La llamada de Rosalía le sobresaltó temprano en la mañana, dejándole la duda traicionera de si sería parte de un sueño o una verdad improbable el que lo requiriera aquel día para atender su jardín. Su respuesta se limitó a asegurar que estaría allá a partir de las tres de la tarde. Se vistió sin apuro, se lavó la cara en el baño para ver en el espejo el rostro rutinario, con los pelos escasos y siempre desordenados y la barba a medio crecer. Era su característica, y lo llenaba de orgullo. Él era uno de los pocos jardineros de piel trigueña en la ciudad, y su tono almendrado, que antes fuera motivo de algún suspiro eventual, se iba marchitando lentamente, llenándolo de más orgullo todavía. Había decidido, varios años atrás, tomar su decadencia con filosofía para no refugiarse en el alcohol ni terminar tendido en la Avenida del Poeta. Todo su patrimonio se reducía a su ropa, la cama, una radio casetera y una pila de novelas sobre la mesa que le servía de escritorio y comedor. Al lado de los libros tenía una lámpara pequeña, y cerca de ésta un trozo de tronco seco que había lijado y barnizado para afinarlo y utilizarlo como un adorno que contara de su pasión por las plantas. En una esquina de la habitación descansaba la cocinilla eléctrica en la cual preparaba su desayuno. Contaba con una clientela estable que le proveía habitualmente el almuerzo, y las pocas veces que cenaba lo hacía en la modesta pensión de la esquina. Así, su vida se reducía a lo estrictamente necesario y creía haber alcanzado la felicidad, o algo parecido a la felicidad. Para su muerte, había pedido a una familia amiga ocuparse de su entierro y recoger de la habitación que ocupaba sus pertenencias y, a excepción de sus libros, quemarlas todas y echarlo a él al olvido: sin obituario en el periódico, sin falsas tragedias. Él era un huérfano de la vida, y lo asimiló sin ningún drama.
El día que le llamó Rosalía debía terminar la poda de un árbol por la mañana, y era ése el motivo para no atenderla desde aquel momento como le hubiese gustado. El principio de invierno le traía siempre más trabajo del habitual, y se había convertido en una rutina estacionaria. Aquello, sin embargo, no impedía que notara algunas cosas que cambiaban para todos. Él también sentía la insensibilidad de la edad adulta y la brevedad del tiempo que implicaba el esclavismo y sumisión del hombre al reloj. “Pasados los treinta”, solía repetir medio en broma y medio en serio, “cada vez significa una vez por año”.
Conoció a Rosalía el verano último, y se sintió cautivado gradualmente por aquella sonrisa espontánea y esa mirada inocente, al extremo de haberse preguntado más de una vez cómo sería la vida a su lado. Pero le quedaba la certeza de que anochecería muchas veces y él tendría siempre más preguntas que respuestas.
Él no era un peligro, aunque algunos maridos se mostraran recelosos al dejarlo solo con su esposa y la empleada mientras iban a enredar más la burocracia orgánica con su tedio asalariado. Quizá nunca soltó los perros porque ningún marido le había comentado sobre sus atrasos en el cumplimiento de sus deberes conyugales, tal como lo había leído en un ensayo de Walter Chávez sobre la todología y el jardinero. Rosalía había enviudado unos cuantos años antes “para empezar a vivir tranquila” como se lo había dicho, medio en broma y medio en serio, una tarde que le invitó a compartir una taza de café en la cocina. Ninguno de los dos había insinuado al otro la posibilidad de un romance o algo que se le pareciera. Sin embargo, a él le gustaba soñar con despertar junto a ella y hallar en la mesita de noche un vaso con una rosa roja cortada al amanecer. Rosalía le llevaba encima casi veinte años, y él se sentía disminuido al no poder remediar la impresión que le causaría si algún día osaba decirle que él no ansiaba más que cuidar en exclusiva el jardín de ella por el resto de su vida.
Después de desayunar se puso encima la gabardina de cuero. Esta, acompañada por los botines de media caña, el jean negro y la camisa roja a cuadros le daba la apariencia de un Miguel Northfuster nativo, y ese pensamiento, a veces, le causaba risa ante el espejo. Sin embargo, llegando a la casa donde debía trabajar sufría una metamorfosis al encapsularse en el overol color verde petróleo para comenzar el trabajo que más le había gustado y en el cual permanecía ya casi diez años.
Durante toda la mañana, e incluso al comer en la casa donde trabajaba aquel día, sólo pensaba en Rosalía. El trabajo lo había hecho mecánicamente, sin disfrutado como era su costumbre, mientras sentía la ansiedad devorándole las entrañas. Camino a casa de ella, le invadió un nerviosismo que lo petrificaba, y pudo sentir la angustia a flor de piel en el momento de pulsar el timbre y todavía más al tenerla frente a sí saludándolo cordialmente, como era su costumbre. Ella le indicó lo que debía hacer durante aquellos días. Él asintió en silencio, preguntando lo indispensable y temblando en cada bocanada de aire. Aquel día, sin saber por qué, al ponerse de cuclillas para ver las hojas de un arbusto en desarrollo se sintió como parte de la tierra, como una semilla pródiga que volvía al regazo de su madre, y aquello le gustó. Desde ahí, por un accidente de la vida, vio cómo Rosalía se desplazaba dentro de la casa, acomodando rosas amarillas sobre un aparador de la sala. No supo por qué, pero aquella escena le recordó los comentarios de García Márquez sobre la importancia de tener cerca esas flores para concentrarse en su creatividad literaria. Sonrió, y continuó trabajando.
Los dos siguientes días los consagró a trabajar no para ella, sino para sí mismo, contento con la vida por tenerla cerca, aunque consciente de que dejaría de verla los próximos tres o cuatro meses. Ella le invitó todas aquellas tardes a acompañarla tomando el té. Vivía sola, o casi sola Una ahijada suya aún la visitaba todas las tardes después de las seis, y cuando él se retiraba de la casa alguna vez la saludaba.
Rosalía le comentaba, —mientras tomaban el té y escuchaban música de antes— sobre sus impresiones, sus temores, sus inquietudes y las cosas que le había tocado vivir. Alguna vez intercambiaban puntos de vista sobre los lugares que habían conocido en común, sin proponérselo, y sobre las novelas que compartieron sin saberlo. Alguna vez le comentó sobre Paulo Coelho, y él declaró conocer muy poco de ese escritor. Pero pudieron entenderse muy bien en lo que a García Márquez se refería. Él insistía en relacionarla en su interior con la diosa coronada de Florentino Ariza, pero sólo la tarde del último día se lo dijo, entre un rubor petrificado y un miedo visceral. En realidad había utilizado palabras preconcebidas, de las que no le gustaba utilizar por considerarlas muy trilladas: le dijo que era linda y que le gustaba. Todo el discurso que había elaborado mentalmente la noche anterior se fue por la alcantarilla ante el nerviosismo que le invadía por completo. Ella calló primero, y luego repuso, no muy convencida de lo que decía, que entre ellos no podría haber nada; él asintió, porque creía que una mujer así era inalcanzable para él.
Salieron al jardín. Él se quedó acomodando sus herramientas, mientras Rosalía volvió a la cocina. Luego le miró desde dentro. Sintió dentro de sí un poco de lástima por él. “Pobre hombre”, dijo con un suspiro, mientras corría la cortina. También se sentía nerviosa, aunque sólo lo manifestara con sus orejas enrojecidas. Cerca de las cinco, con el trabajo ya concluido y las herramientas en orden, él se lavó las manos y la cara en el grifo de la lavandería. Antes de irse, en un asalto de su niño interior aprisionado, se montó en el columpio que Rosalía tenía en el patio. Ella le miró desde la puerta de la sala, sonrió, y quiso participar del juego. Terminaron riendo mientras se empujaban alternativamente, y en un abrazo más infantil que apasionado se fundieron sin palabras, sin preguntas, sin suspiros. Ella insistió: nada podría pasar entre ellos, y él le dijo con voz entrecortada que tenía razón. Compartieron un beso tímido, restringido, y él cerró los ojos. No le hizo ninguna promesa, no le hizo ninguna pregunta. Prefirió extasiarse en aquel maravilloso minuto. Se sintió humano después de mucho tiempo. Rosalía rompió el silencio con un solo comentario, el más preciso: “cada hombre debería tener una sola mujer y cada mujer un solo hombre, hasta la muerte”.
Él continuaba en silencio, con los ojos cerrados. Los cerró tan fuerte que le dolieron los párpados. Pero no era un dolor desagradable, sino placentero, que le afirmaba a la tierra y provocaba que se sintiera ansioso de una libertad prolongada con coloración azul. Sintió la respiración de Rosalía, y ella le abrazó más fuerte.
Quería suponer eterno aquel sueño, pero sabía que debía abrir los ojos y despertar. Al fin, cuando su respiración se había normalizado y no sentía ya a su lado el cuerpo de Rosalía, abrió los ojos y despertó. Encontró junto a sí una almohada aún tibia, y en la mesita de noche un vaso con agua en el que despertaba una rosa roja cortada al amanecer.
jueves, 27 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario