Leticia dejó el ejemplar del diario sobre la cama. No había terminado de leer los titulares de la primera plana, pues acababan de llamarla los compañeros del grupo diciendo que adelantaban el viaje para las 10 de esa mañana. Fue una decisión algo arrebatada, pero las razones eran simples: si llegaban antes de las seis de la tarde a su destino, tendrían oportunidad de asistir a la explosión de pirotecnia anunciada para esa noche. Se bañó y vistió a las volandas, segura de llegar tarde de todos modos, pues ya eran casi las 9.30. “Ellos tienen la culpa, yo les he insistido para salir temprano, pero los gilipollas me decían que no”, se excusaba ante sí misma. Le invadió el alivio de haber tenido listas las maletas desde la noche anterior. Durante los últimos años como reportera, se había acostumbrado a despertar a cualquier hora tempranera, frecuentemente antes de que cantaran los gallos si los tuvieran en el vecindario, y también acostarse a cualquier hora. Pero éstas eran sus vacaciones, y había logrado reunir una buena porción del grupo de la secundaria, muchos de los cuales vería después de casi dos décadas. “¡Mierda! ¡Cómo vuela el tiempo!” se dijo a sí misma, mientras reparaba en el detalle del “casi”. No terminó de secarse el cabello, sino que lo peinó lo mejor que pudo con sus dedos, y cogió las dos maletas en una contorsión algo incómoda, y fue sólo cuando se disponía a cerrar su habitación que reparó en uno de los titulares del periódico, en la última plana del primer cuerpo, asomado tímidamente bajo la otra mitad doblada, en un recuadro apenas perceptible, pero que le impactó como un golpe en la frente: “Víctima de dos drogadictos ansiosos fue identificada como Mario Postigo”, lo cual la hizo dejar, sin pensarlo, sin sentirlo, sus maletas al pie de la puerta. Volvió sobre sus pasos, y levantó el ejemplar del periódico, para leer la nota.
Era breve, y señalaba sólo lo previsible: poco antes de las cinco de la mañana, Mario llegaba a casa de una de sus habituales jornadas dobles de trabajo, cuando debía reportar las existencias de la importadora donde trabajaba, y precisamente en ese momento María, su esposa, salía a hacer las compras para el desayuno, cuando lo abordaron dos drogadictos, y a punta de navaja le arrebataron el reloj y la billetera. Mario se resistió, y uno de los drogadictos lo apuñaló, por lo que se desangró en el acto. María alcanzó a ver esa escena, y sus gritos alertaron a los pocos vecinos que transitaban a esa hora, habiendo capturado a las pocas cuadras a los drogadictos, que tenían sangre en los pantalones y las botas, uno de ellos con la nariz fracturada por los golpes en su defensa que le había propinado Mario. La noticia no tenía fotografías ni de la víctima ni del lugar de los hechos, pero Leticia pudo imaginar la escena, que tantas veces había visto en su ejercicio diario de la profesión que había abrazado quince años atrás.
En ese momento supo que demoraría para reunirse con el grupo. Había olvidado cuándo fue la última vez que vio a Mario, pero de eso serían mínimo cinco años, según se puso a hacer cuentas. Resultó uno de esos contrariados amores de uno solo, donde Mario había alimentado una ilusión sin que ella participara. Siempre le pareció algo extraño, bastante retraído y para nada buen mozo. No era alguien a quien ella hubiera visto como pareja, y tuvieron una relación bastante complicada, incluso sin sexo ni pasión. Él dejó de verla, y a ella no le afectó mucho esa decisión, pues no era demasiado lo que podía obtener de su compañía, pero no pudo evitar sentir lástima por Mario.
Sin embargo, esa lástima duró sólo cinco minutos, pues había esperado tanto ese viaje, que no lo postergaría por nada del mundo. Dobló el periódico, lo guardó en su cartera, y retomó sus pasos rumbo al punto de reunión con el grupo.
En ese mismo momento, Mario era velado en su casa, y ya su viuda había resuelto todo para el entierro, que sería esa misma tarde. En su rostro no se advertía ni una lágrima, pero su expresión era la de estupor. Había pocas personas acompañándola, todas familiares o vecinas. Los compañeros de Mario irían directamente a la misa en el Cementerio, pues los propietarios de la importadora donde trabajaba eran rígidos en estos asuntos, más si estaban a fin de mes y se debían entregar los balances en forma oportuna, por lo cual sólo uno de ellos, Joaquín, se acercó para darle sus condolencias, algo tarde la noche anterior.
Cuando fue, declaró su incredulidad al enterarse la noticia, pues sólo unos minutos antes del asalto se habían despedido en la esquina de Jacabo del Barco y Aragón. Mario decidió completar el trayecto que le faltaba para llegar a su casa caminando, apenas dos cuadras y media, por lo que Joaquín no insistió, en la certeza de que estaría seguro en esa nada que le restaba.
Mario era de pocas palabras, pero se podía congeniar fácilmente con él, y con Joaquín había llegado a tener una amistad franca y directa, libre de complicaciones y carente de complicidad. Con él y sólo con él se podía permitir un favor cualquiera, y esa madrugada le había pedido, cuando terminaron de hacer el inventario de mercaderías recién llegadas, el aventón a su casa, o lo más cerca posible, pues su viejo Camaro estaba otra vez en reparación. Lo habitual era que llegara a su casa pasadas las 7 pm, pero de vez en cuando lo hacía pasadas las 11, y no era raro que llegara al amanecer los fines de mes, sobre todo cuando llegaban nuevos lotes de puerto y había que inventariarlos, como había sucedido en esta oportunidad. En esas circunstancias, solía llegar agotado a su casa, encontraba a María media desnuda o recién cambiada, poco dispuesta a dialogar, y menos dispuesta a ser amada sin amar, pero intercambiaban los rituales saludos, a veces tomaban juntos el café o bien le dejaba el suyo, antes de ir a su trabajo, en una tienda de venta de ropa.
Durante la noche, al margen de las tareas habituales de registro y verificación, intercambiaron algunas anécdotas de anteriores trabajos, anteriores parejas, anteriores sueños y frustraciones. Mario confió que no se explicaba aún cómo no se había animado nunca a cruzar la frontera, estando a menos de cinco horas por carretera, después que Joaquín le comentara sobre sus últimas vacaciones, cuando había cruzado de sur a norte el vecino país en su todo terreno japonés en menos de una semana.
Mario le comentó entre líneas acerca de una de sus mayores frustraciones en la vida amorosa, con una periodista que le movió el piso, y sobre cuya obesidad categoría 1 no había reparado, sino hasta bien entrado su enamoramiento, pero que eso no le impidió seguir pensando en ella. “Ahora, cuando pienso en el asunto, se me revuelven los intestinos”, le comentó. Joaquín sólo frunció el entrecejo, pues a él sí le gustaban las mujeres “con mucha carne para amar”, pero prefirió no decírselo, para no iniciar una discusión inútil.
Ya eran más de las 4 am cuando terminaron las labores, y Mario le comentó que los frenos de su querido carro habían estado fallando últimamente, por lo que le pidió el aventón a su casa. “O bien podéis dejarme sobre Aragón, que me queda a dos trancos”, le pidió, en su enrevesada forma de expresarse. Cuando corrían sobre la vía despejada a esa hora, veían las puntas de las carabelas en su muelle, y Mario recordó en voz alta la pelea que tuvo con Fonseca en una de las carabelas, 15 años atrás, por un pitido de caballo, comentando además que no entendía cómo ese mequetrefe, que nunca cargaba más de un duro encima, hubiera trepado hasta la gerencia de la importadora.
Al llegar a Aragón y Jacobo del Barco, Joaquín le preguntó si no lo acercaba de una vez a su casa, estando tan cerca, a lo que Mario respondió que no era necesario, pues el retorno se le complicaría con tantas eses que debía hacer para regresar a la vía principal. Joaquín no insistió.
Al bajar del carro, Mario caminó tranquilo, pues las calles aún estaban vacías. Sólo vio un almacén con las luces interiores encendidas, que abría al público a las 5.30 am. Miró su reloj: eran las 4.45 exactamente. Una cuadra y media más adelante, vio a dos sujetos que caminaban tambaleándose, como si estuvieran ebrios o “pasados”. Uno de ellos tenía rota la nariz, que manaba sangre profusamente, y el otro le reprochaba algo que Mario no alcanzó a descifrar.
Faltaba poco para llegar a su casa, realmente poco, cuando observó, a unos pasos de donde él estaba, una pareja dándose besos apasionados en la banca de la parada del bus. Sucedió en pocos segundos, los suficientes para que Mario reaccionara, pero no los requeridos para que razonara, al notar que era su esposa la mujer que daba besos apasionados, como nunca se los había dado a él, al extraño que le tocaba los muslos y más arriba frenéticamente. Entonces, en un arranque de ira, atinó a abalanzarse sobre el desconocido, pero sin gritar, cosa que sí hizo María cuando vio que su nuevo novio enterraba la navaja en el pecho de Mario. Luego, en un episodio de razón, alcanzó a quitar al marido agonizante el reloj y la billetera, y entregárselos al amante al tiempo que le decía: “¡Puñetas!, ¡Vete!, que esto ya es asunto mío”, y tras desaparecer él por una calle aneja, María terminó de enterrar la navaja en el pecho del marido que aún le miraba sin articular palabra, con una mueca de incredulidad más que de dolor, antes de dejar caer su cuerpo aún tibio de bruces sobre la acera, y gritar por segunda vez pidiendo auxilio en medio de sollozos, y señalar el lugar por el que se fueron los asesinos de su esposo a los primeros vecinos que se acercaron a socorrerla.
lunes, 7 de septiembre de 2009
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