jueves, 27 de agosto de 2009

El complot

A la memoria de Victoriano Molina
No sabría precisar el motivo por el que sucedió todo aquello. Sólo sé que hubo una mente maléfica detrás de los sucesos que narraré a continuación: la mía. Sin embargo, tampoco podría jurar que fuera yo el único responsable. Quizá el principal culpable haya sido el propio Victoriano.
Fue él quien me comentó que Lidia, la morenita del asiento tercero que quedaba en la segunda fila al lado de la ventana, le gustaba. Aquello era, lo que se dice, “una noticia bomba”, y la maldad nunca duerme.
Aproveché el paseo de campo que el curso tuvo el verano de aquel año. Lo primero que hice fue conversar con los compañeros más próximos. Leonel, el párvulo del grupo, estuvo de acuerdo desde el principio. Fernando Calanis, el erudito, se unió, aún no sé cómo, al complot. Lidia, desde luego, no podía faltar. Era ella quien debía sumarse, con su asentimiento, al plan del curso, que ya no era solamente mío. En medio paseo se inició la tarea. Fui yo quien informó a Victoriano que Lidia esperaba un hijo suyo. Le advertí, junto a algunos cómplices, que era posible, de tanto mirarla, embarazar a una chica. Le comentamos sobre las visitas de Lidia, sospechosamente frecuentes, al baño. Le aseguramos que se la había visto desvanecerse en cierta ocasión, producto de algún mareo propio de su estado.
En algún momento, la molestia de Victoriano pudo más que la educación recibida en nuestro muy católico colegio: nos mandó a la mierda. Los nervios le brotaban a flor de piel. Juraba que sólo le había invitado un par de pastelillos el día del estudiante. Lidia fingía indiferencia, pero en el fondo, lo supimos muy bien, también reía. La erudición de Fernando fue el tiro de gracia: entonces, el rostro de Victoriano se mudó de colérico a preocupado. El chiste duró un par de semanas.
Un día, como quien no le da mucha importancia al asunto, aclaré a nuestra víctima que no se trataba más que de una broma más que se daba entre chiquillos de 12 y 13 años, que los teníamos todos.
Él respiró aliviado, y me confesó: “Menos mal, ya estaba comprando chambritas”.

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