lunes, 20 de abril de 2009

La importancia de entender apropiadamente la investigación criminal

En la revisión de diferentes noticias de crónica roja, la ciudadanía tiene conocimiento sobre diferentes hechos de sangre que son inapropiadamente abordados por la investigación criminal que desarrollan los policías judiciales bajo dirección de la Fiscalía.
Así, tomando dos casos simples, se tiene que en la ciudad boliviana de La Paz, en 1999, se produjo la muerte por intoxicación de casi todos los miembros de una familia, excepto uno de los hijos, que fue imputado como el directo autor material e intelectual del asesinato de sus padres y hermanos. Sin embargo, los policías nunca aportaron como evidencia los alimentos que todos los miembros habían ingerido aquel nefasto día, incluido el imputado de la comisión de tal delito. Pasaron varios años antes de que él pudiera hacer escuchar su voz, pues al haber muerto todos sus familiares, no había quién lo pudiera auxiliar estando preso en el penal de San Pedro de la dicha ciudad. La impericia de los investigadores, y del propio fiscal, hicieron que se imputara y se declarara culpable a un probable inocente, y la única prueba que se aportó durante el proceso, pero que al parecer fue suficiente para que el juez dictara la sentencia, fue que el imputado seguía vivo. Como puede verse, en este caso se atribuyó un hecho delictivo sin aportar todos los elementos de convicción que orientaran el proceso.
Por otra parte, en un contexto similar, se dio el caso de un muchacho de 19 años que apareció ahorcado en la rama de un árbol en la capital ecuatoriana, Quito, el año 2006. El informe policial fue escueto: suicidio. Sin embargo, sus familiares afirman que nada extraño habían notado en el comportamiento del supuesto suicida que los llevara a aceptar ese dictamen policial, que simplemente archivó un caso sin que se iniciara la investigación por asesinato, ya que el cadáver no llevaba su billetera ni celular, situación que incluso por sentido común debió ser suficiente motivo para iniciar una investigación criminal. La ciudadanía está acostumbrada a estos hechos, pero al parecer la Policía no: cuando atracan a una persona, es frecuente que la asesinen si opone resistencia. Esto puede ser por estrangulamiento (asfixia mecánica) o por sofocación (tapar la cabeza de la víctima, generalmente con una bolsa plástica). Así, se pierden importantes indicios que pueden constituirse en evidencia, tales como rastros de piel humana bajo las uñas de la víctima, traumas en el cuerpo del cadáver que pudieran haberse producido por una lucha evidente.
La negligencia o impericia en estos casos, hace que se vea un delito allá donde no hay, y que se oculte uno allá donde sí existe. Estos extremos hacen que se vea con abrumadora frecuencia la denominación de “escena del delito” al lugar donde se halla un cadáver, situación ampliamente rebatida por criminalistas de renombre, pues antes de hablar de “escena del delito” debería determinarse sin lugar a dudas la existencia de un delito. Para ello, no se requieren grandes dotes de genialidad, bastando un espíritu observador y sistemático, así como un carácter que debe corresponder a toda autoridad, fuera de toda duda.
Como señala la teoría, el lugar donde se encuentra un cadáver puede ser cerrado o abierto, siendo el primero la morada habitual del occiso o su puesto de trabajo. Sobre todo cuando se encuentra dentro de la vivienda particular del fallecido, es habitual que los familiares se opongan al examen de la vivienda por parte de los policías, lo que sin duda entorpece enormemente la labor investigativa. Para estos casos, los oficiales asignados deben actuar con el mayor tacto pero también con la mayor firmeza posible, haciendo notar que si existe oposición en la familia, automáticamente todos aparecen como sospechosos de un probable delito. Desde luego, para ello se requiere de una legislación más clara que faculte a los investigadores a tal actuación.
Por otra parte, cuando el lugar de los hechos ha sido alterado por cualquier circunstancia, y tomando en cuenta que esto modifica sustancialmente los resultados de la investigación, se debe al menos pedir in situ a los involucrados que describan lo más claramente posible las circunstancias en que fuera hallado el cadáver, su ubicación y posición, pues esto podría al menos aportar una idea de lo que enfrenta el investigador. Un asesinato no puede descartarse, pero no debe ser señalado como la única verdad posible. También son probables el suicidio y el accidente, por lo que las diferentes técnicas criminalísticas deben entrar en acción de manera inmediata: la fotografía forense, la entrevista o interrogatorio, la colecta de evidencias y otros procedimientos importantes que contribuirán a despejar el hecho en sí.
Los elementos que luego son trasladados al laboratorio forense, deben ser embalados y dispuestos conforme lo especifican los especialistas, según se trate de manchas de sangre, semen u otros flujos, instrumentos en la comisión de un delito, pelos, etc.
Como bien lo saben los funcionarios policiales, el examen físico externo del cadáver es esencial para determinar la existencia de un delito, debiendo revisar la piel, el rostro, las manos, incluso la vestimenta del cuerpo sin vida.
El trabajo en laboratorio es otra fase importante en el proceso de investigación criminal, y los técnicos en biología, física, química y balística forense, entre otros técnicos y profesionales conocen su campo, pero antes de que los diversos elementos hallados en el lugar de los hechos sean examinados por los referidos especialistas, el trabajo del investigador de campo debe ser minucioso, aclarando a los familiares y testigos sobre la importancia del proceso de investigación criminal, a fin de que un delincuente no quede impune ni un inocente sea acusado injustamente.

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