jueves, 27 de agosto de 2009

Reencuentro

Durante todos aquellos años de separación, Adán había imaginado varias veces encontrársela en su camino.
Barajó posibilidades, ambientes, el vestuario, sus diálogos y el argumento, pero en cuanto la ocasión surgía, retrocedía presa del pánico. Una tarde chocó con ella en la puerta del ascensor Cambió de color y no respondió al amigo que le preguntaba por qué uno más uno son dos. En otra oportunidad, abordó el mismo bus que ella. Ambos fingieron no verse, él más que ella, pero al bajar sintió cómo las mejillas se le encendían con un rojo intenso. Transcurrieron más de cinco años sin que se hablaran, y aunque este tiempo no había sido improductivo para él, temía seguir los pasos de Florentino Ariza: pasar más de medio siglo pensando en su diosa coronada, cada noche, cada instante, cada palpitar, sucumbiendo en un marasmo de desencanto y deseos reprimidos de llorar. La ruptura se había producido, cómo no, por las estupideces de él. Ella había hecho lo correcto, Adán no tenía nada que reclamarle. Sin embargo, él quería hacerle saber que poco antes de que lo dejara había descubierto cuánto valía en su vida.
Aunque se había jurado a sí mismo nunca más hablarle, hacía todo cuanto estaba a su alcance para que ella se enterara que seguía pensando en su nombre, en su rostro moreno y sus llegadas, su pasión abrasiva y la dulzura de su mirada. Sus estrategias fueron varias e inútiles: actuó en una obra de teatro en cuyo acto principal recitó un pésimo poema compuesto con el acróstico de ella: nunca la vio en la platea. Compitió en una maratón y llegó penúltimo.
Publicó varios ensayos y versos en un periódico local mientras trabajó ahí, pero sospechó que ella no los había leído nunca. Un día cualquiera, se armó con toda el valor posible para, en un momento de ansiedad conjugada con soledad, componer un poema corto adornado con plumas de aves en el cual le decía: “Gracias por lo que me diste, gracias por lo que me das, gracias por lo mucho que aún tienes para dar”.
No supo precisar si fue la nostalgia dulce que se acumuló en los últimos meses o la necesidad inmensa de decirle que sólo vivía para ella lo que le decidió adjuntar a la tarjeta adornada con plumas de aves un poema lleno de dibujos hechos con crayón y versos babilonios recuperados sólo para ella. Lo cierto es que acompañó la decisión a su iniciativa, y llevó consigo cada día aquellos dos testimonios de su corazón herético en su viejo maletín negro. Sabía que en cualquier momento la volvería a ver.
La tarde del quince de mayo, mientras conversaba con un amigo cerca del atrio de la universidad, la vio pasar tan cerca que casi podía respirarla. Sumó todo el valor que tenía acumulado, lo confundió con sus antiguos temores, y al notar las intenciones simultáneas de ella para hablarle, hizo a un lado la mirada, presa de su viejo pánico y temeroso de su propia reacción. Quizá un día vuelva a encontrarla.

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