jueves, 27 de agosto de 2009

Sé que hay alguien ahí

Una de las grandes dudas que me invade estos días es sí yo existo. No se trata de la vieja duda metafísica ni un absceso romántico o pintoresco, sino la certidumbre incierta (aunque parezca contradictorio) de que yo no siempre soy yo.
Esto me pasa desde que vivo en este departamento, totalmente sola. A veces, antes de dormir, es decir, despierta aún, siento que intentan abrir la puerta del dormitorio. No se apodera de mí el pánico. No me paraliza el miedo. En ocasiones, incluso, siento valor para preguntar quién anda ahí. Sólo el silencio responde.
Una noche, hará un par de meses, sentí cómo arrastraban la mesa de la cocina. Yo estaba despierta, leyendo una revista en la sala. Fui a ver qué pasaba. Encendí la luz: no había nadie. La única puerta de la cocina comunica ésta directamente con la sala. No sentí mucho miedo, pero desde entonces evito leer hasta muy entrada la noche.
En cierta ocasión llegué tarde y cuando me disponía a dormir golpearon la puerta, estando yo a dos pasos de ésta. La abrí, y sólo el patio estaba ahí.
De vez en cuando oigo cómo se arrastra un cuerpo, ni liviano ni pesado, por el techo de calaminas plásticas.
Espero ver algo por el tragaluz, pero no observo la mínima sombra, ni encuentro nada al día siguiente. Si bien al principio sentía algo de temor, ahora hasta me doy el lujo de sentir rabia.
Con este algo que vive junto a mí, aprendí que hay dos tipos de insomnio: aquel que te impide dormir y el que te interrumpe el sueño en la oscuridad.
Sé que esta noche no será distinta, y quizá me suceda lo de ayer. Cuando había logrado dormir, un golpe en la ventana de la sala me despertó. Salí sin encender las luces hasta el pequeño recibidor. Levanté levemente la cortina. Sólo el patio mudo estaba ahí. Miré de un lado a otro. Sólo había silencio, y el viejo árbol, con las manos extendidas me recordó, sin que lo sepa por qué, el árbol metafórico del amante inventado para Chantal.
Regresé sobre mis pasos. Me invadía, como hoy, la certeza de que hay alguien aquí. Empujé la puerta del dormitorio, y en la penumbra de la noche reconocí mi mirada desconcertada, mientras mi cuerpo permanecía recostado en la cama.

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