domingo, 27 de septiembre de 2009

Acerca del servicio de bus articulado

Abraham Omonte Rivero
En una de mis búsquedas diarias de noticias, me enteré que hace unas semanas inició sus operaciones un bus articulado entre las ciudades de La Paz y El Alto, como iniciativa privada de un ciudadano interesado en el desarrollo del país. Otros conductores del servicio Expresso tienen interés en adquirir nuevas unidades de segunda mano, provenientes de Suiza. Leyendo otros detalles, también me enteré que, como no podía ser de otra manera, la gente que gusta de vivir en el siglo IV y medio ya reaccionó.
Radico hace menos de un año en Quito, Ecuador, y acá el servicio lleva ya alrededor de 15 años. Entonces era alcalde Jamil Mahuad, quien posteriormente fue electo presidente de la República. Más allá de evaluar la gestión completa de dicho burgomaestre, considero que ésta fue una de sus más importantes iniciativas. Hoy, existen tres sistemas de buses articulados, que transportan alrededor de 9.000 pasajeros por hora cada uno. La ciudad tiene alrededor de dos millones de habitantes, y se constituye en el medio de transporte más apropiado para una ciudad en expansión. Las vías estrechas del centro histórico no son un obstáculo para estos buses, tampoco las vías empinadas que, si bien no tienen las pendientes de ciertas calles paceñas, no representan una gran dificultad. En un inicio, desde luego, hubo resistencia de la población, y especialmente del servicio de transporte, pero hoy, década y media después, se constituye en un referente importante para el país.
Recién hace dos o tres gestiones se pudo aplicar el mismo servicio en la costeña ciudad de Guayaquil, con los consabidos cambios y disputas, pues no todo el mundo estará de acuerdo con iniciativas semejantes a ésta. Lima, una de las ciudades más grandes del continente, recién implanta este servicio desde 2008 (ignoro si ya operan los buses en cuestión, pero al menos sí había un proyecto aprobado en agosto de la pasada gestión). Bogotá posee un servicio con certificación de las Naciones Unidas por su calidad ambiental, y es pionera en este rubro.
La modernidad del transporte urbano no significa sólo tener “buses más cómodos y bonitos”, sino principalmente por la inteligente gestión del espacio público. No es para nadie desconocido que La Paz se caracteriza por ser una ciudad poco cómoda o con la que la gente se sienta muy contenta. Otro tanto sucede con El Alto, y ni qué decir de aquellas urbes que todavía carecen de gran parte de los servicios básicos, la infraestructura y equipamiento mínimo para estar a la par de otros importantes conglomerados. El servicio de transporte de los minibuses tuvo su época de gloria, y fue una gran ayuda, especialmente para los barrios marginales, pero su fin está a punto de llegar. Es hora de dar paso al siglo XXI. La tesis usual y bastante gastada es que los conductores “se quedarán sin fuentes de empleo”, viejo argumento que siempre nos va postergando, ignorando o queriendo ignorar que cuando una persona se queda sin trabajo, con seguridad generará una nueva estrategia para sobrevivir. De hambre no moriremos, eso lo comprobamos durante décadas.
El sistema de bus articulado no se queda en el transporte, sino que existen otros servicios conexos, todos muy importantes, como la seguridad, la limpieza, e incluso el traslado de pasajeros a las estaciones, que acá se denominan alimentadores (buses privados con rutas definidas que llevan a los pasajeros a las principales estaciones). Los mismos transportistas podrían cubrir esos u otros servicios necesarios. Todo es cuestión de saber negociar, a fin de que todos salgamos ganando, y no sólo unos cuantos, como siempre fue. Lo que vi y aprendí conversando con los ciudadanos que utilizan el servicio, no es que el transporte privado haya desaparecido, sino que se transformó.
Algo que me llamó la atención al leer las noticias de Bolivia, es que se tenga la intención de traer los buses de Suiza, de segunda mano, por un costo de $us 40.000. Evidentemente, el precio resulta ventajoso, si los comparamos con los alrededor de $us 200.000 que costaría uno ensamblado en Colombia, pero si se tratara de un proyecto municipal, que involucre también al sector privado, sin duda resultaría altamente beneficioso tanto para el municipio como para la ciudadanía.
La construcción de las estaciones o paradas intermedias donde bajarían y subirían los pasajeros, sin duda también acarrearía un importante movimiento económico, no sólo por la mano de obra que demandaría, sino también por las fuentes de trabajo que generaría para los operadores, así como el personal de limpieza y seguridad. Ni qué decir de los infaltables comerciantes minoristas, toque de pincel que forma parte del variopinto paisaje urbano.
De concretarse esta feliz iniciativa en la principal urbe boliviana, creo que las avenidas más apropiadas por las cuales podrían circular son la Mcal. Santa Cruz (barriendo, de paso, con tanto minibús que sólo asfixia la ciudad), y otras vías similares como la Buenos Aires, Sucre, Tejada Sorzano y también la Av. Busch.
Hace años hubo una iniciativa municipal de construir el tren elevado. Hubo oposición de los representantes del transporte sindicalizado (los bolivianos somos especialistas para oponernos al cambio, la modernidad, el desarrollo, y también expertos en reclamar por la postración en que vivimos). El servicio de buses articulados también tendrá sus obstáculos a superar, pero con el apoyo decidido de la ciudadanía, se daría un importante salto cualitativo, pero las primeras informadas, no aparentemente, sino realmente informadas, deberán ser las autoridades municipales.

lunes, 7 de septiembre de 2009

ELABORACIÓN TESIS DE GRADO DERECHO, ADMINISTRACIÓN, OTRAS RAMAS

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Cruz de navajas

Leticia dejó el ejemplar del diario sobre la cama. No había terminado de leer los titulares de la primera plana, pues acababan de llamarla los compañeros del grupo diciendo que adelantaban el viaje para las 10 de esa mañana. Fue una decisión algo arrebatada, pero las razones eran simples: si llegaban antes de las seis de la tarde a su destino, tendrían oportunidad de asistir a la explosión de pirotecnia anunciada para esa noche. Se bañó y vistió a las volandas, segura de llegar tarde de todos modos, pues ya eran casi las 9.30. “Ellos tienen la culpa, yo les he insistido para salir temprano, pero los gilipollas me decían que no”, se excusaba ante sí misma. Le invadió el alivio de haber tenido listas las maletas desde la noche anterior. Durante los últimos años como reportera, se había acostumbrado a despertar a cualquier hora tempranera, frecuentemente antes de que cantaran los gallos si los tuvieran en el vecindario, y también acostarse a cualquier hora. Pero éstas eran sus vacaciones, y había logrado reunir una buena porción del grupo de la secundaria, muchos de los cuales vería después de casi dos décadas. “¡Mierda! ¡Cómo vuela el tiempo!” se dijo a sí misma, mientras reparaba en el detalle del “casi”. No terminó de secarse el cabello, sino que lo peinó lo mejor que pudo con sus dedos, y cogió las dos maletas en una contorsión algo incómoda, y fue sólo cuando se disponía a cerrar su habitación que reparó en uno de los titulares del periódico, en la última plana del primer cuerpo, asomado tímidamente bajo la otra mitad doblada, en un recuadro apenas perceptible, pero que le impactó como un golpe en la frente: “Víctima de dos drogadictos ansiosos fue identificada como Mario Postigo”, lo cual la hizo dejar, sin pensarlo, sin sentirlo, sus maletas al pie de la puerta. Volvió sobre sus pasos, y levantó el ejemplar del periódico, para leer la nota.
Era breve, y señalaba sólo lo previsible: poco antes de las cinco de la mañana, Mario llegaba a casa de una de sus habituales jornadas dobles de trabajo, cuando debía reportar las existencias de la importadora donde trabajaba, y precisamente en ese momento María, su esposa, salía a hacer las compras para el desayuno, cuando lo abordaron dos drogadictos, y a punta de navaja le arrebataron el reloj y la billetera. Mario se resistió, y uno de los drogadictos lo apuñaló, por lo que se desangró en el acto. María alcanzó a ver esa escena, y sus gritos alertaron a los pocos vecinos que transitaban a esa hora, habiendo capturado a las pocas cuadras a los drogadictos, que tenían sangre en los pantalones y las botas, uno de ellos con la nariz fracturada por los golpes en su defensa que le había propinado Mario. La noticia no tenía fotografías ni de la víctima ni del lugar de los hechos, pero Leticia pudo imaginar la escena, que tantas veces había visto en su ejercicio diario de la profesión que había abrazado quince años atrás.
En ese momento supo que demoraría para reunirse con el grupo. Había olvidado cuándo fue la última vez que vio a Mario, pero de eso serían mínimo cinco años, según se puso a hacer cuentas. Resultó uno de esos contrariados amores de uno solo, donde Mario había alimentado una ilusión sin que ella participara. Siempre le pareció algo extraño, bastante retraído y para nada buen mozo. No era alguien a quien ella hubiera visto como pareja, y tuvieron una relación bastante complicada, incluso sin sexo ni pasión. Él dejó de verla, y a ella no le afectó mucho esa decisión, pues no era demasiado lo que podía obtener de su compañía, pero no pudo evitar sentir lástima por Mario.
Sin embargo, esa lástima duró sólo cinco minutos, pues había esperado tanto ese viaje, que no lo postergaría por nada del mundo. Dobló el periódico, lo guardó en su cartera, y retomó sus pasos rumbo al punto de reunión con el grupo.
En ese mismo momento, Mario era velado en su casa, y ya su viuda había resuelto todo para el entierro, que sería esa misma tarde. En su rostro no se advertía ni una lágrima, pero su expresión era la de estupor. Había pocas personas acompañándola, todas familiares o vecinas. Los compañeros de Mario irían directamente a la misa en el Cementerio, pues los propietarios de la importadora donde trabajaba eran rígidos en estos asuntos, más si estaban a fin de mes y se debían entregar los balances en forma oportuna, por lo cual sólo uno de ellos, Joaquín, se acercó para darle sus condolencias, algo tarde la noche anterior.
Cuando fue, declaró su incredulidad al enterarse la noticia, pues sólo unos minutos antes del asalto se habían despedido en la esquina de Jacabo del Barco y Aragón. Mario decidió completar el trayecto que le faltaba para llegar a su casa caminando, apenas dos cuadras y media, por lo que Joaquín no insistió, en la certeza de que estaría seguro en esa nada que le restaba.
Mario era de pocas palabras, pero se podía congeniar fácilmente con él, y con Joaquín había llegado a tener una amistad franca y directa, libre de complicaciones y carente de complicidad. Con él y sólo con él se podía permitir un favor cualquiera, y esa madrugada le había pedido, cuando terminaron de hacer el inventario de mercaderías recién llegadas, el aventón a su casa, o lo más cerca posible, pues su viejo Camaro estaba otra vez en reparación. Lo habitual era que llegara a su casa pasadas las 7 pm, pero de vez en cuando lo hacía pasadas las 11, y no era raro que llegara al amanecer los fines de mes, sobre todo cuando llegaban nuevos lotes de puerto y había que inventariarlos, como había sucedido en esta oportunidad. En esas circunstancias, solía llegar agotado a su casa, encontraba a María media desnuda o recién cambiada, poco dispuesta a dialogar, y menos dispuesta a ser amada sin amar, pero intercambiaban los rituales saludos, a veces tomaban juntos el café o bien le dejaba el suyo, antes de ir a su trabajo, en una tienda de venta de ropa.
Durante la noche, al margen de las tareas habituales de registro y verificación, intercambiaron algunas anécdotas de anteriores trabajos, anteriores parejas, anteriores sueños y frustraciones. Mario confió que no se explicaba aún cómo no se había animado nunca a cruzar la frontera, estando a menos de cinco horas por carretera, después que Joaquín le comentara sobre sus últimas vacaciones, cuando había cruzado de sur a norte el vecino país en su todo terreno japonés en menos de una semana.
Mario le comentó entre líneas acerca de una de sus mayores frustraciones en la vida amorosa, con una periodista que le movió el piso, y sobre cuya obesidad categoría 1 no había reparado, sino hasta bien entrado su enamoramiento, pero que eso no le impidió seguir pensando en ella. “Ahora, cuando pienso en el asunto, se me revuelven los intestinos”, le comentó. Joaquín sólo frunció el entrecejo, pues a él sí le gustaban las mujeres “con mucha carne para amar”, pero prefirió no decírselo, para no iniciar una discusión inútil.
Ya eran más de las 4 am cuando terminaron las labores, y Mario le comentó que los frenos de su querido carro habían estado fallando últimamente, por lo que le pidió el aventón a su casa. “O bien podéis dejarme sobre Aragón, que me queda a dos trancos”, le pidió, en su enrevesada forma de expresarse. Cuando corrían sobre la vía despejada a esa hora, veían las puntas de las carabelas en su muelle, y Mario recordó en voz alta la pelea que tuvo con Fonseca en una de las carabelas, 15 años atrás, por un pitido de caballo, comentando además que no entendía cómo ese mequetrefe, que nunca cargaba más de un duro encima, hubiera trepado hasta la gerencia de la importadora.
Al llegar a Aragón y Jacobo del Barco, Joaquín le preguntó si no lo acercaba de una vez a su casa, estando tan cerca, a lo que Mario respondió que no era necesario, pues el retorno se le complicaría con tantas eses que debía hacer para regresar a la vía principal. Joaquín no insistió.
Al bajar del carro, Mario caminó tranquilo, pues las calles aún estaban vacías. Sólo vio un almacén con las luces interiores encendidas, que abría al público a las 5.30 am. Miró su reloj: eran las 4.45 exactamente. Una cuadra y media más adelante, vio a dos sujetos que caminaban tambaleándose, como si estuvieran ebrios o “pasados”. Uno de ellos tenía rota la nariz, que manaba sangre profusamente, y el otro le reprochaba algo que Mario no alcanzó a descifrar.
Faltaba poco para llegar a su casa, realmente poco, cuando observó, a unos pasos de donde él estaba, una pareja dándose besos apasionados en la banca de la parada del bus. Sucedió en pocos segundos, los suficientes para que Mario reaccionara, pero no los requeridos para que razonara, al notar que era su esposa la mujer que daba besos apasionados, como nunca se los había dado a él, al extraño que le tocaba los muslos y más arriba frenéticamente. Entonces, en un arranque de ira, atinó a abalanzarse sobre el desconocido, pero sin gritar, cosa que sí hizo María cuando vio que su nuevo novio enterraba la navaja en el pecho de Mario. Luego, en un episodio de razón, alcanzó a quitar al marido agonizante el reloj y la billetera, y entregárselos al amante al tiempo que le decía: “¡Puñetas!, ¡Vete!, que esto ya es asunto mío”, y tras desaparecer él por una calle aneja, María terminó de enterrar la navaja en el pecho del marido que aún le miraba sin articular palabra, con una mueca de incredulidad más que de dolor, antes de dejar caer su cuerpo aún tibio de bruces sobre la acera, y gritar por segunda vez pidiendo auxilio en medio de sollozos, y señalar el lugar por el que se fueron los asesinos de su esposo a los primeros vecinos que se acercaron a socorrerla.

jueves, 27 de agosto de 2009

Una mañana después

La llamada de Rosalía le sobresaltó temprano en la mañana, dejándole la duda traicionera de si sería parte de un sueño o una verdad improbable el que lo requiriera aquel día para atender su jardín. Su respuesta se limitó a asegurar que estaría allá a partir de las tres de la tarde. Se vistió sin apuro, se lavó la cara en el baño para ver en el espejo el rostro rutinario, con los pelos escasos y siempre desordenados y la barba a medio crecer. Era su característica, y lo llenaba de orgullo. Él era uno de los pocos jardineros de piel trigueña en la ciudad, y su tono almendrado, que antes fuera motivo de algún suspiro eventual, se iba marchitando lentamente, llenándolo de más orgullo todavía. Había decidido, varios años atrás, tomar su decadencia con filosofía para no refugiarse en el alcohol ni terminar tendido en la Avenida del Poeta. Todo su patrimonio se reducía a su ropa, la cama, una radio casetera y una pila de novelas sobre la mesa que le servía de escritorio y comedor. Al lado de los libros tenía una lámpara pequeña, y cerca de ésta un trozo de tronco seco que había lijado y barnizado para afinarlo y utilizarlo como un adorno que contara de su pasión por las plantas. En una esquina de la habitación descansaba la cocinilla eléctrica en la cual preparaba su desayuno. Contaba con una clientela estable que le proveía habitualmente el almuerzo, y las pocas veces que cenaba lo hacía en la modesta pensión de la esquina. Así, su vida se reducía a lo estrictamente necesario y creía haber alcanzado la felicidad, o algo parecido a la felicidad. Para su muerte, había pedido a una familia amiga ocuparse de su entierro y recoger de la habitación que ocupaba sus pertenencias y, a excepción de sus libros, quemarlas todas y echarlo a él al olvido: sin obituario en el periódico, sin falsas tragedias. Él era un huérfano de la vida, y lo asimiló sin ningún drama.
El día que le llamó Rosalía debía terminar la poda de un árbol por la mañana, y era ése el motivo para no atenderla desde aquel momento como le hubiese gustado. El principio de invierno le traía siempre más trabajo del habitual, y se había convertido en una rutina estacionaria. Aquello, sin embargo, no impedía que notara algunas cosas que cambiaban para todos. Él también sentía la insensibilidad de la edad adulta y la brevedad del tiempo que implicaba el esclavismo y sumisión del hombre al reloj. “Pasados los treinta”, solía repetir medio en broma y medio en serio, “cada vez significa una vez por año”.
Conoció a Rosalía el verano último, y se sintió cautivado gradualmente por aquella sonrisa espontánea y esa mirada inocente, al extremo de haberse preguntado más de una vez cómo sería la vida a su lado. Pero le quedaba la certeza de que anochecería muchas veces y él tendría siempre más preguntas que respuestas.
Él no era un peligro, aunque algunos maridos se mostraran recelosos al dejarlo solo con su esposa y la empleada mientras iban a enredar más la burocracia orgánica con su tedio asalariado. Quizá nunca soltó los perros porque ningún marido le había comentado sobre sus atrasos en el cumplimiento de sus deberes conyugales, tal como lo había leído en un ensayo de Walter Chávez sobre la todología y el jardinero. Rosalía había enviudado unos cuantos años antes “para empezar a vivir tranquila” como se lo había dicho, medio en broma y medio en serio, una tarde que le invitó a compartir una taza de café en la cocina. Ninguno de los dos había insinuado al otro la posibilidad de un romance o algo que se le pareciera. Sin embargo, a él le gustaba soñar con despertar junto a ella y hallar en la mesita de noche un vaso con una rosa roja cortada al amanecer. Rosalía le llevaba encima casi veinte años, y él se sentía disminuido al no poder remediar la impresión que le causaría si algún día osaba decirle que él no ansiaba más que cuidar en exclusiva el jardín de ella por el resto de su vida.
Después de desayunar se puso encima la gabardina de cuero. Esta, acompañada por los botines de media caña, el jean negro y la camisa roja a cuadros le daba la apariencia de un Miguel Northfuster nativo, y ese pensamiento, a veces, le causaba risa ante el espejo. Sin embargo, llegando a la casa donde debía trabajar sufría una metamorfosis al encapsularse en el overol color verde petróleo para comenzar el trabajo que más le había gustado y en el cual permanecía ya casi diez años.
Durante toda la mañana, e incluso al comer en la casa donde trabajaba aquel día, sólo pensaba en Rosalía. El trabajo lo había hecho mecánicamente, sin disfrutado como era su costumbre, mientras sentía la ansiedad devorándole las entrañas. Camino a casa de ella, le invadió un nerviosismo que lo petrificaba, y pudo sentir la angustia a flor de piel en el momento de pulsar el timbre y todavía más al tenerla frente a sí saludándolo cordialmente, como era su costumbre. Ella le indicó lo que debía hacer durante aquellos días. Él asintió en silencio, preguntando lo indispensable y temblando en cada bocanada de aire. Aquel día, sin saber por qué, al ponerse de cuclillas para ver las hojas de un arbusto en desarrollo se sintió como parte de la tierra, como una semilla pródiga que volvía al regazo de su madre, y aquello le gustó. Desde ahí, por un accidente de la vida, vio cómo Rosalía se desplazaba dentro de la casa, acomodando rosas amarillas sobre un aparador de la sala. No supo por qué, pero aquella escena le recordó los comentarios de García Márquez sobre la importancia de tener cerca esas flores para concentrarse en su creatividad literaria. Sonrió, y continuó trabajando.
Los dos siguientes días los consagró a trabajar no para ella, sino para sí mismo, contento con la vida por tenerla cerca, aunque consciente de que dejaría de verla los próximos tres o cuatro meses. Ella le invitó todas aquellas tardes a acompañarla tomando el té. Vivía sola, o casi sola Una ahijada suya aún la visitaba todas las tardes después de las seis, y cuando él se retiraba de la casa alguna vez la saludaba.
Rosalía le comentaba, —mientras tomaban el té y escuchaban música de antes— sobre sus impresiones, sus temores, sus inquietudes y las cosas que le había tocado vivir. Alguna vez intercambiaban puntos de vista sobre los lugares que habían conocido en común, sin proponérselo, y sobre las novelas que compartieron sin saberlo. Alguna vez le comentó sobre Paulo Coelho, y él declaró conocer muy poco de ese escritor. Pero pudieron entenderse muy bien en lo que a García Márquez se refería. Él insistía en relacionarla en su interior con la diosa coronada de Florentino Ariza, pero sólo la tarde del último día se lo dijo, entre un rubor petrificado y un miedo visceral. En realidad había utilizado palabras preconcebidas, de las que no le gustaba utilizar por considerarlas muy trilladas: le dijo que era linda y que le gustaba. Todo el discurso que había elaborado mentalmente la noche anterior se fue por la alcantarilla ante el nerviosismo que le invadía por completo. Ella calló primero, y luego repuso, no muy convencida de lo que decía, que entre ellos no podría haber nada; él asintió, porque creía que una mujer así era inalcanzable para él.
Salieron al jardín. Él se quedó acomodando sus herramientas, mientras Rosalía volvió a la cocina. Luego le miró desde dentro. Sintió dentro de sí un poco de lástima por él. “Pobre hombre”, dijo con un suspiro, mientras corría la cortina. También se sentía nerviosa, aunque sólo lo manifestara con sus orejas enrojecidas. Cerca de las cinco, con el trabajo ya concluido y las herramientas en orden, él se lavó las manos y la cara en el grifo de la lavandería. Antes de irse, en un asalto de su niño interior aprisionado, se montó en el columpio que Rosalía tenía en el patio. Ella le miró desde la puerta de la sala, sonrió, y quiso participar del juego. Terminaron riendo mientras se empujaban alternativamente, y en un abrazo más infantil que apasionado se fundieron sin palabras, sin preguntas, sin suspiros. Ella insistió: nada podría pasar entre ellos, y él le dijo con voz entrecortada que tenía razón. Compartieron un beso tímido, restringido, y él cerró los ojos. No le hizo ninguna promesa, no le hizo ninguna pregunta. Prefirió extasiarse en aquel maravilloso minuto. Se sintió humano después de mucho tiempo. Rosalía rompió el silencio con un solo comentario, el más preciso: “cada hombre debería tener una sola mujer y cada mujer un solo hombre, hasta la muerte”.
Él continuaba en silencio, con los ojos cerrados. Los cerró tan fuerte que le dolieron los párpados. Pero no era un dolor desagradable, sino placentero, que le afirmaba a la tierra y provocaba que se sintiera ansioso de una libertad prolongada con coloración azul. Sintió la respiración de Rosalía, y ella le abrazó más fuerte.
Quería suponer eterno aquel sueño, pero sabía que debía abrir los ojos y despertar. Al fin, cuando su respiración se había normalizado y no sentía ya a su lado el cuerpo de Rosalía, abrió los ojos y despertó. Encontró junto a sí una almohada aún tibia, y en la mesita de noche un vaso con agua en el que despertaba una rosa roja cortada al amanecer.

Felicidad perdida

Hola:
Leí el título que le doy a esta carta hace más de cuarenta años, cuando iba a cumplir treinta, en el cuento de un autor francés cuyo nombre no recuerdo. No sé lo que entonces sentí al leer por primera vez aquel relato, pero estoy seguro de no haber imaginado que un día distante recurriría a él para escribirte una carta, seguramente la última que escriba en mi vida. Y es que nada resume mejor la situación que hoy vivo que el título escogido a esa narración breve. Me gustaría contarte hoy aquella historia, pero las escenas, los personajes y el argumento mismo se tornaron difusos con el transcurso de los años. Pero sabré sacar el mejor provecho de aquellas líneas enredadas en el tiempo.
Hoy estás lejos, en tu ciudad natal ¿o soy yo el lejano?, y pienso, una vez más como todos los días, en ti, en tu sonrisa, la ternura de tu mirada, y en lo maravilloso que fue verte llegar a mi vida. Sobre mí, te confieso que no sé cómo me mantengo en pie, pero esa incertidumbre queda compensada con no haber caído cuando debía. Cualquiera hubiera jurado (incluso yo) que no duraría ni tres años cuando me diagnosticaron aquella enfermedad, y mírame ahora: ni siquiera estoy seguro de que la muerte golpee mi puerta esta noche o mañana. De todos modos, sé que no duraré mucho a partir de hoy. Recuerdo (porque hoy sólo me quedan los recuerdos) que tú me acompañaste el día aquél que me comunicaron sobre la enfermedad que padecía. Mi mundo se desmoronó aquella vez, y noté en tu semblante una sensación similar. Pero me sentí feliz por tenerte cerca, pues sé que tú, pese a todo, también lo eras a mi lado.
Entonces, tanto tú como yo desahuciamos este cuerpo al que aún le quedaba un poco de juventud, y ahora mírame: más de cuarenta años después, con la certeza de que uno no se muere cuando quiere o se lo ordenan, sino cuando puede. Hace algunos días fui al entierro del único médico que sobrevivió a la junta que decretó mi muerte inminente. Lo hice por curiosidad. No le guardo rencor. Ni a ninguno de los otros. Quizá la situación formada a partir de aquel instante posibilitó que yo comprobara, cuatro décadas después, la verdadera dimensión de mis sentimientos hacia ti.
Después de aquella experiencia, no mucho después, te casaste. Nunca más hablamos de lo nuestro, de lo que nunca pudo ser. Hace unos años me enteré de tu viudez. No me alegró. Supuse que sufrías en aquel instante. Entonces, como hoy, te escribí una carta, que te envío con ésta y todas las que no me animé a hacerte llegar en su momento. También están las postales recolectadas a lo largo de estos años, los pocos cuentos que escribí y un álbum fotográfico con distintos momentos de mi vida sin ti. Por las fotos notarás los cambios que atravesé, sobre los que no vale la pena entrar en detalles.
Son muchas cosas las que quisiera decirte, pero confío en que al leer todo lo acumulado en este tiempo te diré mucho de lo que necesito hacerte saber. Principalmente, que me alegra que sigas viva, y que espero me sobrevivas algún tiempo más, para que sepas lo que viví estos años sin el calor de tu cariño. Y no lo digo en tono de reproche. ¿Qué podría reprocharte a ti, alegría de mi vida? Sólo lo digo para compartir todo lo que no pude contigo en estas cuatro décadas y fracción de vemos tan poco. Me alegró mucho el día que hiciste ese viaje que tanto deseabas. Me alegró mucho más que volvieras. Lo que no me alegró fue el día que te casaste, pero ¿qué te obligaba a cumplir esa promesa que te hiciste un día y acerca de la cual me comentaste en cierta ocasión? El que tú fueras feliz escogiendo al más digno es motivo suficiente para que no guardara rencor ni me inundara la amargura, aunque, debo reconocerlo, desde entonces me sentí más derrotado.
Tu estado marital no impidió que a lo largo de estos años pensara en ti con una intensidad renovada, aunque no aniquiladora. Cada uno de los instantes que dedico a tu nombre o tu mirar en el día me renuevan el deseo de vivir y me ayudan a soportar mejor las tareas que tengo pendientes. Aún conservo la fotografía que me regalaste, la que te pedí… ¿la recuerdas? Con el paso de los años el papel perdió su brillo, pero no pasó lo mismo con tu mirada, que continúa iluminando mis momentos grises. Y cuando te veía en la calle, cada vez con menos juventud, fue afianzándose más la certeza de que el paso de los años no hacía sino ahondar mis sentimientos hacia ti, pues no era tu cuerpo lo que más anhelaba, sino tu preciosa compañía, y ésa era una sensación que jamás había experimentado antes ni lo haría después.
Sin embargo, no puedo ocultar el hecho de haber deseado el verano de tu piel. Más de una vez te imaginé a mi lado, luego de una noche de amores agitados, contemplándote extasiado. Desde siempre, pude adivinar la imperfección de tu cuerpo, incluso sin necesidad de desnudarte, y eso no hizo más que avivar mi deseo de fundir tu vida en la mía. Debo confesar, además, que lloré en las madrugadas aquellas que despertaba sin ti. Lo hice con una sinceridad que lava el alma, al tener conciencia cabal de que nunca serías mía. Pero también lloré con la felicidad de quien tocó el cielo por el solo hecho de amar a otro ser humano, sin condiciones, sin esperanzas.
Tú significaste un giro total en mi existencia. Contigo aprendí que el amor debe ser incondicional, sin esperar retribución alguna, sin pedir nada a cambio. También aprendí que el amor es uno solo y dura para siempre, y que eso es independiente de que uno viva o no al lado del ser que es motivo de sus pasiones. Por eso espero, de veras, que hayas amado a tu esposo y él a ti como yo te amé toda mi vida desde que te conocí y aprendí a quererte. ¿Recuerdas que lamentaba no tener las palabras para expresar mis sentimientos? Con el transcurso del tiempo llegué a la conclusión de que éstas no son necesarias, pues basta demostrar con hechos cotidianos el maravilloso acto de amar. Espero habértelo demostrado, sin importunarte nunca, sin insistir en visitarte, no llamándote en las fechas especiales (que yo consideraba especiales), sin buscarte para vernos, sin siquiera detenerte cuando nos veíamos alguna vez, a más de aquel par de ocasiones en que nos encontramos, casualmente como siempre, y tomamos una tacita de café en el centro de esta empobrecida ciudad.
Las dos veces que compartimos unos minutos me pareció, como siempre, que la luz de tu presencia iluminaba mi deteriorada existencia, y fui feliz sin trámites de ninguna naturaleza, pues el momento mágico se daba con tenerte frente a mí, sin que cupiera un espacio para reparar en todo lo demás. Tus sonrisas, espontáneas y marginales, acompañaron aquel rito eterno de tenerte sin tocarte, el ansia sencilla de abrazarte y decirte cuánto habías anidado en mi.
Los dos días aquellos, distanciados entre sí por más de cinco años, fueron coincidentemente lluviosos, y pese a ello (o quizá precisamente por ello) fueron los más felices que tuve desde que nos separamos definitivamente sin más palabras que el formal “que te vaya bien”. En ambas ocasiones llegué a mi casa, me quité el abrigo, encendí el aparato musical en el que coloqué una añeja pieza de Miguel Bosé, esa que dice “Amiga”, y encendí un cigarrillo. Destapé una botella de Oporto que guardaba para ocasiones especiales, y a solas con tu recuerdo me bebí un trago único, glacial y sin embargo calurosamente afectivo, pues te había visto, había conversado contigo, compartido una taza de café y musitado para mis adentros cuánto me hacía feliz el solo hecho de verte. Eso era motivo suficiente para celebrar.
Repasé mentalmente los pocos pero intensos momentos de felicidad que me tocó vivir, y haciendo un recuento necesario, noté que la chispa de la vida no se había apagado. Comprobé, una vez más, que fuiste mi pasión mayor y la más abundante de todas. Así, recorrí extasiado ese paseo conmigo mismo, preguntándome si hallaría en la vida una dicha mayor que haberte conocido. Sospeché entonces, y el tiempo se encargó de confirmar aquella sospecha, que no sucedería nada que cubriera con el manto del olvido la dicha de haberte tenido en mi vida.
Si bien guardo en mi corazón ambos encuentros, dedico de manera especial amplios momentos de mi vida a rememorar el último. Por aquel entonces era ya un hombre maduro, con signos progresivos de la vejez que se avecinaba. Tú también ingresabas en una etapa de decadencia, pero la tuya te hacía brillar de una manera especial, así como el tiempo torna más apetitosa la fruta madura.
El ambiente en el cual compartimos aquellos momentos era tranquilo, uno de los muchos que curiosamente frotaron en el centro de esta decrépita ciudad antes de la gran crisis del humo en las ciudades. Si mal no recuerdo, ni siquiera existía una cortina musical, pero la lluvia era suficiente compañía. Conversamos sobre varios temas, y salió a relucir la pobreza compartida por cada vez más bolivianos, las calles cada vez más atestadas de niños mendigos y ladrones menores, contra la promesa de los sucesivos gobiernos que hipotecaron más el país y cuyos dirigentes indefectiblemente terminaban como embajadores de buena voluntad en algún país lejano. También tocamos el tema de la increíble evolución que tuvo la tecnología en las últimas décadas, a la par que se producía un atroz retroceso de la humanidad, en un mundo que ya no guarda espacio alguno para Dios ni religiones que lo representen, pues los católicos habían traicionado los Diez mandamientos, y los evangélicos el Sermón de la montaña. En ese intercambio de palabras no hubo espacio para las lágrimas, simplemente para el dolor por la miseria que se multiplicaba y cuyo único consuelo era la bajada en picada de los alquileres.
Me preguntaste entonces por mi hijo, y te respondí brevemente que estaba bien, que ya hacía otro curso de especialización en la vieja Roma y me hizo abuelo apenas dos años atrás. Dijiste que te alegraba mucho, y recibí tu mensaje con un asentimiento intrascendental, con la misma certeza de hoy de que nunca más volvería, pues allá encontraría una forma cómoda de ingresar en su propia decadencia.
Comentamos sobre el primer partido que ganaba la selección en el mundial de entonces, con seis jugadores nacionalizados. Y recordé, sin querer, cómo habías despertado en mí un nuevo interés por el fútbol un par de décadas atrás, cuando daba por descontado que volviera a interesarme esa actividad deportiva. Entonces sonreí, sin querer y sin amargura, recordando todas las aflicciones innecesarias que se fueron como un motivo más para justificar la existencia. Me preguntaste el por qué de mi sonrisa repentina, y te dije que no era nada, el recuerdo de un mal chiste, nada mas.
Nos despedimos como en los viejos tiempos. Nos dimos un abrazo que no hubiésemos querido ver deshacerse. Sentí que tú tampoco querías dejarme ir. Lo sentí en tu respiración cálida, en la firmeza con que aprisionaste mi cuello. Luego, subiste a un viejo bus, de aquellos que alguna vez fueron nuevos, y te despediste, como siempre, desde el último asiento. Y ahora que recuerdo aquel maravilloso momento, viene a mi mente otro regalo de la memoria igualmente dulce y que actúa como un lenitivo en mi vida: el del único beso que nos dimos en los labios. No tengo clara la fecha, pero estoy seguro de que fue cerca de una festividad católica: Navidad o Reyes, no estoy seguro. Aquel día llovía (como llovería en muchas de las ocasiones posteriores en que nos vimos o te vi en la calle) y tú me visitaste en la vieja oficina que ocupaba entonces. Nunca tuve la certeza, pero me quedó la impresión de que en realidad sólo querías cobijarte de las persistentes gotas de agua que empezaron a caer minutos atrás, que en realidad no querías verme. Sea como fuere, hablamos sobre temas sin importancia. Me dijiste que te gustó el relato que compuse entonces contigo como protagonista (y que fue el último que publiqué en un periódico, pues desde entonces sólo escribo para ti, aunque nunca más te hiciera llegar un escrito mío). Yo te di un agradecimiento apenas motivado. Luego aseguraste que no entendías las variaciones del tiempo. La lluvia amenazaba con caer en forma más densa, y tuve la certeza, así como hoy, de que si moría en ese momento habría muerto como el hombre más feliz sobre la tierra, pues tus manos que rara vez rechazaban las mías, habían empezado a acariciar mi mejilla. Te besé el dorso de una mano, luego la muñeca, y tú no comentaste nada más sobre el tiempo acezante. Entonces te abracé con ese abrazo hambriento, y tú rodeaste mi cuello, acariciaste mi nuca, desordenaste aún más mis desordenados cabellos, y sucedió: como el resumen de toda la magia y el afecto del mundo, tus labios tibios rozaron, simplemente rozaron, los míos, y luego los míos asediaron sin tregua los tuyos. Sentí la explosión de tu vida en un solo instante, y de haber sido pintor habría pintado una y mil veces aquel fragmento de tiempo que me confirmó para siempre que la felicidad no es asunto de toda la vida, sino una sucesión intermitente de pequeños hermosos momentos, y que se pierde si la dejamos morir, incluso como recuerdo. Sí, la felicidad aquella quedó perdida, pero hoy la recupero en estas palabras con las que intento retratar aquel instante único, lleno de pasión y desbordante de ternura. Puedo morir tranquilo, pues ya hallé la forma de decir todo lo que siento por ti.

El complot

A la memoria de Victoriano Molina
No sabría precisar el motivo por el que sucedió todo aquello. Sólo sé que hubo una mente maléfica detrás de los sucesos que narraré a continuación: la mía. Sin embargo, tampoco podría jurar que fuera yo el único responsable. Quizá el principal culpable haya sido el propio Victoriano.
Fue él quien me comentó que Lidia, la morenita del asiento tercero que quedaba en la segunda fila al lado de la ventana, le gustaba. Aquello era, lo que se dice, “una noticia bomba”, y la maldad nunca duerme.
Aproveché el paseo de campo que el curso tuvo el verano de aquel año. Lo primero que hice fue conversar con los compañeros más próximos. Leonel, el párvulo del grupo, estuvo de acuerdo desde el principio. Fernando Calanis, el erudito, se unió, aún no sé cómo, al complot. Lidia, desde luego, no podía faltar. Era ella quien debía sumarse, con su asentimiento, al plan del curso, que ya no era solamente mío. En medio paseo se inició la tarea. Fui yo quien informó a Victoriano que Lidia esperaba un hijo suyo. Le advertí, junto a algunos cómplices, que era posible, de tanto mirarla, embarazar a una chica. Le comentamos sobre las visitas de Lidia, sospechosamente frecuentes, al baño. Le aseguramos que se la había visto desvanecerse en cierta ocasión, producto de algún mareo propio de su estado.
En algún momento, la molestia de Victoriano pudo más que la educación recibida en nuestro muy católico colegio: nos mandó a la mierda. Los nervios le brotaban a flor de piel. Juraba que sólo le había invitado un par de pastelillos el día del estudiante. Lidia fingía indiferencia, pero en el fondo, lo supimos muy bien, también reía. La erudición de Fernando fue el tiro de gracia: entonces, el rostro de Victoriano se mudó de colérico a preocupado. El chiste duró un par de semanas.
Un día, como quien no le da mucha importancia al asunto, aclaré a nuestra víctima que no se trataba más que de una broma más que se daba entre chiquillos de 12 y 13 años, que los teníamos todos.
Él respiró aliviado, y me confesó: “Menos mal, ya estaba comprando chambritas”.

Sé que hay alguien ahí

Una de las grandes dudas que me invade estos días es sí yo existo. No se trata de la vieja duda metafísica ni un absceso romántico o pintoresco, sino la certidumbre incierta (aunque parezca contradictorio) de que yo no siempre soy yo.
Esto me pasa desde que vivo en este departamento, totalmente sola. A veces, antes de dormir, es decir, despierta aún, siento que intentan abrir la puerta del dormitorio. No se apodera de mí el pánico. No me paraliza el miedo. En ocasiones, incluso, siento valor para preguntar quién anda ahí. Sólo el silencio responde.
Una noche, hará un par de meses, sentí cómo arrastraban la mesa de la cocina. Yo estaba despierta, leyendo una revista en la sala. Fui a ver qué pasaba. Encendí la luz: no había nadie. La única puerta de la cocina comunica ésta directamente con la sala. No sentí mucho miedo, pero desde entonces evito leer hasta muy entrada la noche.
En cierta ocasión llegué tarde y cuando me disponía a dormir golpearon la puerta, estando yo a dos pasos de ésta. La abrí, y sólo el patio estaba ahí.
De vez en cuando oigo cómo se arrastra un cuerpo, ni liviano ni pesado, por el techo de calaminas plásticas.
Espero ver algo por el tragaluz, pero no observo la mínima sombra, ni encuentro nada al día siguiente. Si bien al principio sentía algo de temor, ahora hasta me doy el lujo de sentir rabia.
Con este algo que vive junto a mí, aprendí que hay dos tipos de insomnio: aquel que te impide dormir y el que te interrumpe el sueño en la oscuridad.
Sé que esta noche no será distinta, y quizá me suceda lo de ayer. Cuando había logrado dormir, un golpe en la ventana de la sala me despertó. Salí sin encender las luces hasta el pequeño recibidor. Levanté levemente la cortina. Sólo el patio mudo estaba ahí. Miré de un lado a otro. Sólo había silencio, y el viejo árbol, con las manos extendidas me recordó, sin que lo sepa por qué, el árbol metafórico del amante inventado para Chantal.
Regresé sobre mis pasos. Me invadía, como hoy, la certeza de que hay alguien aquí. Empujé la puerta del dormitorio, y en la penumbra de la noche reconocí mi mirada desconcertada, mientras mi cuerpo permanecía recostado en la cama.