José despertó, como todos los días, antes que el sol saliera. Preparó lo necesario para su incursión en el monte: el morral con charque y la caramañola conteniendo agua, el cuchillo al cinto y, terciada a la espalda, la vieja escopeta del abuelo. El día anterior había prometido a su abuela carne de urina, y ahí iba, con sus diecisiete años, a su primera cacería solitaria. Media legua allende el pueblo, donde el camino se hacía sinuoso e indefinido, se internó monte adentro. Avanzó tranquilo por el monte ralo, hasta que éste se hizo espeso. Notó entonces una oscuridad mayor que la habitual conforme iba ganando metros monte adentro, pero aquello le tuvo sin cuidado.
En un punto de su recorrido encontró huellas que no supo identificar, pero le pareció prudente esperar oculto.
Trepó a un árbol mediano para ver qué pasaba. Esperó pacientemente durante mucho tiempo, pero no vio nada. Al cabo de algunas horas, y no muy lejos de allí, en un claro, divisó un grupo de chanchos de monte que en fila cual soldadesca avanzaban con sus gruñidos típicos. Con sumo cuidado apuntó al último, que le pareció el más gordo, y disparó un solo tiro certero. El chancho cayó a tierra, y los demás, en vez de huir, se volvieron hacia éste y lo devoraron ante el desconcierto de José. Segundos después se volvieron hacía el lugar donde estaba él, y corrieron amenazadoramente. El apenas tuvo tiempo de reaccionar, recargar el arma, apuntar y disparar al hocico del primer chancho que se le acercó demasiado. Entonces si se dispersaron los demás. No habría urina, pero sí un gran susto y carne de puerco para salar. Con éste al hombro, José recorrió un buen trecho del monte, hasta que sintió un ardor fuerte en la espalda.
Decidió descansar un momento, a la orilla de un sendero muerto, por el cual, según pudo notar, desde hace mucho no pasaba nadie: sólo serpientes y otros animales.
Repuesto del cansancio, cruzó el sendero y se internó en el monte del otro lado. Caminó casi veinte minutos, cuando cayó en cuenta de que no había visto antes el sendero que acababa de dejar atrás, y le invadió la certidumbre angustiosa de haberse extraviado.
Regresó sobre sus pasos, y luego de caminar cerca de una hora no pudo encontrar el sendero que había dejado atrás. Hizo a un lado el chancho. Le dolían la espalda y los brazos: estaba fatigado. Su cuerpo cobrizo transpiraba provocándole ardor en las llagas, y sus manos estaban ampolladas por alternar la pata del chancho y la escopeta. El ambiente, pese a la oscuridad por los árboles altos, era muy sofocante. No había llevado mucha agua en la caramañola, y la poca que tenía le transmitía el calor acumulado.
Los minutos pasaron y se hicieron horas. Continuó caminando, pero no pudo encontrar el sendero muerto. Echó el cuerpo del chancho en cualquier parte, y siguió caminando, despacio primero, luego corriendo por la desesperación, y después nuevamente despacio, por el cansancio. Llegó la noche, y las horas se hicieron días. Después de dos o tres días (en el monte no sólo se pierde la noción del espacio sino también la del tiempo) encontró, apoyado en un árbol, un esqueleto con el mentón en el pecho, con jirones de carne putrefacta, de un tono vade azulado entre las costillas, y con una mirada que parecía permanecer en sus órbitas. A José, en vez de aterrarle, la imagen le provocó lástima, por el desconocido muerto, por sí mismo.
Después de mucho caminar y no llegar a ninguna parte, se sentó en el suelo, y apoyado en un árbol, miró a su derredor: sólo pudo escuchar el canto dulce de los pájaros. Los mosquitos le picaban las llagas y él apenas tenía fuerzas para ahuyentarlos con la sudada gorra. Las ingles le ardían, y el ardor se hizo insoportable. Comenzó a pensar en su vida, sus aventuras y desventuras, su abuela que seguiría esperándolo, las pocas veces que fue a la escuela, el azadón, cómo carpía con su abuelo cuando éste vivía, los besos de Juana, la taza de café a media tarde, sus sueños de grandeza… Lloró, con el mentón apoyado en el pecho, y las lágrimas le provocaban más ardor en las mejillas, adonde los mosquitos acudían persistentes. Después de mucho llorar se quedó dormido, los brazos se le cayeron sin fuerza y su corazón también durmió, cansado, mientras a unos pasos se escuchaba pasar a un hombre que silbando arreaba sus pocas vaquillas.
jueves, 27 de agosto de 2009
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