Al igual que los accidentes de tránsito, los percances en el viaje pueden tener tres orígenes: fallas humanas, fallas mecánicas y problemas ambientales. Los últimos son los que no se pueden controlar, e incluyen derrumbes en el camino, tormentas eléctricas, tormentas marítimas y cualesquier otro fenómeno climático.
Sin pretender dar un curso respecto a estos problemas, ni sobre las fallas humanas y técnicas, deseo compartir algunas experiencias e impresiones respecto a lo que esto representa en el trayecto que se propone un viajero.
Quienes viajaron en avión, saben que lo más que puede suceder (y lo último que se desearía) es la explosión de un motor en pleno vuelo, siendo este percance uno de los que rara vez hay quien sobreviva para contar la aventura. Lo más frecuente son en tierra la demora del avión, y en pleno vuelo, las turbulencias, que dependiendo su duración, puede generar algún temor en aquellas personas con algún tipo de fobia. Los niños, que habitualmente descubren el mundo a cada paso, pueden hallar la experiencia incluso divertida.
Yo sólo tuve oportunidad de experimentarlas en dos oportunidades, y debo reconocer que una de ellas particularmente, me dio la sensación de que en cualquier momento el avión se partiría en dos.
Otro percance, que se me presentó en tres oportunidades, fue la demora en el vuelo. Lo peor en estos casos, desde luego, es estar en un país distinto del propio, en escala técnica. Desde luego, las aerolíneas están obligadas a hospedar a los pasajeros cuando se cancela el vuelo o la demora es muy prolongada, pero esto resulta particularmente incómodo para quienes tienen prisa o para los que se quedaron sin mucho dinero en las alforjas.
Para el espíritu aventurero, es una oportunidad más de explorar la ciudad en la que está, y todo depende del ánimo para prolongar la estancia un poco más allá de lo planeado o presupuestado.
Eso en cuanto a dificultades técnicas, sea operativas, administrativas o cualquier otro imprevisto de tal categoría.
En los viajes carreteros, la situación es algo diferente. Dependiendo del problema que se presente, sea la rotura de una manguera, el pinchado de una llanta, o algo más serio como la rotura de un eje, la demora puede resultar realmente angustiosa, sobre todo por tratarse de un solo bus, buseta, camión, van, o en lo que se viaje.
La reacción es diferente en una persona cuando el vehículo es particular, o cuando se viaja en transporte público, masivo. En todo caso, también ahí se presenta una oportunidad para explorar los sectores aledaños al sitio del percance. Sin embargo, debe tenerse cuidado si se trata de un vehículo particular, cerrando bien las ventanillas, y si se va en grupo, destinar a una o dos personas persona que hagan guardia en el carro, mientras los demás van en busca de ayuda.
Cuando uno viaja en bus, es recomendable no alejarse mucho del vehículo, especialmente si el problema sucede de noche, pues podría arrancar sin que nadie note la ausencia de uno. Es habitual, en cualquiera de los casos, que otros transportistas brinden su colaboración, ayudando en la reparación en plena vía, o bien llevando a los pasajeros a algún punto donde puedan recibir la asistencia requerida, o, por último, llevándolos a su destino. En estos casos, es posible que cobren por su servicio, o que lo hagan por fundamental solidaridad.
Como expuse en las primeras líneas, la naturaleza juega sucio de vez en cuando, produciéndose mazamorras, deslizamientos, inundaciones, deslaves, y otros fenómenos que pueden complicar la existencia de quienes viajan. En estas situaciones, se dan las condiciones para conocer a los compañeros de viaje. Es frecuente que se compartan sobre situaciones similares en el pasado, sea por experiencia propia o de terceros, y se da un espacio propicio para compartir con desconocidos, que ya no lo serían más a partir de entonces.
También la gente tiene su parte en los percances que debe enfrentar el viajero promedio. Así, los bloqueos carreteros o una huelga masiva en inmediaciones del aeropuerto, pueden provocar zozobra en los mochileros o maletudos, según la costumbre que tengan en relación al equipaje. El desenlace en estas circunstancias, así como en el de los desastres naturales, es impredecible.
Por otra parte, está lo que pone cada viajero en sus medidas de seguridad. Cuando uno viaja solo, no es recomendable hacer amistades directamente con el compañero de asiento, mucho menos aceptar que se le inviten bebidas o alimentos, por el riesgo de recibir un somnífero. Especialmente, los hombres deben cuidarse de las mujeres atractivas amables, y desconfiar de las palabras muy amistosas. Tampoco es bueno ingerir alimentos cocidos en el camino, o frutas muy frescas o de las que se desconozca la temporada, pues eso tendría efectos gástricos desagradables. Es cuestión básica de supervivencia.
En lo personal, pasé por diferentes percances, además de los anotados en el avión: una vez estuve en un tren que se descarrilló por 14 horas, y eso fue bastante angustioso, hasta que quienes compartimos el percance descubrimos las infinitas posibilidades de llenar esas horas muertas.
También estuve en derrumbes de carreteras, caídas de puentes, en diferentes escenarios, y se produjo el mismo intercambio de experiencias, una oportunidad diferente de aprender y crecer.
Desde luego, también sufrí más de 10 bloqueos carreteros, y en una oportunidad, en Pisco, Perú, casi recibo un balazo de la Policía que reprimió a los manifestantes, que eran agricultores dedicados a la siembra de algodón.
En cierta oportunidad, mi hermana me contó que los mineros de Oruro habían echado dinamita debajo del bus, y que esa explosión se sintió como la muerte misma.
En el único viaje que hice a Colombia, experimenté el temor de ser secuestrados en cualquier momento por la guerrilla, y ver policías por todas partes no era precisamente un tranquilizante.
En Ecuador tuve que quedarme más de una vez anclado por derrumbes en la vía Quito-Guayaquil.
En Argentina, se les ocurrió a los gendarmes asaltarme los pocos pesos argentinos que tenía.
Existe toda clase de percances que uno debe enfrentar, pero es mejor pasarlo como un trago amargo, cuando sea realmente necesario, pero si no es el caso, vale la pena disfrutar el viaje, y no complicarse por cualquier vaina que se presente en la vía.
Recuerdo haber leído hace un par de años la queja de un colombiano que viajó a Brasil y pasó por las carreteras de Bolivia, quien recomendaba en estas páginas a los viajeros no comer nada en mi país, Bolivia, pero creo personalmente que eso es el colmo de la imprudencia infantil de un viajero inexperto. La pauta es simple: si uno tiene estómago delicado, no debe meterse al fango. Si tiene condiciones, que las demuestre, sea fisiológica o financieramente, viajando en avión, comiendo sólo en restaurantes de lujo (que tampoco son una garantía de nada, en ninguna parte del mundo), pero elegir morir de hambre por terror a una infección intestinal, me recuerda al Rey Carlos VII, que por temor a morir envenenado murió de inanición.
Salman Rushdie, en su obra "Los Versos Satánicos", diferenciaba al nómada del migrante en los siguientes términos: "al migrante sólo le interesa llegar a su destino; para el nómada, el viaje es su destino". Creo que esto se aplica perfectamente a quienes están dispuestos a correr riesgos por un bien mayor: la experiencia incomparable de descubrir el mundo desde dentro, no en las calcomanías de estampillas ni las imágenes en video o fotografía de quienes se atreven a descubrir el mundo por su propio pie.
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