar del diario sobre la cama. No había terminado de leer los titulares de la primera plana, pues acababan de llamarla los compañeros del grupo diciendo que adelantaban el viaje para las 10 de esa mañana. Fue una decisión algo arrebatada, pero las razones eran simples: si llegaban antes de las seis de la tarde a su destino, tendrían oportunidad de asistir a la explosión de pirotecnia anunciada para esa noche. Se bañó y vistió a las volandas, segura de llegar tarde de todos modos, pues ya eran casi las 9.30. “Ellos tienen la culpa, yo les he insistido para salir temprano, pero los gilipollas me decían que no”, se excusaba ante sí misma. Le invadió el alivio de haber tenido listas las maletas desde la noche anterior. Durante los últimos años como reportera, se había acostumbrado a despertar a cualquier hora tempranera, frecuentemente antes de que cantaran los gallos si los tuvieran en el vecindario, y también acostarse a cualquier hora. Pero éstas eran sus vacaciones, y había logrado reunir una buena porción del grupo de la secundaria, muchos de los cuales vería después de casi dos décadas. “¡Mierda! ¡Cómo vuela el tiempo!” se dijo a sí misma, mientras reparaba en el detalle del “casi”. No terminó de secarse el cabello, sino que lo peinó lo mejor que pudo con sus dedos, y cogió las dos maletas en una contorsión algo incómoda, y fue sólo cuando se disponía a cerrar su habitación que reparó en uno de los titulares del periódico, en la última plana del primer cuerpo, asomado tímidamente bajo la otra mitad doblada, en un recuadro apenas perceptible, pero que le impactó como un golpe en la frente: “Víctima de dos drogadictos ansiosos fue identificada como Mario Postigo”, lo cual la hizo dejar, sin pensarlo, sin sentirlo, sus maletas al pie de la puerta. Volvió sobre sus pasos, y levantó el ejemplar del periódico, para leer la nota.
Era breve, y señalaba sólo lo previsible: poco antes de las cinco de la mañana, Mario llegaba a casa de una de sus habituales jornadas dobles de trabajo, cuando debía reportar las existencias de la importadora donde trabajaba, y precisamente en ese momento María, su esposa, salía a hacer las compras para el desayuno, cuando lo abordaron dos drogadictos, y a punta de navaja le arrebataron el reloj y la billetera. Mario se resistió, y uno de los drogadictos lo apuñaló, por lo que se desangró en el acto. María alcanzó a ver esa escena, y sus gritos alertaron a los pocos vecinos que transitaban a esa hora, habiendo capturado a las pocas cuadras a los drogadictos, que tenían sangre en los pantalones y las botas, uno de ellos con la nariz fracturada por los golpes en su defensa que le había propinado Mario. La noticia no tenía fotografías ni de la víctima ni del lugar de los hechos, pero Leticia pudo imaginar la escena, que tantas veces había visto en su ejercicio diario de la profesión que había abrazado quince años atrás.
En ese momento supo que demoraría para reunirse con el grupo. Había olvidado cuándo fue la última vez que vio a Mario, pero de eso serían mínimo cinco años, según se puso a hacer cuentas. Resultó uno de esos contrariados amores de uno solo, donde Mario había alimentado una ilusión sin que ella participara. Siempre le pareció algo extraño, bastante retraído y para nada buen mozo. No era alguien a quien ella hubiera visto como pareja, y tuvieron una relación bastante complicada, incluso sin sexo ni pasión. Él dejó de verla, y a ella no le afectó mucho esa decisión, pues no era demasiado lo que podía obtener de su compañía, pero no pudo evitar sentir lástima por Mario.
Sin embargo, esa lástima duró sólo cinco minutos, pues había esperado tanto ese viaje, que no lo postergaría por nada del mundo. Dobló el periódico, lo guardó en su cartera, y retomó sus pasos rumbo al punto de reunión con el grupo.
En ese mismo momento, Mario era velado en su casa, y ya su viuda había resuelto todo para el entierro, que sería esa misma tarde. En su rostro no se advertía ni una lágrima, pero su expresión era la de estupor. Había pocas personas acompañándola, todas familiares o vecinas. Los compañeros de Mario irían directamente a la misa en el Cementerio, pues los propietarios de la importadora donde trabajaba eran rígidos en estos asuntos, más si estaban a fin de mes y se debían entregar los balances en forma oportuna, por lo cual sólo uno de ellos, Joaquín, se acercó para darle sus condolencias, algo tarde la noche anterior.
Cuando fue, declaró su incredulidad al enterarse la noticia, pues sólo unos minutos antes del asalto se habían despedido en la esquina de Jacabo del Barco y Aragón. Mario decidió completar el trayecto que le faltaba para llegar a su casa caminando, apenas dos cuadras y media, por lo que Joaquín no insistió, en la certeza de que estaría seguro en esa nada que le restaba.
Mario era de pocas palabras, pero se podía congeniar fácilmente con él, y con Joaquín había llegado a tener una amistad franca y directa, libre de complicaciones y carente de complicidad. Con él y sólo con él se podía permitir un favor cualquiera, y esa madrugada le había pedido, cuando terminaron de hacer el inventario de mercaderías recién llegadas, el aventón a su casa, o lo más cerca posible, pues su viejo Camaro estaba otra vez en reparación. Lo habitual era que llegara a su casa pasadas las 7 pm, pero de vez en cuando lo hacía pasadas las 11, y no era raro que llegara al amanecer los fines de mes, sobre todo cuando llegaban nuevos lotes de puerto y había que inventariarlos, como había sucedido en esta oportunidad. En esas circunstancias, solía llegar agotado a su casa, encontraba a María media desnuda o recién cambiada, poco dispuesta a dialogar, y menos dispuesta a ser amada sin amar, pero intercambiaban los rituales saludos, a veces tomaban juntos el café o bien le dejaba el suyo, antes de ir a su trabajo, en una tienda de venta de ropa.
Durante la noche, al margen de las tareas habituales de registro y verificación, intercambiaron algunas anécdotas de anteriores trabajos, anteriores parejas, anteriores sueños y frustraciones. Mario confió que no se explicaba aún cómo no se había animado nunca a cruzar la frontera, estando a menos de cinco horas por carretera, después que Joaquín le comentara sobre sus últimas vacaciones, cuando había cruzado de sur a norte el vecino país en su todo terreno japonés en menos de una semana.
Mario le comentó entre líneas acerca de una de sus mayores frustraciones en la vida amorosa, con una periodista que le movió el piso, y sobre cuya obesidad categoría 1 no había reparado, sino hasta bien entrado su enamoramiento, pero que eso no le impidió seguir pensando en ella. “Ahora, cuando pienso en el asunto, se me revuelven los intestinos”, le comentó. Joaquín sólo frunció el entrecejo, pues a él sí le gustaban las mujeres “con mucha carne para amar”, pero prefirió no decírselo, para no iniciar una discusión inútil.
Ya eran más de las 4 am cuando terminaron las labores, y Mario le comentó que los frenos de su querido carro habían estado fallando últimamente, por lo que le pidió el aventón a su casa. “O bien podéis dejarme sobre Aragón, que me queda a dos trancos”, le pidió, en su enrevesada forma de expresarse. Cuando corrían sobre la vía despejada a esa hora, veían las puntas de las carabelas en su muelle, y Mario recordó en voz alta la pelea que tuvo con Fonseca en una de las carabelas, 15 años atrás, por un pitido de caballo, comentando además que no entendía cómo ese mequetrefe, que nunca cargaba más de un duro encima, hubiera trepado hasta la gerencia de la importadora.
Al llegar a Aragón y Jacobo del Barco, Joaquín le preguntó si no lo acercaba de una vez a su casa, estando tan cerca, a lo que Mario respondió que no era necesario, pues el retorno se le complicaría con tantas eses que debía hacer para regresar a la vía principal. Joaquín no insistió.
Al bajar del carro, Mario caminó tranquilo, pues las calles aún estaban vacías. Sólo vio un almacén con las luces interiores encendidas, que abría al público a las 5.30 am. Miró su reloj: eran las 4.45 exactamente. Una cuadra y media más adelante, vio a dos sujetos que caminaban tambaleándose, como si estuvieran ebrios o “pasados”. Uno de ellos tenía rota la nariz, que manaba sangre profusamente, y el otro le reprochaba algo que Mario no alcanzó a descifrar.
Faltaba poco para llegar a su casa, realmente poco, cuando observó, a unos pasos de donde él estaba, una pareja dándose besos apasionados en la banca de la parada del bus. Sucedió en pocos segundos, los suficientes para que Mario reaccionara, pero no los requeridos para que razonara, al notar que era su esposa la mujer que daba besos apasionados, como nunca se los había dado a él, al extraño que le tocaba los muslos y más arriba frenéticamente. Entonces, en un arranque de ira, atinó a abalanzarse sobre el desconocido, pero sin gritar, cosa que sí hizo María cuando vio que su nuevo novio enterraba la navaja en el pecho de Mario. Luego, en un episodio de razón, alcanzó a quitar al marido agonizante el reloj y la billetera, y entregárselos al amante al tiempo que le decía: “¡Puñetas!, ¡Vete!, que esto ya es asunto mío”, y tras desaparecer él por una calle aneja, María terminó de enterrar la navaja en el pecho del marido que aún le miraba sin articular palabra, con una mueca de incredulidad más que de dolor, antes de dejar caer su cuerpo aún tibio de bruces sobre la acera, y gritar por segunda vez pidiendo auxilio en medio de sollozos, y señalar el lugar por el que se fueron los asesinos de su esposo a los primeros vecinos que se acercaron a socorrerla.

jueves, 27 de agosto de 2009

Una mañana después

La llamada de Rosalía le sobresaltó temprano en la mañana, dejándole la duda traicionera de si sería parte de un sueño o una verdad improbable el que lo requiriera aquel día para atender su jardín. Su respuesta se limitó a asegurar que estaría allá a partir de las tres de la tarde. Se vistió sin apuro, se lavó la cara en el baño para ver en el espejo el rostro rutinario, con los pelos escasos y siempre desordenados y la barba a medio crecer. Era su característica, y lo llenaba de orgullo. Él era uno de los pocos jardineros de piel trigueña en la ciudad, y su tono almendrado, que antes fuera motivo de algún suspiro eventual, se iba marchitando lentamente, llenándolo de más orgullo todavía. Había decidido, varios años atrás, tomar su decadencia con filosofía para no refugiarse en el alcohol ni terminar tendido en la Avenida del Poeta. Todo su patrimonio se reducía a su ropa, la cama, una radio casetera y una pila de novelas sobre la mesa que le servía de escritorio y comedor. Al lado de los libros tenía una lámpara pequeña, y cerca de ésta un trozo de tronco seco que había lijado y barnizado para afinarlo y utilizarlo como un adorno que contara de su pasión por las plantas. En una esquina de la habitación descansaba la cocinilla eléctrica en la cual preparaba su desayuno. Contaba con una clientela estable que le proveía habitualmente el almuerzo, y las pocas veces que cenaba lo hacía en la modesta pensión de la esquina. Así, su vida se reducía a lo estrictamente necesario y creía haber alcanzado la felicidad, o algo parecido a la felicidad. Para su muerte, había pedido a una familia amiga ocuparse de su entierro y recoger de la habitación que ocupaba sus pertenencias y, a excepción de sus libros, quemarlas todas y echarlo a él al olvido: sin obituario en el periódico, sin falsas tragedias. Él era un huérfano de la vida, y lo asimiló sin ningún drama.
El día que le llamó Rosalía debía terminar la poda de un árbol por la mañana, y era ése el motivo para no atenderla desde aquel momento como le hubiese gustado. El principio de invierno le traía siempre más trabajo del habitual, y se había convertido en una rutina estacionaria. Aquello, sin embargo, no impedía que notara algunas cosas que cambiaban para todos. Él también sentía la insensibilidad de la edad adulta y la brevedad del tiempo que implicaba el esclavismo y sumisión del hombre al reloj. “Pasados los treinta”, solía repetir medio en broma y medio en serio, “cada vez significa una vez por año”.
Conoció a Rosalía el verano último, y se sintió cautivado gradualmente por aquella sonrisa espontánea y esa mirada inocente, al extremo de haberse preguntado más de una vez cómo sería la vida a su lado. Pero le quedaba la certeza de que anochecería muchas veces y él tendría siempre más preguntas que respuestas.
Él no era un peligro, aunque algunos maridos se mostraran recelosos al dejarlo solo con su esposa y la empleada mientras iban a enredar más la burocracia orgánica con su tedio asalariado. Quizá nunca soltó los perros porque ningún marido le había comentado sobre sus atrasos en el cumplimiento de sus deberes conyugales, tal como lo había leído en un ensayo de Walter Chávez sobre la todología y el jardinero. Rosalía había enviudado unos cuantos años antes “para empezar a vivir tranquila” como se lo había dicho, medio en broma y medio en serio, una tarde que le invitó a compartir una taza de café en la cocina. Ninguno de los dos había insinuado al otro la posibilidad de un romance o algo que se le pareciera. Sin embargo, a él le gustaba soñar con despertar junto a ella y hallar en la mesita de noche un vaso con una rosa roja cortada al amanecer. Rosalía le llevaba encima casi veinte años, y él se sentía disminuido al no poder remediar la impresión que le causaría si algún día osaba decirle que él no ansiaba más que cuidar en exclusiva el jardín de ella por el resto de su vida.
Después de desayunar se puso encima la gabardina de cuero. Esta, acompañada por los botines de media caña, el jean negro y la camisa roja a cuadros le daba la apariencia de un Miguel Northfuster nativo, y ese pensamiento, a veces, le causaba risa ante el espejo. Sin embargo, llegando a la casa donde debía trabajar sufría una metamorfosis al encapsularse en el overol color verde petróleo para comenzar el trabajo que más le había gustado y en el cual permanecía ya casi diez años.
Durante toda la mañana, e incluso al comer en la casa donde trabajaba aquel día, sólo pensaba en Rosalía. El trabajo lo había hecho mecánicamente, sin disfrutado como era su costumbre, mientras sentía la ansiedad devorándole las entrañas. Camino a casa de ella, le invadió un nerviosismo que lo petrificaba, y pudo sentir la angustia a flor de piel en el momento de pulsar el timbre y todavía más al tenerla frente a sí saludándolo cordialmente, como era su costumbre. Ella le indicó lo que debía hacer durante aquellos días. Él asintió en silencio, preguntando lo indispensable y temblando en cada bocanada de aire. Aquel día, sin saber por qué, al ponerse de cuclillas para ver las hojas de un arbusto en desarrollo se sintió como parte de la tierra, como una semilla pródiga que volvía al regazo de su madre, y aquello le gustó. Desde ahí, por un accidente de la vida, vio cómo Rosalía se desplazaba dentro de la casa, acomodando rosas amarillas sobre un aparador de la sala. No supo por qué, pero aquella escena le recordó los comentarios de García Márquez sobre la importancia de tener cerca esas flores para concentrarse en su creatividad literaria. Sonrió, y continuó trabajando.
Los dos siguientes días los consagró a trabajar no para ella, sino para sí mismo, contento con la vida por tenerla cerca, aunque consciente de que dejaría de verla los próximos tres o cuatro meses. Ella le invitó todas aquellas tardes a acompañarla tomando el té. Vivía sola, o casi sola Una ahijada suya aún la visitaba todas las tardes después de las seis, y cuando él se retiraba de la casa alguna vez la saludaba.
Rosalía le comentaba, —mientras tomaban el té y escuchaban música de antes— sobre sus impresiones, sus temores, sus inquietudes y las cosas que le había tocado vivir. Alguna vez intercambiaban puntos de vista sobre los lugares que habían conocido en común, sin proponérselo, y sobre las novelas que compartieron sin saberlo. Alguna vez le comentó sobre Paulo Coelho, y él declaró conocer muy poco de ese escritor. Pero pudieron entenderse muy bien en lo que a García Márquez se refería. Él insistía en relacionarla en su interior con la diosa coronada de Florentino Ariza, pero sólo la tarde del último día se lo dijo, entre un rubor petrificado y un miedo visceral. En realidad había utilizado palabras preconcebidas, de las que no le gustaba utilizar por considerarlas muy trilladas: le dijo que era linda y que le gustaba. Todo el discurso que había elaborado mentalmente la noche anterior se fue por la alcantarilla ante el nerviosismo que le invadía por completo. Ella calló primero, y luego repuso, no muy convencida de lo que decía, que entre ellos no podría haber nada; él asintió, porque creía que una mujer así era inalcanzable para él.
Salieron al jardín. Él se quedó acomodando sus herramientas, mientras Rosalía volvió a la cocina. Luego le miró desde dentro. Sintió dentro de sí un poco de lástima por él. “Pobre hombre”, dijo con un suspiro, mientras corría la cortina. También se sentía nerviosa, aunque sólo lo manifestara con sus orejas enrojecidas. Cerca de las cinco, con el trabajo ya concluido y las herramientas en orden, él se lavó las manos y la cara en el grifo de la lavandería. Antes de irse, en un asalto de su niño interior aprisionado, se montó en el columpio que Rosalía tenía en el patio. Ella le miró desde la puerta de la sala, sonrió, y quiso participar del juego. Terminaron riendo mientras se empujaban alternativamente, y en un abrazo más infantil que apasionado se fundieron sin palabras, sin preguntas, sin suspiros. Ella insistió: nada podría pasar entre ellos, y él le dijo con voz entrecortada que tenía razón. Compartieron un beso tímido, restringido, y él cerró los ojos. No le hizo ninguna promesa, no le hizo ninguna pregunta. Prefirió extasiarse en aquel maravilloso minuto. Se sintió humano después de mucho tiempo. Rosalía rompió el silencio con un solo comentario, el más preciso: “cada hombre debería tener una sola mujer y cada mujer un solo hombre, hasta la muerte”.
Él continuaba en silencio, con los ojos cerrados. Los cerró tan fuerte que le dolieron los párpados. Pero no era un dolor desagradable, sino placentero, que le afirmaba a la tierra y provocaba que se sintiera ansioso de una libertad prolongada con coloración azul. Sintió la respiración de Rosalía, y ella le abrazó más fuerte.
Quería suponer eterno aquel sueño, pero sabía que debía abrir los ojos y despertar. Al fin, cuando su respiración se había normalizado y no sentía ya a su lado el cuerpo de Rosalía, abrió los ojos y despertó. Encontró junto a sí una almohada aún tibia, y en la mesita de noche un vaso con agua en el que despertaba una rosa roja cortada al amanecer.

Felicidad perdida

Hola:
Leí el título que le doy a esta carta hace más de cuarenta años, cuando iba a cumplir treinta, en el cuento de un autor francés cuyo nombre no recuerdo. No sé lo que entonces sentí al leer por primera vez aquel relato, pero estoy seguro de no haber imaginado que un día distante recurriría a él para escribirte una carta, seguramente la última que escriba en mi vida. Y es que nada resume mejor la situación que hoy vivo que el título escogido a esa narración breve. Me gustaría contarte hoy aquella historia, pero las escenas, los personajes y el argumento mismo se tornaron difusos con el transcurso de los años. Pero sabré sacar el mejor provecho de aquellas líneas enredadas en el tiempo.
Hoy estás lejos, en tu ciudad natal ¿o soy yo el lejano?, y pienso, una vez más como todos los días, en ti, en tu sonrisa, la ternura de tu mirada, y en lo maravilloso que fue verte llegar a mi vida. Sobre mí, te confieso que no sé cómo me mantengo en pie, pero esa incertidumbre queda compensada con no haber caído cuando debía. Cualquiera hubiera jurado (incluso yo) que no duraría ni tres años cuando me diagnosticaron aquella enfermedad, y mírame ahora: ni siquiera estoy seguro de que la muerte golpee mi puerta esta noche o mañana. De todos modos, sé que no duraré mucho a partir de hoy. Recuerdo (porque hoy sólo me quedan los recuerdos) que tú me acompañaste el día aquél que me comunicaron sobre la enfermedad que padecía. Mi mundo se desmoronó aquella vez, y noté en tu semblante una sensación similar. Pero me sentí feliz por tenerte cerca, pues sé que tú, pese a todo, también lo eras a mi lado.
Entonces, tanto tú como yo desahuciamos este cuerpo al que aún le quedaba un poco de juventud, y ahora mírame: más de cuarenta años después, con la certeza de que uno no se muere cuando quiere o se lo ordenan, sino cuando puede. Hace algunos días fui al entierro del único médico que sobrevivió a la junta que decretó mi muerte inminente. Lo hice por curiosidad. No le guardo rencor. Ni a ninguno de los otros. Quizá la situación formada a partir de aquel instante posibilitó que yo comprobara, cuatro décadas después, la verdadera dimensión de mis sentimientos hacia ti.
Después de aquella experiencia, no mucho después, te casaste. Nunca más hablamos de lo nuestro, de lo que nunca pudo ser. Hace unos años me enteré de tu viudez. No me alegró. Supuse que sufrías en aquel instante. Entonces, como hoy, te escribí una carta, que te envío con ésta y todas las que no me animé a hacerte llegar en su momento. También están las postales recolectadas a lo largo de estos años, los pocos cuentos que escribí y un álbum fotográfico con distintos momentos de mi vida sin ti. Por las fotos notarás los cambios que atravesé, sobre los que no vale la pena entrar en detalles.
Son muchas cosas las que quisiera decirte, pero confío en que al leer todo lo acumulado en este tiempo te diré mucho de lo que necesito hacerte saber. Principalmente, que me alegra que sigas viva, y que espero me sobrevivas algún tiempo más, para que sepas lo que viví estos años sin el calor de tu cariño. Y no lo digo en tono de reproche. ¿Qué podría reprocharte a ti, alegría de mi vida? Sólo lo digo para compartir todo lo que no pude contigo en estas cuatro décadas y fracción de vemos tan poco. Me alegró mucho el día que hiciste ese viaje que tanto deseabas. Me alegró mucho más que volvieras. Lo que no me alegró fue el día que te casaste, pero ¿qué te obligaba a cumplir esa promesa que te hiciste un día y acerca de la cual me comentaste en cierta ocasión? El que tú fueras feliz escogiendo al más digno es motivo suficiente para que no guardara rencor ni me inundara la amargura, aunque, debo reconocerlo, desde entonces me sentí más derrotado.
Tu estado marital no impidió que a lo largo de estos años pensara en ti con una intensidad renovada, aunque no aniquiladora. Cada uno de los instantes que dedico a tu nombre o tu mirar en el día me renuevan el deseo de vivir y me ayudan a soportar mejor las tareas que tengo pendientes. Aún conservo la fotografía que me regalaste, la que te pedí… ¿la recuerdas? Con el paso de los años el papel perdió su brillo, pero no pasó lo mismo con tu mirada, que continúa iluminando mis momentos grises. Y cuando te veía en la calle, cada vez con menos juventud, fue afianzándose más la certeza de que el paso de los años no hacía sino ahondar mis sentimientos hacia ti, pues no era tu cuerpo lo que más anhelaba, sino tu preciosa compañía, y ésa era una sensación que jamás había experimentado antes ni lo haría después.
Sin embargo, no puedo ocultar el hecho de haber deseado el verano de tu piel. Más de una vez te imaginé a mi lado, luego de una noche de amores agitados, contemplándote extasiado. Desde siempre, pude adivinar la imperfección de tu cuerpo, incluso sin necesidad de desnudarte, y eso no hizo más que avivar mi deseo de fundir tu vida en la mía. Debo confesar, además, que lloré en las madrugadas aquellas que despertaba sin ti. Lo hice con una sinceridad que lava el alma, al tener conciencia cabal de que nunca serías mía. Pero también lloré con la felicidad de quien tocó el cielo por el solo hecho de amar a otro ser humano, sin condiciones, sin esperanzas.
Tú significaste un giro total en mi existencia. Contigo aprendí que el amor debe ser incondicional, sin esperar retribución alguna, sin pedir nada a cambio. También aprendí que el amor es uno solo y dura para siempre, y que eso es independiente de que uno viva o no al lado del ser que es motivo de sus pasiones. Por eso espero, de veras, que hayas amado a tu esposo y él a ti como yo te amé toda mi vida desde que te conocí y aprendí a quererte. ¿Recuerdas que lamentaba no tener las palabras para expresar mis sentimientos? Con el transcurso del tiempo llegué a la conclusión de que éstas no son necesarias, pues basta demostrar con hechos cotidianos el maravilloso acto de amar. Espero habértelo demostrado, sin importunarte nunca, sin insistir en visitarte, no llamándote en las fechas especiales (que yo consideraba especiales), sin buscarte para vernos, sin siquiera detenerte cuando nos veíamos alguna vez, a más de aquel par de ocasiones en que nos encontramos, casualmente como siempre, y tomamos una tacita de café en el centro de esta empobrecida ciudad.
Las dos veces que compartimos unos minutos me pareció, como siempre, que la luz de tu presencia iluminaba mi deteriorada existencia, y fui feliz sin trámites de ninguna naturaleza, pues el momento mágico se daba con tenerte frente a mí, sin que cupiera un espacio para reparar en todo lo demás. Tus sonrisas, espontáneas y marginales, acompañaron aquel rito eterno de tenerte sin tocarte, el ansia sencilla de abrazarte y decirte cuánto habías anidado en mi.
Los dos días aquellos, distanciados entre sí por más de cinco años, fueron coincidentemente lluviosos, y pese a ello (o quizá precisamente por ello) fueron los más felices que tuve desde que nos separamos definitivamente sin más palabras que el formal “que te vaya bien”. En ambas ocasiones llegué a mi casa, me quité el abrigo, encendí el aparato musical en el que coloqué una añeja pieza de Miguel Bosé, esa que dice “Amiga”, y encendí un cigarrillo. Destapé una botella de Oporto que guardaba para ocasiones especiales, y a solas con tu recuerdo me bebí un trago único, glacial y sin embargo calurosamente afectivo, pues te había visto, había conversado contigo, compartido una taza de café y musitado para mis adentros cuánto me hacía feliz el solo hecho de verte. Eso era motivo suficiente para celebrar.
Repasé mentalmente los pocos pero intensos momentos de felicidad que me tocó vivir, y haciendo un recuento necesario, noté que la chispa de la vida no se había apagado. Comprobé, una vez más, que fuiste mi pasión mayor y la más abundante de todas. Así, recorrí extasiado ese paseo conmigo mismo, preguntándome si hallaría en la vida una dicha mayor que haberte conocido. Sospeché entonces, y el tiempo se encargó de confirmar aquella sospecha, que no sucedería nada que cubriera con el manto del olvido la dicha de haberte tenido en mi vida.
Si bien guardo en mi corazón ambos encuentros, dedico de manera especial amplios momentos de mi vida a rememorar el último. Por aquel entonces era ya un hombre maduro, con signos progresivos de la vejez que se avecinaba. Tú también ingresabas en una etapa de decadencia, pero la tuya te hacía brillar de una manera especial, así como el tiempo torna más apetitosa la fruta madura.
El ambiente en el cual compartimos aquellos momentos era tranquilo, uno de los muchos que curiosamente frotaron en el centro de esta decrépita ciudad antes de la gran crisis del humo en las ciudades. Si mal no recuerdo, ni siquiera existía una cortina musical, pero la lluvia era suficiente compañía. Conversamos sobre varios temas, y salió a relucir la pobreza compartida por cada vez más bolivianos, las calles cada vez más atestadas de niños mendigos y ladrones menores, contra la promesa de los sucesivos gobiernos que hipotecaron más el país y cuyos dirigentes indefectiblemente terminaban como embajadores de buena voluntad en algún país lejano. También tocamos el tema de la increíble evolución que tuvo la tecnología en las últimas décadas, a la par que se producía un atroz retroceso de la humanidad, en un mundo que ya no guarda espacio alguno para Dios ni religiones que lo representen, pues los católicos habían traicionado los Diez mandamientos, y los evangélicos el Sermón de la montaña. En ese intercambio de palabras no hubo espacio para las lágrimas, simplemente para el dolor por la miseria que se multiplicaba y cuyo único consuelo era la bajada en picada de los alquileres.
Me preguntaste entonces por mi hijo, y te respondí brevemente que estaba bien, que ya hacía otro curso de especialización en la vieja Roma y me hizo abuelo apenas dos años atrás. Dijiste que te alegraba mucho, y recibí tu mensaje con un asentimiento intrascendental, con la misma certeza de hoy de que nunca más volvería, pues allá encontraría una forma cómoda de ingresar en su propia decadencia.
Comentamos sobre el primer partido que ganaba la selección en el mundial de entonces, con seis jugadores nacionalizados. Y recordé, sin querer, cómo habías despertado en mí un nuevo interés por el fútbol un par de décadas atrás, cuando daba por descontado que volviera a interesarme esa actividad deportiva. Entonces sonreí, sin querer y sin amargura, recordando todas las aflicciones innecesarias que se fueron como un motivo más para justificar la existencia. Me preguntaste el por qué de mi sonrisa repentina, y te dije que no era nada, el recuerdo de un mal chiste, nada mas.
Nos despedimos como en los viejos tiempos. Nos dimos un abrazo que no hubiésemos querido ver deshacerse. Sentí que tú tampoco querías dejarme ir. Lo sentí en tu respiración cálida, en la firmeza con que aprisionaste mi cuello. Luego, subiste a un viejo bus, de aquellos que alguna vez fueron nuevos, y te despediste, como siempre, desde el último asiento. Y ahora que recuerdo aquel maravilloso momento, viene a mi mente otro regalo de la memoria igualmente dulce y que actúa como un lenitivo en mi vida: el del único beso que nos dimos en los labios. No tengo clara la fecha, pero estoy seguro de que fue cerca de una festividad católica: Navidad o Reyes, no estoy seguro. Aquel día llovía (como llovería en muchas de las ocasiones posteriores en que nos vimos o te vi en la calle) y tú me visitaste en la vieja oficina que ocupaba entonces. Nunca tuve la certeza, pero me quedó la impresión de que en realidad sólo querías cobijarte de las persistentes gotas de agua que empezaron a caer minutos atrás, que en realidad no querías verme. Sea como fuere, hablamos sobre temas sin importancia. Me dijiste que te gustó el relato que compuse entonces contigo como protagonista (y que fue el último que publiqué en un periódico, pues desde entonces sólo escribo para ti, aunque nunca más te hiciera llegar un escrito mío). Yo te di un agradecimiento apenas motivado. Luego aseguraste que no entendías las variaciones del tiempo. La lluvia amenazaba con caer en forma más densa, y tuve la certeza, así como hoy, de que si moría en ese momento habría muerto como el hombre más feliz sobre la tierra, pues tus manos que rara vez rechazaban las mías, habían empezado a acariciar mi mejilla. Te besé el dorso de una mano, luego la muñeca, y tú no comentaste nada más sobre el tiempo acezante. Entonces te abracé con ese abrazo hambriento, y tú rodeaste mi cuello, acariciaste mi nuca, desordenaste aún más mis desordenados cabellos, y sucedió: como el resumen de toda la magia y el afecto del mundo, tus labios tibios rozaron, simplemente rozaron, los míos, y luego los míos asediaron sin tregua los tuyos. Sentí la explosión de tu vida en un solo instante, y de haber sido pintor habría pintado una y mil veces aquel fragmento de tiempo que me confirmó para siempre que la felicidad no es asunto de toda la vida, sino una sucesión intermitente de pequeños hermosos momentos, y que se pierde si la dejamos morir, incluso como recuerdo. Sí, la felicidad aquella quedó perdida, pero hoy la recupero en estas palabras con las que intento retratar aquel instante único, lleno de pasión y desbordante de ternura. Puedo morir tranquilo, pues ya hallé la forma de decir todo lo que siento por ti.

El complot

A la memoria de Victoriano Molina
No sabría precisar el motivo por el que sucedió todo aquello. Sólo sé que hubo una mente maléfica detrás de los sucesos que narraré a continuación: la mía. Sin embargo, tampoco podría jurar que fuera yo el único responsable. Quizá el principal culpable haya sido el propio Victoriano.
Fue él quien me comentó que Lidia, la morenita del asiento tercero que quedaba en la segunda fila al lado de la ventana, le gustaba. Aquello era, lo que se dice, “una noticia bomba”, y la maldad nunca duerme.
Aproveché el paseo de campo que el curso tuvo el verano de aquel año. Lo primero que hice fue conversar con los compañeros más próximos. Leonel, el párvulo del grupo, estuvo de acuerdo desde el principio. Fernando Calanis, el erudito, se unió, aún no sé cómo, al complot. Lidia, desde luego, no podía faltar. Era ella quien debía sumarse, con su asentimiento, al plan del curso, que ya no era solamente mío. En medio paseo se inició la tarea. Fui yo quien informó a Victoriano que Lidia esperaba un hijo suyo. Le advertí, junto a algunos cómplices, que era posible, de tanto mirarla, embarazar a una chica. Le comentamos sobre las visitas de Lidia, sospechosamente frecuentes, al baño. Le aseguramos que se la había visto desvanecerse en cierta ocasión, producto de algún mareo propio de su estado.
En algún momento, la molestia de Victoriano pudo más que la educación recibida en nuestro muy católico colegio: nos mandó a la mierda. Los nervios le brotaban a flor de piel. Juraba que sólo le había invitado un par de pastelillos el día del estudiante. Lidia fingía indiferencia, pero en el fondo, lo supimos muy bien, también reía. La erudición de Fernando fue el tiro de gracia: entonces, el rostro de Victoriano se mudó de colérico a preocupado. El chiste duró un par de semanas.
Un día, como quien no le da mucha importancia al asunto, aclaré a nuestra víctima que no se trataba más que de una broma más que se daba entre chiquillos de 12 y 13 años, que los teníamos todos.
Él respiró aliviado, y me confesó: “Menos mal, ya estaba comprando chambritas”.

Sé que hay alguien ahí

Una de las grandes dudas que me invade estos días es sí yo existo. No se trata de la vieja duda metafísica ni un absceso romántico o pintoresco, sino la certidumbre incierta (aunque parezca contradictorio) de que yo no siempre soy yo.
Esto me pasa desde que vivo en este departamento, totalmente sola. A veces, antes de dormir, es decir, despierta aún, siento que intentan abrir la puerta del dormitorio. No se apodera de mí el pánico. No me paraliza el miedo. En ocasiones, incluso, siento valor para preguntar quién anda ahí. Sólo el silencio responde.
Una noche, hará un par de meses, sentí cómo arrastraban la mesa de la cocina. Yo estaba despierta, leyendo una revista en la sala. Fui a ver qué pasaba. Encendí la luz: no había nadie. La única puerta de la cocina comunica ésta directamente con la sala. No sentí mucho miedo, pero desde entonces evito leer hasta muy entrada la noche.
En cierta ocasión llegué tarde y cuando me disponía a dormir golpearon la puerta, estando yo a dos pasos de ésta. La abrí, y sólo el patio estaba ahí.
De vez en cuando oigo cómo se arrastra un cuerpo, ni liviano ni pesado, por el techo de calaminas plásticas.
Espero ver algo por el tragaluz, pero no observo la mínima sombra, ni encuentro nada al día siguiente. Si bien al principio sentía algo de temor, ahora hasta me doy el lujo de sentir rabia.
Con este algo que vive junto a mí, aprendí que hay dos tipos de insomnio: aquel que te impide dormir y el que te interrumpe el sueño en la oscuridad.
Sé que esta noche no será distinta, y quizá me suceda lo de ayer. Cuando había logrado dormir, un golpe en la ventana de la sala me despertó. Salí sin encender las luces hasta el pequeño recibidor. Levanté levemente la cortina. Sólo el patio mudo estaba ahí. Miré de un lado a otro. Sólo había silencio, y el viejo árbol, con las manos extendidas me recordó, sin que lo sepa por qué, el árbol metafórico del amante inventado para Chantal.
Regresé sobre mis pasos. Me invadía, como hoy, la certeza de que hay alguien aquí. Empujé la puerta del dormitorio, y en la penumbra de la noche reconocí mi mirada desconcertada, mientras mi cuerpo permanecía recostado en la cama.

Entre sombras

La noche, como todas las noches pasivas, expelía un aroma de estrella quieta, mientras las cigarras, los grillos y las ranas negras cantaban sin guía en las penumbras dislocantes. Jacinto hacía chocar su vaso con los de sus compañeros, brindando por el nuevo hijo de Eulalia, riendo a carcajadas y recordando tiempos idos, de aquellos que ya no quieren regresar, mientras la luna, pálida y sobria, iluminaba cautelosamente los rostros del grupo. Bajo un tajibo, con los brazos anudados al tronco, dormía Fermín, creyendo que aquél era la esposa que le había dejado con su compadre Nemecio, diciéndole “Yolita, te quiero, no me dejes más”, con unas lágrimas ásperas y sordas que le bañaban las viejas mejillas de camba viejo. Jacinto, notando el estado de Fermín, se acercó a éste, le tomó un brazo, y le ofreció su compañía hasta su casa, distante a sólo media legua del bar a cielo abierto, despidiéndose de los amigos con quienes habían compartido seis horas y dos días de bohemia, alejándose entre más risas y lamentos, mientras Fermín le contaba lo solo que se sentía sin su Yolita, y Jacinto sin cortarle palabra, pensando en que ella sí pudo hacerle feliz, como le había hecho feliz a él tantas veces sin que Fermín sospechara siquiera, bajo las mangas frondosas, en los cañaverales, tras el trepiche, en el borde del torno de papá, y en la orilla de las pequeñas acequias del lugar. Una vez que dejó a Fermín en su casa, solitaria y oscura vivienda de palomaría, Jacinto se fue solo, con la luna haciéndole luz y sombra en el camino áspero de la madrugada, con el yelmo sabor de sus nostalgias reprimidas por la piedad hacia su compañero de infancia, de toda la vida en realidad, con el canto de las cigarras y los grillos y las ranitas verdes de temporal. Y tras él, una densa capa de silencio que se iba cuajando, un arrullo de madre que iba creciendo, unos pasos que no eran pisados, una sombra que podía sentirse por los poros, una mirada perdida y la gran manta negra sobrevolando junto a un cuerpo femenino sin forma, una grotesca queja y el espanto de Jacinto al ser levantado por la sombra vestida en una capa negra hecha jirones por el tiempo.

Afanes nocturnos

Aquella experiencia le hacía blanquear los ojos cada noche. Después de mucho pensarlo, llegó a la conclusión de que aquello podía dañarla de algún modo, así que decidió dejar de usar lavandina en lugar de colirio.

Plato a la carta

Rosario recibió la carta en la asignatura de Historia. Su amiga actuó como correo, y sólo por ella no rompió aquel papel como le hubiese gustado. Sabía quién era el remitente, aunque su nombre no estuviera en ningún lado.
Lo había sorprendido alguna vez mirándola desde el asiento trasero. Él era un cobarde, y aquello desagradaba a Rosario de diversos modos. Desde que había llegado a la capital para estudiar periodismo tenía fija en la mente la idea de dar lo mejor de sí misma. Descartó por completo un romance, por considerarlo contrario a sus objetivos, y aquel cobarde no alteraría en nada sus planes. La soledad en que vivía no sería pretexto para estropear sus intenciones. Así lo había determinado desde siempre, porque para eso había sido preparada.
Era su costumbre, al llegar todos los días a su habitación, cocinar el almuerzo comprado en la esquina y comerlo mientras oía el noticiero meridiano. Este día no sería diferente: la carta no alteraría su vida. La dejó sobre la mesa junto a los cuadernos, encendió la cocinilla y colocó la sartén con el almuerzo, a fuego lento.
Encendió el radiorreceptor y se quitó el saco de lana para acomodarlo en la percha. Se acercó a la cocinilla para aderezar el almuerzo con pimienta y aji-no-moto. Después se acomodó a la mesa y abrió el sobre, segura de no soportar ni las primeras líneas y quemar la carta enseguida.
La carta era simple y directa. Comenzaba por la fecha del día anterior, diez de julio, y luego la nombraba a ella:
Rosario. Enseguida, le confesaba que aún dudaba si hacía lo correcto al escribir aquella carta (le aclaró que no era la primera que le escribía, aunque fuera la primera que le haría llegar). Sus dudas estaban fundadas en el miedo. Se reconocía cobarde. Le anticipaba su temor de que aquella hoja escrita terminase en el canasto, de que lo rechazara apenas se acercase a entregarle el sobre, y que por ello pensaba seriamente la posibilidad de pedirle a alguien el gran favor de hacerle llegar esas palabras. Rosario dejó de leer la carta, bajó la hoja y elevó la mirada al cielorraso. Apagó el radiorreceptor. Buscaba el valor necesario para deshacerse de aquel asunto: no lo consiguió.
Bajó la mirada, elevó la hoja y reanudó la lectura.
Él le confesaba que escribía aquellas líneas en la soledad de su habitación vacía, que no era sino una manifestación de la aridez de su vida. Le contó que pensaba en ella sin quererlo, en cada pausa de su trabajo, al leer un cuento, al escribir un ensayo.
Le pedía disculpas por haberla incomodado alguna vez con su mirada peregrina: sabía que él no tenía derecho a alterar sus planes. Luego le hacía una breve descripción de sus sentimientos hacia ella: gracias a su existencia volvió a apreciar el brillo de las estrellas, el trinar de los pajarillos al amanecer, la arquitectura de las nubes y el susurro del viento al anochecer. La carta finalizaba diciéndole que era consciente de la imposibilidad de algo entre él y ella: sabía que nunca llegaría a gustarle como le había gustado ella, la manera que le hizo latir el sabor de su existencia, lo infinito e indefinido de su mirada.
Rosario se dio un respiro, miró la hoja de papel, intentó leer todo nuevamente desde el principio, tratando de imaginar a su remitente mientras escribía aquellas líneas fracturadas por la soledad. En cuanto volvió a leer las primeras palabras sintió el olor penetrante y perturbador que llegaba desde la pieza continua. De un salto llegó al lugar en que su almuerzo aparecía pegado a la sartén y negro a más no poder. No supo si reír o maldecir. Sólo atinó a abrir puertas y ventanas, y mientras ahuyentaba el humo con una toalla, comenzó a dudar de sus decisiones.

Terco

Pese a los muchos ramos con tarjeta de condolencia, el anuncio necrológico en el periódico, el catafalco con todos sus accesorios, el sacerdote administrando rezos, los dolientes y el pulcro ataúd, el muy imbécil no dejaba de asegurar que seguía vivo.

Bramido

Héctor Javier no contestó el saludo del portero: sólo una sonrisa forzada se dibujó en su enrojecido rostro. Trepó las escaleras hasta el segundo piso con una lentitud que contrariaba su prisa. Al fin en su apartamento, apenas tuvo fuerzas y valor para quitarse el saco, cerrar la puerta sin asegurarla, aproximarse al ventanal, descorrer la cortina y abrir la ventana mientras se zafaba el nudo de la corbata para luego, con el cuerpo entumecido, quitarse de encima todo el peso del mundo en la estruendosa sinfonía con que desahogaba sus intestinos.

Peregrinos

Ibrahim llegó con Agar e Ismail a Beerseba, una calurosa mañana en la que sólo se oía el graznido de los cuervos. Ibrahim miró alrededor: un cielo azul, totalmente libre de nubes y una roca enorme, además de algunos arbustos escasamente poblados de hojas, eran los únicos elementos que interrumpían la vista armónica del desierto.
Entregó a Agar la bolsa de cuero que contenía agua, y la consoló: “Mi Dios no te abandonará”. Agar soportó el resto del día en el más completo temor, y su hijo, muchacho aún, fue pronto presa del miedo y la fiebre. Segura de que Ismail moriría, Agar lo refugió del sol bajo un arbusto, y corrió lejos, diciendo “No quiero ver cuando mi hijo muera”. Unas lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas.
En el sopor del miedo y el calor de la tarde, vio llegar un ángel que le dijo: “No temas, pues tu hijo se pondrá bien, y Dios hará de él una gran nación, por su promesa hecha a Ibrahím. Voltea la mirada y verás cómo tu hijo es salvo”.
Agar volvió la mirada hacía su hijo, y él le llamaba, diciéndole que tenía hambre. No lejos, encontró un pozo del que manaba agua suficiente para alimentar un regimiento. Agar alimentaba a Ismail con trozos de carne dejados por los cuervos, y le daba de beber del saco de agua que le dejó Ibrahim. Ismail creció y Agar veía cómo se hacía grande en inteligencia y fuerte para la contienda.
Un día lo llevó a su tierra, Egipto, y allí le encontró mujer.
Algunas centurias después, conmovidos por la lucha y la prédica de Mohound, el Profeta, miles de nómadas se volvieron de sus caminos, dejaron a sus muchos dioses, de los que Al-Lat, la diosa alada, había ofrecido mayor resistencia por boca de sus profetas, siguieron a Alah, el Dios único, y cada año, por obediencia a las suras, llegaron a cubrir enormes distancias para llegar a Beerseba.
Y varias otras centurias después, Salman, el poeta sentenciado, habría de comentar lo que todos en el desierto sabían: que el migrante sólo piensa en su destino; el nómada, en cambio, hace su vida en el camino del desierto. Muchos, decía, recorrieron el largo trecho, un largo camino para llegar a Beerseba, no para celebrar que Ismail se salvara y Agar descubriera en medio desierto el pozo de agua, sino para agradecer que ahí pusiera sus pies Ibrahim, el patriarca ladino.

Indigestión

María Inés había discutido agriamente con su marido. La disputa le exasperó los ánimos y le provocó un retorcijón en el estómago. Sin poder contener más el dolor, corrió hacia el patio, y ante los asustados vecinos vomitó todas sus palabras.

La elección

Se quedó parado ante la vitrina de la óptica que queda al lado de la farmacia. Su vista estaba algo agotada y sufría, por ello, frecuentes dolores de cabeza. Consideró que era tiempo de ponerle un remedio a la situación. Vio las ofertas que tenía aquella óptica. Le atraía un par de lentes con montura dorada y cristales ahumados. Sin embargo, otro de nácar con filamentos metálicos le pareció más atractivo aún.
Los brazos con resorte que permitían ser estirados le convencieron por considerarlos prácticos a la hora de quitarse los lentes. Hizo sus cálculos financieros: los de más bajo precio parecían ser los indicados, pero el recuerdo de que debía comer le hizo pensar algo más. Al final, tomó la decisión apropiada: compró un par de aspirinas.

Agonía

El doctor Enrique del Carpio había terminado su turno en el horario habitual. El reloj marcaba las 6.23 de la madrugada cuando viró la esquina sin percatarse que en sentido contrario, invadiendo su carril, iba un camión recolector con los faroles apagados. El impacto hundió el capote y empujó el motor contra los asientos, aprisionándole las piernas, a la vez que el parabrisas llovía en fragmentos llenando su rostro de sangre.
El servicio de emergencia llegó veintiún minutos después, cuando el doctor yacía en la calle socorrido por los vecinos que habían acudido al lugar a causa del fuerte ruido que provocaron los vehículos en su colisión. El conductor del camión, pálido, respondía apenas las preguntas de rigor que hacían los agentes de tránsito.
La ambulancia, que pertenecía al hospital donde el doctor Enrique trabajaba, llevó a éste con la sirena emanando un lamento madrugador. Los estudiantes residentes le descubrieron el pecho, a la vez que cortaban el pantalón y le quitaban calcetines y calzados, para bañarle con alcohol y luchar por detener la hemorragia.
Cerca a las 8 de la mañana, Isabel, su esposa. llegaba presurosa al servicio de emergencia. Ahí le indicaron que habían trasladado a su esposo a quirófano, por el complicado cuadro que presentaba.
Dos días después, en la sala que le habían asignado, el doctor Enrique aún no recobraba el conocimiento. Su esposa, enfermera eventual, le acompañaba presionándole la mano, mientras recordaba, musitando bajito, la ocasión en que le había conocido.
Sucedió en la sala de maternidad del hospital, cuando habla llegado a su nuevo trabajo. Era la primera vez que le asignaban un parto en el hospital, y fue el doctor Enrique quien dirigía las operaciones aquel día de octubre.
Algunos días después, luego de una cirugía reconstructiva, el doctor le había invitado a tomar juntos un café, después de felicitarle por el buen trabajo realizado. Entonces pudo conocerle mejor.
Él trabajaba en el hospital durante más de 15 años, tiempo en el cual había adquirido una experiencia invaluable. Le explicó que la vida era y debía ser lo más sagrado no sólo para el médico, sino para cualquier ser humano. Varias veces recurrieron a él muchachitas embarazadas, solicitándole el aborto, y tras haber dicho sí durante cinco años pudo aprender finalmente a decir no, conociendo el verdadero arrepentimiento, sin auras ni haces luminosas que descendieran del cielo. A ella le sorprendía haber encontrado en un hombre tan maduro ciertas reacciones infantiles: no era fácil ver a un médico satisfecho en un alumbramiento, o entristecerse por una desgracia ocurrida a un desconocido.
Cuando le conoció, él era casado. No tenía hijos, pero los había ansiado con toda el alma. Se declaraba a sí mismo ateo, mas sus actos denunciaban siempre una proximidad perceptible a Dios, mientras prefería el alejamiento de la religión que decía era de los hombres con poca fe y no de Dios, dondequiera que estuviera, si existía.
A Isabel le había sorprendido personalmente al ver una señora, beata y una de las más prontas a condenar el aborto, llevar a su hija adolescente para que la practicaran un raspaje. Ella, junto a su esposo, se habían negado a hacerlo, antes de denunciarla, sin que el hecho llegara a mayores por ser esposa de un juez de renombre.
“La vida de los que ya están se ensaña con la de quienes aún no llegaron” le dijo a su esposo mientras recordaba aquel episodio y le soltaba la mano. Los últimos años fueron los mejores para ella, lo mejor que pudo hacer en su vida: cocer el pan durante las tardes sabatinas, esperarle, acariciarle los cabellos al caer la noche, con la chimenea encendida y esa paz que sólo dan los años con los pies cansados. Antes de conocerle, antes de ser enfermera, había trabajado durante años en la noche, como mesera cuidadora de casas, prostituta, y nada en la vida le había llenado sus últimos recodos íntimos como esperar la llegada de su marido.
-Vaya, Enrique, la vida nos hizo viejos, y aquí estamos nuevamente, tú y yo, como hace tanto tiempo, tanto que no me parece que haya habido vida antes de tu llegada—, le dijo suavemente mientras se recostaba en la cama que había acomodado al lado del lecho de su esposo.
Isabel llegaba ya a los cincuenta y cinco, su marido cumpliría cincuenta y dos antes de navidad, si sobrevivía.
Una semana después del accidente, ella había preparado la casa para recibirlo, cuando los médicos le comentaron que había presentado mejoras sustanciales la última noche, y hasta movió un dedo cuando le preguntaron si escuchaba. Un mes después, la situación no parecía del todo clara. Mientras cubría su mentón con una mano, lo miró entristecida recordando algunos detalles de los días anteriores al accidente.
Él le había invitado a pasear por las afueras de la ciudad, a un valle próximo. “Esto sí es aire”, comentó en la ocasión, “no la porquería que respiramos allá”, señalando la ciudad que aún se veía. Pocas veces salieron muy lejos, pero cada uno de sus paseos o viajes prolongados y distantes fueron muy bien aprovechados. Ambos gustaban de las flores, y él deshojaba una margarita, preguntándole si le quería mucho, poquito, o nada, soltando una carcajada cada vez que salía “nada”, esbozando una sonrisa cuando la sentencia era “poquito”, y abrazándola feliz cuando el resultado era “mucho”. “Claro que sí, claro que te quiero mucho”, le decía ella entre carcajadas que la arrugaban la piel, indiferente a los pronósticos de la margarita muerta: “¿qué sabe esa flor de mierda?”, antes que él le diera una bofetada que apenas le rozaba la mejilla “por tratar mal a la naturaleza”. En un viaje que les llevó más al sur que de costumbre, vieron un grupo numeroso de pariguanas remontar vuelo luego de un breve trote, “así era yo cuando joven, libre como un pajarraco”, le comentó él, a lo que ella respondió “yo también fui una pajarraca, una pajarraca nocturna” antes de confesarle su secreto mejor guardado, angustiada por haber visto sólo unos días antes a uno de sus antiguos clientes.
Isabel comenzó sus trabajos nocturnos apenas escapada de su casa paterna, a los trece, como celadora de una casa en construcción. Su patrona le había invitado para que le colaborase en su negocio una vez concluida la obra, y ella aceptó porque no tenía dónde ir. Su primer trabajo había sido como cuidadora en la noche y lavandera en el día, en tanto el siguiente fue como mesera en la casa de citas recién abierta.
No transcurrió mucho tiempo antes que fuera persuadida a trabajar con el resto de las muchachas. En tal circunstancia aprendió mil secretos del sexo, pero no creía haber aprendido nada acerca del amor. Su piel envejeció antes que ella, sus sueños se marchitaron antes de aparecer. Se había embarazado más de una vez, pero sólo pudo tener un bebé, mujer como ella, a quien abandonó en una puerta antes de saberla desdichada... como ella. De esa forma consiguió atenuar la conciencia de culpa, justificando el hecho en el nombre de un sueño que no creía merecer pero consideraba imprescindible para su retoño: ser feliz.
Cuando terminó su relato, angustiada, pero con el corazón en reposo, él contestó serenamente ¿y qué?, como quien oye pasar el viento. Ella sólo pudo abrazarle agradecida. El amor era para ellos una experiencia dolorosa, a la par que sabrosa e infinitamente renovada. Sólo un par de reclamos en diez años de amor reciclado sin formalismos en el matrimonio que no fueran la necesidad de ahuyentar la soledad y la satisfacción de lograrlo, decían mucho acerca de su condición de pareja.
La vida les pintaba de gris la cabellera cuando sucedió el accidente. Antonio, el único hermano que le quedaba al doctor Enrique, les visitó en el momento de mayor declinación en la fe de ella, y eso era todo lo que necesitaba: no sentir que se habían quedado solos ante la situación agónica que vivían. Con Antonio, Isabel pudo entablar al fin una charla tranquila desde que comenzaron la vida de semicuñados. Ella no era de las mujeres que le agradaran para cuñada, y él no pasaba, para ella, de ser un cretino incorregible. La adversidad, sin embargo, les había encontrado solos. Él había enviudado sólo unos meses atrás, poco después del matrimonio de la única hija que tenía.
Tras la visita de Antonio, Isabel respiró con mayor tranquilidad; sin embargo, la situación que vivía, seis noches por semana en el sanatorio, parecía dejarle cada vez más canas.
Recordó una tarde de tantas, presionando la mano de su esposo, las muchas historias de juventud que le había confiado: sus años de estudiante, cuando debía hacer algunos trabajos sucios, como dar los datos de sus compañeros agitadores al control político del gobierno, para pagar la renta de su cuarto. La vida le había enseñado la parte dura de cualquier decisión la tarde que, encapuchado, fue con un grupo de paramilitares a asaltar la residencia de un dirigente fabril. En ella había encontrado, para sorpresa suya, a Cati, su hermana menor, y nada había podido hacer cuando el jefe del grupo, que años después fue galardonado como “Ministro del año”, le descargó tres tiros en la cabeza, para luego, con el grupo de encapuchados, deshacerse de los cuerpos arrojándolos en un barranco, muy lejos de la ciudad. Meses después, cuando se aprestaba a defender su titulo, miembros del control político asaltaron también su residencia, al enterarse que Cati era hermana suya, y considerar que él también podía ser un conspirador.
Tuvo que salir de emergencia del país, dejando entonces de practicar abortos: Catí jamás se lo habría perdonado de saberlo.
Cuando regresó al país, con los papeles en orden y algunos tropiezos legales, visitó el lugar donde encontró los huesos de Cati y los otros, devorados por el olvido. Los perros comunistas, enemigos de la patria, estaban en su agujero, y él tenía la conciencia atormentada.
Identificó, con un grupo de colegas suyos, los restos de Cati, y junto a ella fueron identificadas restos de las otras seis personas. Sus padres, que habían muerto varios años atrás, no pudieron heredarles jamás los preceptos de la sangre. Mas él pudo descifrarlos la tarde que junto a Antonio, sin decir palabra, enterró a su hermana menor, sin hacerse nunca del valor suficiente para confesar lo sucedido.
Sólo Isabel y él conocían la historia de aquello, y solamente con ella pudo ir a dejar una rosa muerta al lugar de la masacre cada primer día de primavera.
Entre las confesiones que en más de una ocasión le hizo, la que más dolor y dulzura le producía era el recuerdo de su declaración: “No tienes una figura hermosa, tus piernas están para desarmarse, tu vientre está crecido y hasta tienes arrugas, pero eres una mujer maravillosa, una mujer que borraría cualquier sentimiento de culpa si llegásemos a pecar”, le dijo antes de compartirse y hacerse uno del otro.
El divorcio, rápido en realidad, sólo puso al desnudo el resquebrajamiento del matrimonio del doctor Enrique.
El amor había llegado tarde, e irónicamente parecía morir temprano, la tarde que le pidieron autorización para desconectar la máquina que mantenía a su esposo con vida en su inconsciencia.
Con lágrimas en el rostro y una profunda opresión en el pecho, Isabel Lindaura Ochoa autorizó la muerte de su esposo, tres días antes de navidad, y pensó, amargada, que nunca más le vería con su mandil verde, ni le alcanzaría las pinzas, ni el bisturí; ya no podrían intervenir juntos a nadie, ella sería la enfermera de otro médico y no volvería a masajear los pies de nadie, ni recibir el desayuno en la cama los domingos, ni comer el jolke tan singular que preparaba su marido; también se terminarían las tertulias interminables, las lecturas de Neruda, las aventuras de Beremís, los evangelios según San Lucas, ya no escucharían más Suavecito a la hora del té, ni saborearían una hamburguesa en la Pérez. Ya todo lo vivido atrás, atrás quedaba.
La habitación dio vueltas alrededor de ella, mientras la enfermera de turno se disponía a desconectar la vida artificial de su esposo. No pudo soportarlo, y mientras una lágrima imperceptible resbalaba por la mejilla izquierda de Enrique, a ella le estallaba el corazón por la amargura de lo irremediable.
Todos se volvieron a Isabel después que ella se desplomó, y a la enfermera se le olvidó desconectar la máquina que mantenía con vida a Enrique del Carpio.
El reloj marcaba las 6.36 p.m. cuando declararon muerta a Isabel, producto de un paro cardiaco. Minutos después, Enrique abría los párpados y empezaba a recordar a su esposa y lo vivido con ella, pocos días antes de empezar a escribir sus memorias en un viejo talonario de recetas...

Angustia

Hubiera gritado el nombre de ella a pleno pulmón mientras se alejaba. Gustoso derramaría hasta la última lágrima a la vez que golpeaba la pared. Habría corrido tras su amada pidiéndole perdón, pero no pudo: se hizo un nudo en la corbata.

Incómoda

Cuando Paulina cerró su oficina, recordó que había olvidado las llaves sobre el escritorio, pero ya era tarde, y además viernes, así que tuvo que resignarse a dejarlas adentro hasta el lunes, cuando la secretaria llegaría antes que ella. De ese modo, lo único que llevó consigo aquella noche fue su cartera, la que fue sintiendo, poco a poco, mas pesada. Había hecho algunas travesuras durante la semana, y aunque no se arrepentía por ellas, prefería evadir sus propios recuerdos. Ya en el taxi, a tiempo de pagar, notó que su cartera iba aumentando de peso, hasta casi fatigarla, pero por la oscuridad del sitio no pudo reconocer el objeto que pesaba tanto. Tuvo que esperar cinco minutos a que abrieran la puerta, pues la llave de su casa estaba en el llavero olvidado, y aquella espera hizo que le dolieran la espalda, los brazos y las muñecas, y no pudo impedir esa tremenda incomodidad que suponía cargar ella sola con la cartera cuyo peso iba en aumento permanente. Al fin llegó a su habitación, y arrastrándola con ambas manos, depositó la cartera sobre su catre, cuya parrilla crepitó ante el inesperado objeto. Al fin la abrió, y en ella encontró, todo sonrosada, su conciencia intranquila.

Sin contacto

Antes de desesperarse, Antonio decidió hacer un recuento del día. Había despertado antes de las 6.30, como era su costumbre hacía cinco años, incluso los domingos y feriados. Se sirvió él mismo su desayuno; entró al baño a rasurarse. Repitió los ritos habituales: el beso en la frente de su esposa y los hijos al despedirse de ellos; la lectura de los titulares en la parada del trufi y el descanso breve durante el viaje antes de ingresar a la oficina. Todo lo habitual fue cumplido a cabalidad. Sólo el detalle final no pudo ser ejecutado: no le permitieron ingresar en la oficina. No le dieron la mala noticia del despido (aquello habría sido algo). La recepcionista, simplemente, no le permitió el ingreso. No le reconoció. Después de dos años de trabajar allí y ser compañero de aquella agraciada jovencita por año y medio, ésta le dijo que nunca le había visto. Le sorprendió la frialdad con que se lo dijo. Acertó los nombres de todos sus compañeros; todos se acercaron a él, pero nadie le reconoció, y no hubo en el rostro de ninguno de ellos nada que delatara una broma pesada. Nada, ni siquiera en la cara del guardia cuando lo echó a empujones del lugar.
Pero el mal día no terminaba ahí. Cuando fue a la oficina de su esposa para comentarle su desgracia, ésta negó conocerle, negó un pasado común, y con un gesto de lástima le presentó a su marido, para luego, casi histérica, pedirle que se largara de inmediato.
Nada de lo ocurrido tenía sentido. Al cabo de una hora decidió ir a su casa, pero ya en la puerta temió que la llave fuera incorrecta. Optó por pasar de largo, tembloroso, inseguro. Revisó los papeles que llevaba consigo. Su identidad era la que él conocía; las tarjetas de crédito y débito tenían sus datos personales. Nada de lo que iba con él había cambiado, pero sí lo que escapaba de su control.
Pensó en una mala broma de Dios, un chiste muy pesado; consideró la posibilidad de una amnesia colectiva. Se puso a considerar seriamente la existencia del túnel del tiempo, las vidas paralelas. En fin, pensó en todo lo que conocía y en todo lo que no.
Después de caminar varias horas, con el maletín en la mano, decidió tomar café. Le sorprendió que la dependiente aceptara, luego de verificar con el banco, su tarjeta de crédito. Entonces se dio cuenta de que no necesitaba una taza de café, sino también algo sólido. Pidió un platillo ligero, y prácticamente devoró su pedido, como si no comiera un mes atrás.
Se sentía cansado: le dolían los pies y la mano en que llevaba el maletín. Entonces se dio cuenta de que acostumbraba llevarlo siempre en la misma mano, sin pasarlo a la otra. Analizó las posibilidades: el trabajo quedaba relativamente cerca de su casa; el maletín en realidad no pesaba lo suficiente como para que considerase necesario pasarlo a la mano izquierda (él era diestro); pero al cabo de un momento notó que no importan mucho los porqué, sino que una costumbre, bien o mal adquirida, es una costumbre a fin de cuentas.
Más por distracción que por necesidad, lo abrió para extraer el informe de rutina que debía presentar en la mañana. No encontró nada fuera de lo previsto en el documento: el nombre del director, sobre el cargo en negrillas (y en mayúsculas); el suyo, con su cargo también en negrillas (en altibajas). El rito de qué, porqué, quién, paraqué y dequémanerabeneficiaráestoalaempresa también estaba en su sitio, incólume, sagrado. No fueron la sorpresa del primer instante ni la angustia profunda los que le llegaron al leer su informe. Sintió, por un segundo prolongado, un gramo de paz al dejar de ser él mismo, aunque tal no fuera su voluntad.
Veía a las personas entrar y salir del local. Las veía sentarse a la mesa, hacer su pedido, pagarlo e irse aprisa, con la seguridad de saber quiénes eran y que serían reconocidos por quienes los conocieran, tan seguros que no se molestaban en pensarlo.
Aunque continuaba sintiéndose extraño, confundido, optó por serenarse mientras bebía, sorbo a sorbo, el café. Su día resultó, pese a todo, o quizá por todo, bastante disipado, acaso divertido. Ya cerca al anochecer, al notar que no tenía dónde dormir, se dirigió al primer cajero automático, y extrajo lo suficiente para un par de días. Se alojó en una hostal. No era su estilo, pero debía ahorrar lo posible mientras todo se aclaraba.
Al intuir que, pese a la jornada agotadora tardaría en llegar el sueño, optó por repasar su vida y hacer una evaluación sincera: su percance del día, el que lo alejaba de todo, era lo mejor que pudo haberle ocurrido.
Recostado con toda la ropa puesta, y con los párpados pesados, se percató que algo le incomodaba a la altura de la cintura: era el celular. Se dispuso a apagarlo, cuando cayó en cuenta de que nadie le había llamado. Su sorpresa, sin embargo, carecía de sentido, así que decidió apagar el aparato y arrojarlo al basurero de la habitación, segundos antes de que su esposa y amigos empezaran a llamarlo, insistentemente, para aclararle que la broma por el día de los inocentes había terminado.

Velada

Dicen por ahí cerca de la casa que el extraño simplemente entró en ella. Ya era tarde, y el frío golpeaba a los que aún caminaban por la calle a esa hora. Hoy aquella casa está vista con recelo, con miedo diría. Pero cada misterio tiene sus razones y cada razón sus misterios. Yo no creo que él se haya dormido, como muchos murmuran por ahí. Me parece más bien que el cadáver, que tenía la cara toda azul y lívida, dice mucho de él. Sí, yo lo imagino, y lo entiendo, porque ésas son cosas de hombre apasionado. Y él eligió morir aquella noche de octubre. Lo imagino llegando tarde, cansado, con sus alforjas al hombro. Pasaron cuatro años antes de que volviera, y era necesario hacerlo. Había sentido el llamado de Patricia, la niña que conoció en su primera llegada al pueblo, y de cuya muerte se enteró aquella tarde, pocos minutos antes de entrar en la casa, por boca de los vecinos. Yo no lo vi, pero me lo imagino. Su nombre era Andrés, todo el mundo lo supo al día siguiente, cuando buscaron una identificación entre sus pocas cosas. Lo que pocos sabemos es que vivió en aquella casa grande cuatro años antes, y que entonces conoció a Patricia. Ella tenía entonces apenas doce años, y él, veinte, según tengo entendido, y se quedó prendado de ella. Era dulce, como toda niña de su edad, y él nunca pudo saborearla. Sin embargo, aquella noche, la última que alguien lo vio respirar, y poco después de enterarse de la muerte de Patricia y su abuela, Andrés entró solo en la casa, y acomodándose en la hamaca vieja que aún estaba tendida, lloró una lágrima, y luego fue recordando y llorando más, sin dormir. Entonces se dio cuenta que en la mesa que había en aquella habitación estaba un vestido azul, viejo por sabe quién cuánto tiempo, que era el que Patricia usaba los domingos en la misa, y lo miró entristecido. Lo tomó entre sus manos y regresó con él a echarse en la hamaca, pensando, recordando, llorando. Pudo imaginarla entonces, con aquel vestido puesto, mirándolo, triste, llamándolo con su voz de silencio eterno. Tuvo entonces más deseos de llorar, y siguió llorando, pensando en que nunca le diría “Patricia, te quiero”. Y sintió luego el aliento de Patricia entre sus dedos, y su mirada tierna, como si en realidad tuviera cuerpo, y entonces entendió que los fantasmas no son sólo esos pesados recuerdos, ni aquellos asuntos sin resolver, sino también la nostalgia dulce, las palabras que se quedaron sin decir, y el silencio que mira desde su propio silencio. Y continuó llorando, hora tras hora, minuto a minuto, lágrima tras lágrima, encerrado en su propia agonía. La puerta estaba pegada, pero no la ventana. Por ella se filtraron los primeros rayos de sol al amanecer, y junto con las primeras luces se halló a sí mismo abrazado al vestido azul, ya sin el cuerpo difuso, y pronto, sin sueños que mirar, sin ilusiones para compartir, sin esperanzas que alimentar, se dejó morir ahogado en las lágrimas con que había llenado la gran habitación.

El crimen perfecto

La idea se le ocurrió mientras hablaba por teléfono con su esposa desde la oficina. No la soportaba, y durante los últimos tres años había digerido su situación sólo por guardar las apariencias, pero ya no daba más. Mientras retiraba el lápiz de sus labios, con una sonrisa irónica le dijo a ella que aquella noche no llegaría a dormir, que había hallado la solución a todos sus problemas como un destello providencial en su mente. Su esposa, con la eterna jaqueca, empezó a recriminarle nuevamente su incomprensión, la dureza de su espíritu y lamentó por enésima vez no haber escuchado los sabios consejos de su muy santa madre, que Dios la guarde en su gloria, que si se casaba con un pelafustán sin alcurnia como aquel sinvergüenza callejero, algún día, tarde o temprano, más probable temprano, se arrepentiría.
Él escuchó todo con la expresión de quien lo escucha por última vez. En cuanto colgó, después de ella, acercó hacia sí un bloc de hojas carta, y en la primera página comenzó a diseñar su plan. Hizo una lista de todas las posibilidades, y las fue descartando una a una en busca de la idea perfecta: delineó los pasos indicados, enumeró los instrumentos precisos y calculó el lugar propicio. Al cabo de tres horas de murmuraciones en voz alta había desechado trece posibilidades, cinco sitios, veinticuatro fechas y seis cómplices. Al final se quedó con una fecha, un lugar y ni un acompañante. Nada podía fallar. Repasó mentalmente las historias de Alfred Hitchcock, la trama de La muerte y la brújula, la pasión de La continuidad de los parques, y todo cuanto tuviera que ver con el plan perfecto del crimen sin huellas, y ninguno, absolutamente ninguno, superaba al suyo. Recapituló los imprevistos que pudieran presentarse a último momento, hizo una lista de sus coartadas, imaginó situaciones, previó las preguntas, adivinó los pasos, la secuencia, el acto final.
Muy contento por la mañana, como si hubiese sido él quien durmiera a pierna suelta, encontró a su esposa todavía echada en la cama, con las ojeras adornándole la cara y la expresión pronta a estallar en un nuevo ataque de nervios, pero sin dirigirle una sola palabra se acercó al escritorio y extrajo del bolsillo de su gabardina un manojo de papeles doblados en diez. Ella se extrañó de que no le prodigara la disculpa habitual, que ni siquiera intentase justificar su nueva afrenta, pero tampoco hizo nada por reclamarla. Entonces él comenzó a transcribir en la vieja máquina doméstica las hojas que previamente había seleccionado, y luego de diecisiete minutos se levantó, con dos páginas impecables que engrapó, ensobró y ordenó luego a la empleada con un billete de diez a que despachara por la agencia de correo más próxima el cuento que acababa de escribir, y en el que asesinaba a su esposa sin que nadie pudiera luego recriminarle nada, ahogándola con su indiferencia.

Perdido

José despertó, como todos los días, antes que el sol saliera. Preparó lo necesario para su incursión en el monte: el morral con charque y la caramañola conteniendo agua, el cuchillo al cinto y, terciada a la espalda, la vieja escopeta del abuelo. El día anterior había prometido a su abuela carne de urina, y ahí iba, con sus diecisiete años, a su primera cacería solitaria. Media legua allende el pueblo, donde el camino se hacía sinuoso e indefinido, se internó monte adentro. Avanzó tranquilo por el monte ralo, hasta que éste se hizo espeso. Notó entonces una oscuridad mayor que la habitual conforme iba ganando metros monte adentro, pero aquello le tuvo sin cuidado.
En un punto de su recorrido encontró huellas que no supo identificar, pero le pareció prudente esperar oculto.
Trepó a un árbol mediano para ver qué pasaba. Esperó pacientemente durante mucho tiempo, pero no vio nada. Al cabo de algunas horas, y no muy lejos de allí, en un claro, divisó un grupo de chanchos de monte que en fila cual soldadesca avanzaban con sus gruñidos típicos. Con sumo cuidado apuntó al último, que le pareció el más gordo, y disparó un solo tiro certero. El chancho cayó a tierra, y los demás, en vez de huir, se volvieron hacia éste y lo devoraron ante el desconcierto de José. Segundos después se volvieron hacía el lugar donde estaba él, y corrieron amenazadoramente. El apenas tuvo tiempo de reaccionar, recargar el arma, apuntar y disparar al hocico del primer chancho que se le acercó demasiado. Entonces si se dispersaron los demás. No habría urina, pero sí un gran susto y carne de puerco para salar. Con éste al hombro, José recorrió un buen trecho del monte, hasta que sintió un ardor fuerte en la espalda.
Decidió descansar un momento, a la orilla de un sendero muerto, por el cual, según pudo notar, desde hace mucho no pasaba nadie: sólo serpientes y otros animales.
Repuesto del cansancio, cruzó el sendero y se internó en el monte del otro lado. Caminó casi veinte minutos, cuando cayó en cuenta de que no había visto antes el sendero que acababa de dejar atrás, y le invadió la certidumbre angustiosa de haberse extraviado.
Regresó sobre sus pasos, y luego de caminar cerca de una hora no pudo encontrar el sendero que había dejado atrás. Hizo a un lado el chancho. Le dolían la espalda y los brazos: estaba fatigado. Su cuerpo cobrizo transpiraba provocándole ardor en las llagas, y sus manos estaban ampolladas por alternar la pata del chancho y la escopeta. El ambiente, pese a la oscuridad por los árboles altos, era muy sofocante. No había llevado mucha agua en la caramañola, y la poca que tenía le transmitía el calor acumulado.
Los minutos pasaron y se hicieron horas. Continuó caminando, pero no pudo encontrar el sendero muerto. Echó el cuerpo del chancho en cualquier parte, y siguió caminando, despacio primero, luego corriendo por la desesperación, y después nuevamente despacio, por el cansancio. Llegó la noche, y las horas se hicieron días. Después de dos o tres días (en el monte no sólo se pierde la noción del espacio sino también la del tiempo) encontró, apoyado en un árbol, un esqueleto con el mentón en el pecho, con jirones de carne putrefacta, de un tono vade azulado entre las costillas, y con una mirada que parecía permanecer en sus órbitas. A José, en vez de aterrarle, la imagen le provocó lástima, por el desconocido muerto, por sí mismo.
Después de mucho caminar y no llegar a ninguna parte, se sentó en el suelo, y apoyado en un árbol, miró a su derredor: sólo pudo escuchar el canto dulce de los pájaros. Los mosquitos le picaban las llagas y él apenas tenía fuerzas para ahuyentarlos con la sudada gorra. Las ingles le ardían, y el ardor se hizo insoportable. Comenzó a pensar en su vida, sus aventuras y desventuras, su abuela que seguiría esperándolo, las pocas veces que fue a la escuela, el azadón, cómo carpía con su abuelo cuando éste vivía, los besos de Juana, la taza de café a media tarde, sus sueños de grandeza… Lloró, con el mentón apoyado en el pecho, y las lágrimas le provocaban más ardor en las mejillas, adonde los mosquitos acudían persistentes. Después de mucho llorar se quedó dormido, los brazos se le cayeron sin fuerza y su corazón también durmió, cansado, mientras a unos pasos se escuchaba pasar a un hombre que silbando arreaba sus pocas vaquillas.

Espera

Había llegado, como era habitual, cinco minutos antes al punto de encuentro. Mientras ella llegaba optó por continuar su lectura tantas veces fracturada. La historia narraba los sinuosos caminos de la iglesia medieval, la lucha de cátaros, fraticelis y valdenses contra el clero, y la lucha del Papa con los emperadores de turno por la hegemonía del poder. Cada línea le transportaba a un mundo y momento por entero distintos del suyo, y sin notarlo iban transcurriendo los segundos que se hacían minutos, y éstos segmentos de hora. Miró el reloj que ella le había regalado: llevaba poco más de quince minutos esperándola. Ya no pudo concentrarse en la lectura. A su mente llegaron recuerdos de otras esperas, siete años atrás, cuando la relación que casi acaba con su vida aún estaba en pie. Recordó sus esperas ya no con el aliento entrecortado ni la desesperación amarga de los primeros días después de la ruptura, sino con un aliento dulce que le llenaba el ser de un extremo a otro. Ella solía llegar media hora después que él con un archivador amarillo cubriéndole el pecho, siempre pidiendo disculpas, y más de una vez él le había puesto cara de culo. Juntos intentaban entender algunas tonterías académicas, y ella se sorprendía siempre por la ingenuidad o la desidia (o ambas cosas a la vez) demostraba en sus discusiones teóricas. El sentía esa defraudación que ocasionaba en ella, y le reconfortaba, o consolaba (o ambas cosas a la vez) el hecho de que a pesar de todo lo mimara tanto. Y su mayor consuelo fue que no lo dejó por tonto, sino por estúpido, es decir, no por no saber nada de lo que a ella quizá le hubiera interesado, sino por los errores típicos del varón que yerra por lo inmenso de su locura. Aun así, los tiempos posteriores a la ruptura habían sido los más duros, y nada de lo que hizo consiguió apartar el recuerdo de Lucía de su mente; nada de lo que intentó hacer vedó ni anuló sus deseos: los viajes a ninguna parte, las parejas intermitentes, las lecturas inconclusas que narraban las aventuras del eterno enamorado que no perdía el tiempo, la familia ahogada en una centuria de soledad compartida, las luchas de caballeros con armadura por un Dios al que no conocían, las críticas a la filosofía idealista alemana, la concepción materialista del mundo y de las clases sociales, los proverbios ilustradores, la cena santa, los misterios más profundos del mar y los cielos, los ciclos de bonanza financiera, y tantas otras cosas que lo distraían apenas minutos. Sin embargo, el tiempo había actuado como un lenitivo calcificante en su corazón, tapiando las ventanas, cerrando habitaciones, y la nostalgia aparecía como algo inmaculado y sagrado: sin rencores ni amargura que no fuera la de no contárselo a ella, de no confesarle que aquellas esperas que tanto le torturaban antes eran deseadas como el último rescoldo de esperanza para su vida, que no le encontraría nunca más con su cara de culo, y que ya se había cansado de ser estúpido, y deseaba ser tan sólo tonto, con tal de que ella lo mirara… y lo perdonara. Volvió a hojear su libro, sin prestarle mucha atención. Los cátaros seguían siendo confundidos en su herejía con los valdenses, no importando los argumentos en favor de la diferenciación entre ambos que expusiera fray William de Baskerville. El sol se perdía en el horizonte, y una vez más habían transcurrido otros quince minutos, cuando llegó ella, con el archivador amarillo cubriéndole el pecho, pidiéndole una nueva disculpa, y él se la dio con una sonrisa tonta, pero sin poner cara de culo.

Al anochecer

Se detuvo, sin querer, a mirar el espectáculo del día moribundo. El cielo presentaba una coloración rojiza profunda, y en el fondo del paisaje vio reflejado un trocito de su soledad. Encendió un nuevo cigarrillo. Era un L&M: le recordaba a ella. Lo pitó, simplemente lo pitó.
Su apariencia desgarbada iba muy bien con su estado de ánimo: una gorra ploma de tela, de esas que ya sólo utilizaban los artesanos de antes; un sacón a cuadros color café con forro de peluche; y para rematar, unos pantalones Jean y zapatillas deportivas. Estaba parado en el dintel de su puerta, mirando el patio en el que jugaban los numerosos niños de la casa. Ya el día había muerto.
Apagó su cigarrillo con la punta del pie derecho. Entró en su cuarto, y pensó otra vez en ella El día, aunque agotador, no le habla robado las fuerzas para recordarla una vez más, recreando una a una las pocas caricias que podía recordar.
La habitación, grande y azul, tenía pocos muebles: un camastro de mediados de siglo; al lado, un velador viejo de madera sobre el que reposaba el único aparato electrónico: una radiograbadora de segunda mano; en el centro de la habitación estaba una mesa con algunos libros, y en el fondo una barra de metal apoyada sobre dos soportes de madera, de la cual colgaban algunos sacos y camisas. Al pie de ésta se hallaban unas cajas de cartón en las que se podía ver las ropas que no podían ser colgadas: calcetines, calzoncillos y poleras. Tal era su patrimonio, y no parecía muy interesado en acrecentarlo.
Derramó una lágrima vieja al ver en su billetera la fotografía de ella en blanco y negro arrebatada al periódico aquella tarde de abril. Encendió otro cigarrillo, se quitó la gorra, y pensó en cómo ella había renunciado a todo por seguirle. Todo se reducía simplemente al tiempo que nadie lo da así por así. Cuando ella tenía prisa o cosas urgentes que hacer, siempre hallaba el tiempo suficiente para dedicárselo a él, y aunque no lo había valorado en su momento, los nuevos instantes de soledad le obligaron a pensar seriamente en el asunto, y llegó a la sabia conclusión de que realmente ella le amaba. También llegó a la conclusión tardía de que la sabiduría llega cuando no sirve para nada.
Recordó el adiós abrupto, y lo que vino después. No la había valorado si no hasta que fue demasiado tarde. Ella lo dejó, o, como un día comprendió, él la perdió definitivamente.
No estaba seguro si la había buscado como un remedio a su soledad casi eterna. Cayó en cuenta de que no supo expresar aquel sentimiento profundo que anidaba en su corazón y que sólo maduraría después del último adiós.
Supo también algo tarde que la había necesitado desde siempre… así de simple.
Recordó cuando ella dudaba que él sintiera algo por ella. Comprendió sus dudas razonables: él era sumamente torpe e inexacto para expresar sus sentimientos. Pero en el fondo vivía sólo para ella, con todo y desaciertos.
Al ver el gran vacío de su vida retratado en su habitación, terminó aceptando que le gustaría mucho intentar algo nuevo con ella, volver a enamorarse, una vez más.
Sí, podía ser la soledad el gran motivo para que la buscara, la encontrara y le propusiera una vida a su lado… pero aquello carecía de importancia: la había perdido cuando más la necesitaba.
Consciente de su nueva y más cruda soledad, en el silencio de ese cuarto vacío, recordó todas las cosas que había compartido con ella: su primer encuentro, su primer día, el primer beso, sus primeras caricias, la vergüenza de ella y la suya propia, y la risa de ella, aquella risa cristalina que parecía ser portadora de su tiempo y ámbito propios. Sí, había cobrado muy tarde conciencia de cuánto amaba a aquella mujer dulce, y supo entonces más que nunca que toda exquisitez está irremediablemente acompañada de una tragedia.
Habría querido tenerla cerca para confesarle que a pesar de todos sus errores fue honesto cuando le decía que la amaba, aunque aquel sentimiento apenas germinaba en su ser. Y sintió el impacto del vacío y la soledad en forma más profunda que antes. Lloró con una profusión mayor, y se dijo a sí mismo que le gustaría mucho volver a empezar, volver a enamorarse, a enamorarla, que realmente le gustaría volver a empezar con ella, pero aceptó que nunca más sabría nada de ella, nada distinto de aquella fotografía suya en blanco y negro arrancada al periódico de abril que invitaba a su misa de ocho días.
Sala de Redacción
José Luis Arellano del Castillo y Góngora, veterano de las letras, vigilaba desde su escritorio de jefe de redacción el movimiento en las dependencias a su cargo. Las máquinas de impresión zumbaban alternadamente, mientras las transcríptoras apuraban su faena diaria y las moscas revoloteaban alrededor de algunas envolturas de dulce que yacían en los contenedores. A un lado de los escritorios,, junto a la puerta de ingreso, la máquina proveedora de café caliente, que el señor director había mandado colocar para que los empleados no perdieran tiempo conversando en una mesa, derramaba gotas negras porque alguien en su prisa había olvidado asegurarla.
Arellano llevaba las mangas recogidas, el pecho sudoroso y la frente brillando por el intenso calor que convertía la sala de redacción en un hervidero de angustias. El nuevo redactor, que trabajaba en realidad dos años en la planta titular, le acercó transpirando una fotografía tomada por su ayudante y la nota redactada por el, diciéndolo “ahí tiene jefe, ocho palabras, tal como me indicó en la mañana”, a lo que Arellano respondió con un asentimiento de cabeza. Leyó sin sobresaltos, y al final le colocó un número dos en la esquina superior derecha junto a su sello de pie, lo cual fue gratamente recibido por el joven redactor.
Cuando se marchó el novato de las letras. Arellano extrajo de una gaveta de su escritorio un álbum de recortes de prensa, y viéndolos por un momento lanzó un suspiro recordando los titulares de antes y lo que debía pasar un reportero que salía a la caza de una noticia. “Los tiempos cambiaron,” se lamentaba para sí, “antes valorábamos nuestro trabajo, solíamos dedicamos con alma, vida y corazón a nuestros negocios; los jóvenes de ahora quieren sensacionalismo, noticias baratas, como esas barbaridades de coserse la boca en el norte, que “locura”. En eso, una de las transcriptoras se le acercó para hacerle una consulta sobre una palabra. Todo el personal de la oficina le consultaba, total, él era el veterano en los asuntos de escritura y diagramación, nada desactualizado, y por algo había llegado a ser el jefe de redacción de aquel periódico, en el cual pronto dejaría de trabajar, pues, se acercaba su jubilación. “Si, señor director, cómo no, desde luego que sí señor, tiene usted toda la razón”, le había dicho más & una vez al director al que apenas sí se acercab como era rigor en los tiempos que vivían. La jubilación llegaría, y con ella una nueva vida, diferente, pero no necesariamente mejor.
Arellano suspiró nuevamente mientras se acomodaba las gafas de aumento. Los tirantes parecían aumentar notoriamente su obesidad, y las canas amarillentas coronaban treinta años de esfuerzo en el trabajo, veintiocho de matrimonio y diecinueve de amores prohibidos. Las noticias habían variado sustancialmente en los últimos años. Ya nadie, o casi nadie; escribía una implicación con i latina. El había cambiado sus costumbres para no sucumbir, y había logrado mantenerse vigente, las noticias de primera plana que él conoció, y que no necesariamente eran acompañadas por una fotografía, bastaban entonces las noticias locas, tales como pollitos con rostro humano, ovejas de dos patas o recién nacidos de dos cabezas, o el inicio de la guerra civil en una población tierra dentro o el discurso de la primera dama. “Antes la gente se maravillaba con poco, supongo que esa era la infancia de la humanidad”, se dijo sin mayor drama que sus propias palabras, “ahora la gente ni siquiera lee, pero sí creen saber escribir, y encima corrigen, burros de remate”. Dela sala de prensa le llegó una nota, era el jefe de máquinas, quien no sabía si utnnota por él firmada, debía ir en la página diez u once, “dile que puede ir en cualquiera”, respondió al mensajero, “no es primera plana ni centrales”.
Días como aquel, próximos a su jubilación, coincidían en ser insoportables. y el verano austral sofocaba aún más los poros bañados en sudor incontenible hacia mediodía.
El redactor nuevo, con dos años de experiencia y que aún buscaba su nota de primera plana, irrumpió repentinamente en la sala de redacción, con el rostro radiante de alegría, y con una foto que había sido tomada por él la mañana que terminaba. “Jefe,” dijo con la voz alta, como para que todo el mundo le oyera, “secuestraron al director de nuestro periódico, tres encapuchados, hace cinco minutos al salir de acá”, mientras con la mirada picaresca parecía decir “ahora sí ganó”.
Arellano le miró desconcertado; segundos después, las máquinas interrumpieron sus zumbidos, todo el personal calló y volcaron la mirada hacia el puesto del jefe de redacción, mientras éste se quitaba las gafas, secaba el sudor de su frente con el dorso de la mano y miraba a todos los presentes, y, sin saber qué hacer, preguntó dubitativo:
–¿Sabe casualmente alguien el nombre del señor director?
Un calor sofocante con olor a amoniaco y un silencio yelmo fueron la única respuesta que recibió mientras dejaba reposar sus gafas sobre el escritorio de madera oscura.

Pasiones primaverales

Santiago se enojó con su novia. Era la quincuagésima tercera vez que le dejaba esperándola más de veinte minutos. Cuando al fin la vio llegar, sonrosada por la vergüenza, él quiso decirle un par de cosas verde limón, pero la lengua se le hizo un nudo. Sólo quince minutos después, con la ayuda de ella, pudo desanudarla.

Reencuentro

Durante todos aquellos años de separación, Adán había imaginado varias veces encontrársela en su camino.
Barajó posibilidades, ambientes, el vestuario, sus diálogos y el argumento, pero en cuanto la ocasión surgía, retrocedía presa del pánico. Una tarde chocó con ella en la puerta del ascensor Cambió de color y no respondió al amigo que le preguntaba por qué uno más uno son dos. En otra oportunidad, abordó el mismo bus que ella. Ambos fingieron no verse, él más que ella, pero al bajar sintió cómo las mejillas se le encendían con un rojo intenso. Transcurrieron más de cinco años sin que se hablaran, y aunque este tiempo no había sido improductivo para él, temía seguir los pasos de Florentino Ariza: pasar más de medio siglo pensando en su diosa coronada, cada noche, cada instante, cada palpitar, sucumbiendo en un marasmo de desencanto y deseos reprimidos de llorar. La ruptura se había producido, cómo no, por las estupideces de él. Ella había hecho lo correcto, Adán no tenía nada que reclamarle. Sin embargo, él quería hacerle saber que poco antes de que lo dejara había descubierto cuánto valía en su vida.
Aunque se había jurado a sí mismo nunca más hablarle, hacía todo cuanto estaba a su alcance para que ella se enterara que seguía pensando en su nombre, en su rostro moreno y sus llegadas, su pasión abrasiva y la dulzura de su mirada. Sus estrategias fueron varias e inútiles: actuó en una obra de teatro en cuyo acto principal recitó un pésimo poema compuesto con el acróstico de ella: nunca la vio en la platea. Compitió en una maratón y llegó penúltimo.
Publicó varios ensayos y versos en un periódico local mientras trabajó ahí, pero sospechó que ella no los había leído nunca. Un día cualquiera, se armó con toda el valor posible para, en un momento de ansiedad conjugada con soledad, componer un poema corto adornado con plumas de aves en el cual le decía: “Gracias por lo que me diste, gracias por lo que me das, gracias por lo mucho que aún tienes para dar”.
No supo precisar si fue la nostalgia dulce que se acumuló en los últimos meses o la necesidad inmensa de decirle que sólo vivía para ella lo que le decidió adjuntar a la tarjeta adornada con plumas de aves un poema lleno de dibujos hechos con crayón y versos babilonios recuperados sólo para ella. Lo cierto es que acompañó la decisión a su iniciativa, y llevó consigo cada día aquellos dos testimonios de su corazón herético en su viejo maletín negro. Sabía que en cualquier momento la volvería a ver.
La tarde del quince de mayo, mientras conversaba con un amigo cerca del atrio de la universidad, la vio pasar tan cerca que casi podía respirarla. Sumó todo el valor que tenía acumulado, lo confundió con sus antiguos temores, y al notar las intenciones simultáneas de ella para hablarle, hizo a un lado la mirada, presa de su viejo pánico y temeroso de su propia reacción. Quizá un día vuelva a encontrarla.

miércoles, 12 de agosto de 2009

ELABORACIÓN TESIS DE GRADO DERECHO, ADMINISTRACIÓN, OTRAS RAMAS

Se ofrecen servicios en la elaboración, redacción, desarrollo, corrección gramatical y de estilo, ajuste metodológico, ajustes de formato, elaboración total o parcial de tesis, trabajo dirigido y proyecto en derecho, administración de empresas, turismo y educación y ramas afines. Se ofrece la garantía de 10 años de experiencia en esta actividad. Atendemos consultas del exterior y el interior vía internet, sms, LDI y msn. Dirección en Quito, Ecuador: Av. Shirys, entre Tomás de Berlanga y Río Coca (Jipijapa). Contactos: 094835149, mail: tesisnet@hotmail.com

jueves, 9 de julio de 2009

¿Cuál es tu identidad musical?

Sin duda, una de las gratificaciones más importantes que tiene un ser humano la halla al escuchar una melodía musical. Independientemente del estrato social, nivel de instrucción, grupo etáreo, ingresos o sexo que caracterice a un individuo, existe un tipo de música que se adaptará a las circunstancias específicas que viva. No existe, por tanto, un patrón específico para afirmar a ciencia cierta que tal o cual música "pegará más" en tal o cual estrato, sino que cada persona asignará un valor específico a las notas que lleguen a su cerebro, en un importante proceso de decodificación de los mensajes.
Sin duda, existirá más probabilidad de afinidad con la melodía acompañada por una letra en el idioma materno, pero aquello no es una ley inflexible. La música de moda, generalmente en inglés, es una muestra clara de aquéllo.
Quienes vivimos las décadas de 1980 y 1990, asistimos a una serie de cambios del mundo bipolar al supuestamente unipolar, y en ese proceso, los consumos culturales aportaron un giro interesante. De esta forma, vimos una mayor tendencia a la simple diversión como medida de consumo de las diferentes "ondas musicales".
Algo que queda claro con el pasar del tiempo es la necesidad de distinguir los géneros que crean una corriente, de aquéllos que no pasan de ser una simple moda.
De esta forma, no se puede medir con las mismas pesas una corriente arraigadísima en los sectores populares latinoamericanos, como son la cumbia o el vallenato, con otras de menor empuje, cual son el reggetón o el house, que si bien en su época "pisaron fuerte", tienen un previsible final antes de la nueva década, o al menos que perderán su radio de influencia.
Lo anterior puede ser rebatido, desde luego, y la idea es ésa. En este espacio no pretendo crear dogma, sino debate.
Todo aporte, incluso los que van en contra, serán bienvenidos, a fin de alimentar este pequeño espacio de discusión, donde espero sentar las bases para una sana dialéctica del siglo XXI.