Hola:
Leí el título que le doy a esta carta hace más de cuarenta años, cuando iba a cumplir treinta, en el cuento de un autor francés cuyo nombre no recuerdo. No sé lo que entonces sentí al leer por primera vez aquel relato, pero estoy seguro de no haber imaginado que un día distante recurriría a él para escribirte una carta, seguramente la última que escriba en mi vida. Y es que nada resume mejor la situación que hoy vivo que el título escogido a esa narración breve. Me gustaría contarte hoy aquella historia, pero las escenas, los personajes y el argumento mismo se tornaron difusos con el transcurso de los años. Pero sabré sacar el mejor provecho de aquellas líneas enredadas en el tiempo.
Hoy estás lejos, en tu ciudad natal ¿o soy yo el lejano?, y pienso, una vez más como todos los días, en ti, en tu sonrisa, la ternura de tu mirada, y en lo maravilloso que fue verte llegar a mi vida. Sobre mí, te confieso que no sé cómo me mantengo en pie, pero esa incertidumbre queda compensada con no haber caído cuando debía. Cualquiera hubiera jurado (incluso yo) que no duraría ni tres años cuando me diagnosticaron aquella enfermedad, y mírame ahora: ni siquiera estoy seguro de que la muerte golpee mi puerta esta noche o mañana. De todos modos, sé que no duraré mucho a partir de hoy. Recuerdo (porque hoy sólo me quedan los recuerdos) que tú me acompañaste el día aquél que me comunicaron sobre la enfermedad que padecía. Mi mundo se desmoronó aquella vez, y noté en tu semblante una sensación similar. Pero me sentí feliz por tenerte cerca, pues sé que tú, pese a todo, también lo eras a mi lado.
Entonces, tanto tú como yo desahuciamos este cuerpo al que aún le quedaba un poco de juventud, y ahora mírame: más de cuarenta años después, con la certeza de que uno no se muere cuando quiere o se lo ordenan, sino cuando puede. Hace algunos días fui al entierro del único médico que sobrevivió a la junta que decretó mi muerte inminente. Lo hice por curiosidad. No le guardo rencor. Ni a ninguno de los otros. Quizá la situación formada a partir de aquel instante posibilitó que yo comprobara, cuatro décadas después, la verdadera dimensión de mis sentimientos hacia ti.
Después de aquella experiencia, no mucho después, te casaste. Nunca más hablamos de lo nuestro, de lo que nunca pudo ser. Hace unos años me enteré de tu viudez. No me alegró. Supuse que sufrías en aquel instante. Entonces, como hoy, te escribí una carta, que te envío con ésta y todas las que no me animé a hacerte llegar en su momento. También están las postales recolectadas a lo largo de estos años, los pocos cuentos que escribí y un álbum fotográfico con distintos momentos de mi vida sin ti. Por las fotos notarás los cambios que atravesé, sobre los que no vale la pena entrar en detalles.
Son muchas cosas las que quisiera decirte, pero confío en que al leer todo lo acumulado en este tiempo te diré mucho de lo que necesito hacerte saber. Principalmente, que me alegra que sigas viva, y que espero me sobrevivas algún tiempo más, para que sepas lo que viví estos años sin el calor de tu cariño. Y no lo digo en tono de reproche. ¿Qué podría reprocharte a ti, alegría de mi vida? Sólo lo digo para compartir todo lo que no pude contigo en estas cuatro décadas y fracción de vemos tan poco. Me alegró mucho el día que hiciste ese viaje que tanto deseabas. Me alegró mucho más que volvieras. Lo que no me alegró fue el día que te casaste, pero ¿qué te obligaba a cumplir esa promesa que te hiciste un día y acerca de la cual me comentaste en cierta ocasión? El que tú fueras feliz escogiendo al más digno es motivo suficiente para que no guardara rencor ni me inundara la amargura, aunque, debo reconocerlo, desde entonces me sentí más derrotado.
Tu estado marital no impidió que a lo largo de estos años pensara en ti con una intensidad renovada, aunque no aniquiladora. Cada uno de los instantes que dedico a tu nombre o tu mirar en el día me renuevan el deseo de vivir y me ayudan a soportar mejor las tareas que tengo pendientes. Aún conservo la fotografía que me regalaste, la que te pedí… ¿la recuerdas? Con el paso de los años el papel perdió su brillo, pero no pasó lo mismo con tu mirada, que continúa iluminando mis momentos grises. Y cuando te veía en la calle, cada vez con menos juventud, fue afianzándose más la certeza de que el paso de los años no hacía sino ahondar mis sentimientos hacia ti, pues no era tu cuerpo lo que más anhelaba, sino tu preciosa compañía, y ésa era una sensación que jamás había experimentado antes ni lo haría después.
Sin embargo, no puedo ocultar el hecho de haber deseado el verano de tu piel. Más de una vez te imaginé a mi lado, luego de una noche de amores agitados, contemplándote extasiado. Desde siempre, pude adivinar la imperfección de tu cuerpo, incluso sin necesidad de desnudarte, y eso no hizo más que avivar mi deseo de fundir tu vida en la mía. Debo confesar, además, que lloré en las madrugadas aquellas que despertaba sin ti. Lo hice con una sinceridad que lava el alma, al tener conciencia cabal de que nunca serías mía. Pero también lloré con la felicidad de quien tocó el cielo por el solo hecho de amar a otro ser humano, sin condiciones, sin esperanzas.
Tú significaste un giro total en mi existencia. Contigo aprendí que el amor debe ser incondicional, sin esperar retribución alguna, sin pedir nada a cambio. También aprendí que el amor es uno solo y dura para siempre, y que eso es independiente de que uno viva o no al lado del ser que es motivo de sus pasiones. Por eso espero, de veras, que hayas amado a tu esposo y él a ti como yo te amé toda mi vida desde que te conocí y aprendí a quererte. ¿Recuerdas que lamentaba no tener las palabras para expresar mis sentimientos? Con el transcurso del tiempo llegué a la conclusión de que éstas no son necesarias, pues basta demostrar con hechos cotidianos el maravilloso acto de amar. Espero habértelo demostrado, sin importunarte nunca, sin insistir en visitarte, no llamándote en las fechas especiales (que yo consideraba especiales), sin buscarte para vernos, sin siquiera detenerte cuando nos veíamos alguna vez, a más de aquel par de ocasiones en que nos encontramos, casualmente como siempre, y tomamos una tacita de café en el centro de esta empobrecida ciudad.
Las dos veces que compartimos unos minutos me pareció, como siempre, que la luz de tu presencia iluminaba mi deteriorada existencia, y fui feliz sin trámites de ninguna naturaleza, pues el momento mágico se daba con tenerte frente a mí, sin que cupiera un espacio para reparar en todo lo demás. Tus sonrisas, espontáneas y marginales, acompañaron aquel rito eterno de tenerte sin tocarte, el ansia sencilla de abrazarte y decirte cuánto habías anidado en mi.
Los dos días aquellos, distanciados entre sí por más de cinco años, fueron coincidentemente lluviosos, y pese a ello (o quizá precisamente por ello) fueron los más felices que tuve desde que nos separamos definitivamente sin más palabras que el formal “que te vaya bien”. En ambas ocasiones llegué a mi casa, me quité el abrigo, encendí el aparato musical en el que coloqué una añeja pieza de Miguel Bosé, esa que dice “Amiga”, y encendí un cigarrillo. Destapé una botella de Oporto que guardaba para ocasiones especiales, y a solas con tu recuerdo me bebí un trago único, glacial y sin embargo calurosamente afectivo, pues te había visto, había conversado contigo, compartido una taza de café y musitado para mis adentros cuánto me hacía feliz el solo hecho de verte. Eso era motivo suficiente para celebrar.
Repasé mentalmente los pocos pero intensos momentos de felicidad que me tocó vivir, y haciendo un recuento necesario, noté que la chispa de la vida no se había apagado. Comprobé, una vez más, que fuiste mi pasión mayor y la más abundante de todas. Así, recorrí extasiado ese paseo conmigo mismo, preguntándome si hallaría en la vida una dicha mayor que haberte conocido. Sospeché entonces, y el tiempo se encargó de confirmar aquella sospecha, que no sucedería nada que cubriera con el manto del olvido la dicha de haberte tenido en mi vida.
Si bien guardo en mi corazón ambos encuentros, dedico de manera especial amplios momentos de mi vida a rememorar el último. Por aquel entonces era ya un hombre maduro, con signos progresivos de la vejez que se avecinaba. Tú también ingresabas en una etapa de decadencia, pero la tuya te hacía brillar de una manera especial, así como el tiempo torna más apetitosa la fruta madura.
El ambiente en el cual compartimos aquellos momentos era tranquilo, uno de los muchos que curiosamente frotaron en el centro de esta decrépita ciudad antes de la gran crisis del humo en las ciudades. Si mal no recuerdo, ni siquiera existía una cortina musical, pero la lluvia era suficiente compañía. Conversamos sobre varios temas, y salió a relucir la pobreza compartida por cada vez más bolivianos, las calles cada vez más atestadas de niños mendigos y ladrones menores, contra la promesa de los sucesivos gobiernos que hipotecaron más el país y cuyos dirigentes indefectiblemente terminaban como embajadores de buena voluntad en algún país lejano. También tocamos el tema de la increíble evolución que tuvo la tecnología en las últimas décadas, a la par que se producía un atroz retroceso de la humanidad, en un mundo que ya no guarda espacio alguno para Dios ni religiones que lo representen, pues los católicos habían traicionado los Diez mandamientos, y los evangélicos el Sermón de la montaña. En ese intercambio de palabras no hubo espacio para las lágrimas, simplemente para el dolor por la miseria que se multiplicaba y cuyo único consuelo era la bajada en picada de los alquileres.
Me preguntaste entonces por mi hijo, y te respondí brevemente que estaba bien, que ya hacía otro curso de especialización en la vieja Roma y me hizo abuelo apenas dos años atrás. Dijiste que te alegraba mucho, y recibí tu mensaje con un asentimiento intrascendental, con la misma certeza de hoy de que nunca más volvería, pues allá encontraría una forma cómoda de ingresar en su propia decadencia.
Comentamos sobre el primer partido que ganaba la selección en el mundial de entonces, con seis jugadores nacionalizados. Y recordé, sin querer, cómo habías despertado en mí un nuevo interés por el fútbol un par de décadas atrás, cuando daba por descontado que volviera a interesarme esa actividad deportiva. Entonces sonreí, sin querer y sin amargura, recordando todas las aflicciones innecesarias que se fueron como un motivo más para justificar la existencia. Me preguntaste el por qué de mi sonrisa repentina, y te dije que no era nada, el recuerdo de un mal chiste, nada mas.
Nos despedimos como en los viejos tiempos. Nos dimos un abrazo que no hubiésemos querido ver deshacerse. Sentí que tú tampoco querías dejarme ir. Lo sentí en tu respiración cálida, en la firmeza con que aprisionaste mi cuello. Luego, subiste a un viejo bus, de aquellos que alguna vez fueron nuevos, y te despediste, como siempre, desde el último asiento. Y ahora que recuerdo aquel maravilloso momento, viene a mi mente otro regalo de la memoria igualmente dulce y que actúa como un lenitivo en mi vida: el del único beso que nos dimos en los labios. No tengo clara la fecha, pero estoy seguro de que fue cerca de una festividad católica: Navidad o Reyes, no estoy seguro. Aquel día llovía (como llovería en muchas de las ocasiones posteriores en que nos vimos o te vi en la calle) y tú me visitaste en la vieja oficina que ocupaba entonces. Nunca tuve la certeza, pero me quedó la impresión de que en realidad sólo querías cobijarte de las persistentes gotas de agua que empezaron a caer minutos atrás, que en realidad no querías verme. Sea como fuere, hablamos sobre temas sin importancia. Me dijiste que te gustó el relato que compuse entonces contigo como protagonista (y que fue el último que publiqué en un periódico, pues desde entonces sólo escribo para ti, aunque nunca más te hiciera llegar un escrito mío). Yo te di un agradecimiento apenas motivado. Luego aseguraste que no entendías las variaciones del tiempo. La lluvia amenazaba con caer en forma más densa, y tuve la certeza, así como hoy, de que si moría en ese momento habría muerto como el hombre más feliz sobre la tierra, pues tus manos que rara vez rechazaban las mías, habían empezado a acariciar mi mejilla. Te besé el dorso de una mano, luego la muñeca, y tú no comentaste nada más sobre el tiempo acezante. Entonces te abracé con ese abrazo hambriento, y tú rodeaste mi cuello, acariciaste mi nuca, desordenaste aún más mis desordenados cabellos, y sucedió: como el resumen de toda la magia y el afecto del mundo, tus labios tibios rozaron, simplemente rozaron, los míos, y luego los míos asediaron sin tregua los tuyos. Sentí la explosión de tu vida en un solo instante, y de haber sido pintor habría pintado una y mil veces aquel fragmento de tiempo que me confirmó para siempre que la felicidad no es asunto de toda la vida, sino una sucesión intermitente de pequeños hermosos momentos, y que se pierde si la dejamos morir, incluso como recuerdo. Sí, la felicidad aquella quedó perdida, pero hoy la recupero en estas palabras con las que intento retratar aquel instante único, lleno de pasión y desbordante de ternura. Puedo morir tranquilo, pues ya hallé la forma de decir todo lo que siento por ti.
jueves, 27 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario