Ibrahim llegó con Agar e Ismail a Beerseba, una calurosa mañana en la que sólo se oía el graznido de los cuervos. Ibrahim miró alrededor: un cielo azul, totalmente libre de nubes y una roca enorme, además de algunos arbustos escasamente poblados de hojas, eran los únicos elementos que interrumpían la vista armónica del desierto.
Entregó a Agar la bolsa de cuero que contenía agua, y la consoló: “Mi Dios no te abandonará”. Agar soportó el resto del día en el más completo temor, y su hijo, muchacho aún, fue pronto presa del miedo y la fiebre. Segura de que Ismail moriría, Agar lo refugió del sol bajo un arbusto, y corrió lejos, diciendo “No quiero ver cuando mi hijo muera”. Unas lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas.
En el sopor del miedo y el calor de la tarde, vio llegar un ángel que le dijo: “No temas, pues tu hijo se pondrá bien, y Dios hará de él una gran nación, por su promesa hecha a Ibrahím. Voltea la mirada y verás cómo tu hijo es salvo”.
Agar volvió la mirada hacía su hijo, y él le llamaba, diciéndole que tenía hambre. No lejos, encontró un pozo del que manaba agua suficiente para alimentar un regimiento. Agar alimentaba a Ismail con trozos de carne dejados por los cuervos, y le daba de beber del saco de agua que le dejó Ibrahim. Ismail creció y Agar veía cómo se hacía grande en inteligencia y fuerte para la contienda.
Un día lo llevó a su tierra, Egipto, y allí le encontró mujer.
Algunas centurias después, conmovidos por la lucha y la prédica de Mohound, el Profeta, miles de nómadas se volvieron de sus caminos, dejaron a sus muchos dioses, de los que Al-Lat, la diosa alada, había ofrecido mayor resistencia por boca de sus profetas, siguieron a Alah, el Dios único, y cada año, por obediencia a las suras, llegaron a cubrir enormes distancias para llegar a Beerseba.
Y varias otras centurias después, Salman, el poeta sentenciado, habría de comentar lo que todos en el desierto sabían: que el migrante sólo piensa en su destino; el nómada, en cambio, hace su vida en el camino del desierto. Muchos, decía, recorrieron el largo trecho, un largo camino para llegar a Beerseba, no para celebrar que Ismail se salvara y Agar descubriera en medio desierto el pozo de agua, sino para agradecer que ahí pusiera sus pies Ibrahim, el patriarca ladino.
jueves, 27 de agosto de 2009
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