jueves, 27 de agosto de 2009

Agonía

El doctor Enrique del Carpio había terminado su turno en el horario habitual. El reloj marcaba las 6.23 de la madrugada cuando viró la esquina sin percatarse que en sentido contrario, invadiendo su carril, iba un camión recolector con los faroles apagados. El impacto hundió el capote y empujó el motor contra los asientos, aprisionándole las piernas, a la vez que el parabrisas llovía en fragmentos llenando su rostro de sangre.
El servicio de emergencia llegó veintiún minutos después, cuando el doctor yacía en la calle socorrido por los vecinos que habían acudido al lugar a causa del fuerte ruido que provocaron los vehículos en su colisión. El conductor del camión, pálido, respondía apenas las preguntas de rigor que hacían los agentes de tránsito.
La ambulancia, que pertenecía al hospital donde el doctor Enrique trabajaba, llevó a éste con la sirena emanando un lamento madrugador. Los estudiantes residentes le descubrieron el pecho, a la vez que cortaban el pantalón y le quitaban calcetines y calzados, para bañarle con alcohol y luchar por detener la hemorragia.
Cerca a las 8 de la mañana, Isabel, su esposa. llegaba presurosa al servicio de emergencia. Ahí le indicaron que habían trasladado a su esposo a quirófano, por el complicado cuadro que presentaba.
Dos días después, en la sala que le habían asignado, el doctor Enrique aún no recobraba el conocimiento. Su esposa, enfermera eventual, le acompañaba presionándole la mano, mientras recordaba, musitando bajito, la ocasión en que le había conocido.
Sucedió en la sala de maternidad del hospital, cuando habla llegado a su nuevo trabajo. Era la primera vez que le asignaban un parto en el hospital, y fue el doctor Enrique quien dirigía las operaciones aquel día de octubre.
Algunos días después, luego de una cirugía reconstructiva, el doctor le había invitado a tomar juntos un café, después de felicitarle por el buen trabajo realizado. Entonces pudo conocerle mejor.
Él trabajaba en el hospital durante más de 15 años, tiempo en el cual había adquirido una experiencia invaluable. Le explicó que la vida era y debía ser lo más sagrado no sólo para el médico, sino para cualquier ser humano. Varias veces recurrieron a él muchachitas embarazadas, solicitándole el aborto, y tras haber dicho sí durante cinco años pudo aprender finalmente a decir no, conociendo el verdadero arrepentimiento, sin auras ni haces luminosas que descendieran del cielo. A ella le sorprendía haber encontrado en un hombre tan maduro ciertas reacciones infantiles: no era fácil ver a un médico satisfecho en un alumbramiento, o entristecerse por una desgracia ocurrida a un desconocido.
Cuando le conoció, él era casado. No tenía hijos, pero los había ansiado con toda el alma. Se declaraba a sí mismo ateo, mas sus actos denunciaban siempre una proximidad perceptible a Dios, mientras prefería el alejamiento de la religión que decía era de los hombres con poca fe y no de Dios, dondequiera que estuviera, si existía.
A Isabel le había sorprendido personalmente al ver una señora, beata y una de las más prontas a condenar el aborto, llevar a su hija adolescente para que la practicaran un raspaje. Ella, junto a su esposo, se habían negado a hacerlo, antes de denunciarla, sin que el hecho llegara a mayores por ser esposa de un juez de renombre.
“La vida de los que ya están se ensaña con la de quienes aún no llegaron” le dijo a su esposo mientras recordaba aquel episodio y le soltaba la mano. Los últimos años fueron los mejores para ella, lo mejor que pudo hacer en su vida: cocer el pan durante las tardes sabatinas, esperarle, acariciarle los cabellos al caer la noche, con la chimenea encendida y esa paz que sólo dan los años con los pies cansados. Antes de conocerle, antes de ser enfermera, había trabajado durante años en la noche, como mesera cuidadora de casas, prostituta, y nada en la vida le había llenado sus últimos recodos íntimos como esperar la llegada de su marido.
-Vaya, Enrique, la vida nos hizo viejos, y aquí estamos nuevamente, tú y yo, como hace tanto tiempo, tanto que no me parece que haya habido vida antes de tu llegada—, le dijo suavemente mientras se recostaba en la cama que había acomodado al lado del lecho de su esposo.
Isabel llegaba ya a los cincuenta y cinco, su marido cumpliría cincuenta y dos antes de navidad, si sobrevivía.
Una semana después del accidente, ella había preparado la casa para recibirlo, cuando los médicos le comentaron que había presentado mejoras sustanciales la última noche, y hasta movió un dedo cuando le preguntaron si escuchaba. Un mes después, la situación no parecía del todo clara. Mientras cubría su mentón con una mano, lo miró entristecida recordando algunos detalles de los días anteriores al accidente.
Él le había invitado a pasear por las afueras de la ciudad, a un valle próximo. “Esto sí es aire”, comentó en la ocasión, “no la porquería que respiramos allá”, señalando la ciudad que aún se veía. Pocas veces salieron muy lejos, pero cada uno de sus paseos o viajes prolongados y distantes fueron muy bien aprovechados. Ambos gustaban de las flores, y él deshojaba una margarita, preguntándole si le quería mucho, poquito, o nada, soltando una carcajada cada vez que salía “nada”, esbozando una sonrisa cuando la sentencia era “poquito”, y abrazándola feliz cuando el resultado era “mucho”. “Claro que sí, claro que te quiero mucho”, le decía ella entre carcajadas que la arrugaban la piel, indiferente a los pronósticos de la margarita muerta: “¿qué sabe esa flor de mierda?”, antes que él le diera una bofetada que apenas le rozaba la mejilla “por tratar mal a la naturaleza”. En un viaje que les llevó más al sur que de costumbre, vieron un grupo numeroso de pariguanas remontar vuelo luego de un breve trote, “así era yo cuando joven, libre como un pajarraco”, le comentó él, a lo que ella respondió “yo también fui una pajarraca, una pajarraca nocturna” antes de confesarle su secreto mejor guardado, angustiada por haber visto sólo unos días antes a uno de sus antiguos clientes.
Isabel comenzó sus trabajos nocturnos apenas escapada de su casa paterna, a los trece, como celadora de una casa en construcción. Su patrona le había invitado para que le colaborase en su negocio una vez concluida la obra, y ella aceptó porque no tenía dónde ir. Su primer trabajo había sido como cuidadora en la noche y lavandera en el día, en tanto el siguiente fue como mesera en la casa de citas recién abierta.
No transcurrió mucho tiempo antes que fuera persuadida a trabajar con el resto de las muchachas. En tal circunstancia aprendió mil secretos del sexo, pero no creía haber aprendido nada acerca del amor. Su piel envejeció antes que ella, sus sueños se marchitaron antes de aparecer. Se había embarazado más de una vez, pero sólo pudo tener un bebé, mujer como ella, a quien abandonó en una puerta antes de saberla desdichada... como ella. De esa forma consiguió atenuar la conciencia de culpa, justificando el hecho en el nombre de un sueño que no creía merecer pero consideraba imprescindible para su retoño: ser feliz.
Cuando terminó su relato, angustiada, pero con el corazón en reposo, él contestó serenamente ¿y qué?, como quien oye pasar el viento. Ella sólo pudo abrazarle agradecida. El amor era para ellos una experiencia dolorosa, a la par que sabrosa e infinitamente renovada. Sólo un par de reclamos en diez años de amor reciclado sin formalismos en el matrimonio que no fueran la necesidad de ahuyentar la soledad y la satisfacción de lograrlo, decían mucho acerca de su condición de pareja.
La vida les pintaba de gris la cabellera cuando sucedió el accidente. Antonio, el único hermano que le quedaba al doctor Enrique, les visitó en el momento de mayor declinación en la fe de ella, y eso era todo lo que necesitaba: no sentir que se habían quedado solos ante la situación agónica que vivían. Con Antonio, Isabel pudo entablar al fin una charla tranquila desde que comenzaron la vida de semicuñados. Ella no era de las mujeres que le agradaran para cuñada, y él no pasaba, para ella, de ser un cretino incorregible. La adversidad, sin embargo, les había encontrado solos. Él había enviudado sólo unos meses atrás, poco después del matrimonio de la única hija que tenía.
Tras la visita de Antonio, Isabel respiró con mayor tranquilidad; sin embargo, la situación que vivía, seis noches por semana en el sanatorio, parecía dejarle cada vez más canas.
Recordó una tarde de tantas, presionando la mano de su esposo, las muchas historias de juventud que le había confiado: sus años de estudiante, cuando debía hacer algunos trabajos sucios, como dar los datos de sus compañeros agitadores al control político del gobierno, para pagar la renta de su cuarto. La vida le había enseñado la parte dura de cualquier decisión la tarde que, encapuchado, fue con un grupo de paramilitares a asaltar la residencia de un dirigente fabril. En ella había encontrado, para sorpresa suya, a Cati, su hermana menor, y nada había podido hacer cuando el jefe del grupo, que años después fue galardonado como “Ministro del año”, le descargó tres tiros en la cabeza, para luego, con el grupo de encapuchados, deshacerse de los cuerpos arrojándolos en un barranco, muy lejos de la ciudad. Meses después, cuando se aprestaba a defender su titulo, miembros del control político asaltaron también su residencia, al enterarse que Cati era hermana suya, y considerar que él también podía ser un conspirador.
Tuvo que salir de emergencia del país, dejando entonces de practicar abortos: Catí jamás se lo habría perdonado de saberlo.
Cuando regresó al país, con los papeles en orden y algunos tropiezos legales, visitó el lugar donde encontró los huesos de Cati y los otros, devorados por el olvido. Los perros comunistas, enemigos de la patria, estaban en su agujero, y él tenía la conciencia atormentada.
Identificó, con un grupo de colegas suyos, los restos de Cati, y junto a ella fueron identificadas restos de las otras seis personas. Sus padres, que habían muerto varios años atrás, no pudieron heredarles jamás los preceptos de la sangre. Mas él pudo descifrarlos la tarde que junto a Antonio, sin decir palabra, enterró a su hermana menor, sin hacerse nunca del valor suficiente para confesar lo sucedido.
Sólo Isabel y él conocían la historia de aquello, y solamente con ella pudo ir a dejar una rosa muerta al lugar de la masacre cada primer día de primavera.
Entre las confesiones que en más de una ocasión le hizo, la que más dolor y dulzura le producía era el recuerdo de su declaración: “No tienes una figura hermosa, tus piernas están para desarmarse, tu vientre está crecido y hasta tienes arrugas, pero eres una mujer maravillosa, una mujer que borraría cualquier sentimiento de culpa si llegásemos a pecar”, le dijo antes de compartirse y hacerse uno del otro.
El divorcio, rápido en realidad, sólo puso al desnudo el resquebrajamiento del matrimonio del doctor Enrique.
El amor había llegado tarde, e irónicamente parecía morir temprano, la tarde que le pidieron autorización para desconectar la máquina que mantenía a su esposo con vida en su inconsciencia.
Con lágrimas en el rostro y una profunda opresión en el pecho, Isabel Lindaura Ochoa autorizó la muerte de su esposo, tres días antes de navidad, y pensó, amargada, que nunca más le vería con su mandil verde, ni le alcanzaría las pinzas, ni el bisturí; ya no podrían intervenir juntos a nadie, ella sería la enfermera de otro médico y no volvería a masajear los pies de nadie, ni recibir el desayuno en la cama los domingos, ni comer el jolke tan singular que preparaba su marido; también se terminarían las tertulias interminables, las lecturas de Neruda, las aventuras de Beremís, los evangelios según San Lucas, ya no escucharían más Suavecito a la hora del té, ni saborearían una hamburguesa en la Pérez. Ya todo lo vivido atrás, atrás quedaba.
La habitación dio vueltas alrededor de ella, mientras la enfermera de turno se disponía a desconectar la vida artificial de su esposo. No pudo soportarlo, y mientras una lágrima imperceptible resbalaba por la mejilla izquierda de Enrique, a ella le estallaba el corazón por la amargura de lo irremediable.
Todos se volvieron a Isabel después que ella se desplomó, y a la enfermera se le olvidó desconectar la máquina que mantenía con vida a Enrique del Carpio.
El reloj marcaba las 6.36 p.m. cuando declararon muerta a Isabel, producto de un paro cardiaco. Minutos después, Enrique abría los párpados y empezaba a recordar a su esposa y lo vivido con ella, pocos días antes de empezar a escribir sus memorias en un viejo talonario de recetas...

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