Antes de desesperarse, Antonio decidió hacer un recuento del día. Había despertado antes de las 6.30, como era su costumbre hacía cinco años, incluso los domingos y feriados. Se sirvió él mismo su desayuno; entró al baño a rasurarse. Repitió los ritos habituales: el beso en la frente de su esposa y los hijos al despedirse de ellos; la lectura de los titulares en la parada del trufi y el descanso breve durante el viaje antes de ingresar a la oficina. Todo lo habitual fue cumplido a cabalidad. Sólo el detalle final no pudo ser ejecutado: no le permitieron ingresar en la oficina. No le dieron la mala noticia del despido (aquello habría sido algo). La recepcionista, simplemente, no le permitió el ingreso. No le reconoció. Después de dos años de trabajar allí y ser compañero de aquella agraciada jovencita por año y medio, ésta le dijo que nunca le había visto. Le sorprendió la frialdad con que se lo dijo. Acertó los nombres de todos sus compañeros; todos se acercaron a él, pero nadie le reconoció, y no hubo en el rostro de ninguno de ellos nada que delatara una broma pesada. Nada, ni siquiera en la cara del guardia cuando lo echó a empujones del lugar.
Pero el mal día no terminaba ahí. Cuando fue a la oficina de su esposa para comentarle su desgracia, ésta negó conocerle, negó un pasado común, y con un gesto de lástima le presentó a su marido, para luego, casi histérica, pedirle que se largara de inmediato.
Nada de lo ocurrido tenía sentido. Al cabo de una hora decidió ir a su casa, pero ya en la puerta temió que la llave fuera incorrecta. Optó por pasar de largo, tembloroso, inseguro. Revisó los papeles que llevaba consigo. Su identidad era la que él conocía; las tarjetas de crédito y débito tenían sus datos personales. Nada de lo que iba con él había cambiado, pero sí lo que escapaba de su control.
Pensó en una mala broma de Dios, un chiste muy pesado; consideró la posibilidad de una amnesia colectiva. Se puso a considerar seriamente la existencia del túnel del tiempo, las vidas paralelas. En fin, pensó en todo lo que conocía y en todo lo que no.
Después de caminar varias horas, con el maletín en la mano, decidió tomar café. Le sorprendió que la dependiente aceptara, luego de verificar con el banco, su tarjeta de crédito. Entonces se dio cuenta de que no necesitaba una taza de café, sino también algo sólido. Pidió un platillo ligero, y prácticamente devoró su pedido, como si no comiera un mes atrás.
Se sentía cansado: le dolían los pies y la mano en que llevaba el maletín. Entonces se dio cuenta de que acostumbraba llevarlo siempre en la misma mano, sin pasarlo a la otra. Analizó las posibilidades: el trabajo quedaba relativamente cerca de su casa; el maletín en realidad no pesaba lo suficiente como para que considerase necesario pasarlo a la mano izquierda (él era diestro); pero al cabo de un momento notó que no importan mucho los porqué, sino que una costumbre, bien o mal adquirida, es una costumbre a fin de cuentas.
Más por distracción que por necesidad, lo abrió para extraer el informe de rutina que debía presentar en la mañana. No encontró nada fuera de lo previsto en el documento: el nombre del director, sobre el cargo en negrillas (y en mayúsculas); el suyo, con su cargo también en negrillas (en altibajas). El rito de qué, porqué, quién, paraqué y dequémanerabeneficiaráestoalaempresa también estaba en su sitio, incólume, sagrado. No fueron la sorpresa del primer instante ni la angustia profunda los que le llegaron al leer su informe. Sintió, por un segundo prolongado, un gramo de paz al dejar de ser él mismo, aunque tal no fuera su voluntad.
Veía a las personas entrar y salir del local. Las veía sentarse a la mesa, hacer su pedido, pagarlo e irse aprisa, con la seguridad de saber quiénes eran y que serían reconocidos por quienes los conocieran, tan seguros que no se molestaban en pensarlo.
Aunque continuaba sintiéndose extraño, confundido, optó por serenarse mientras bebía, sorbo a sorbo, el café. Su día resultó, pese a todo, o quizá por todo, bastante disipado, acaso divertido. Ya cerca al anochecer, al notar que no tenía dónde dormir, se dirigió al primer cajero automático, y extrajo lo suficiente para un par de días. Se alojó en una hostal. No era su estilo, pero debía ahorrar lo posible mientras todo se aclaraba.
Al intuir que, pese a la jornada agotadora tardaría en llegar el sueño, optó por repasar su vida y hacer una evaluación sincera: su percance del día, el que lo alejaba de todo, era lo mejor que pudo haberle ocurrido.
Recostado con toda la ropa puesta, y con los párpados pesados, se percató que algo le incomodaba a la altura de la cintura: era el celular. Se dispuso a apagarlo, cuando cayó en cuenta de que nadie le había llamado. Su sorpresa, sin embargo, carecía de sentido, así que decidió apagar el aparato y arrojarlo al basurero de la habitación, segundos antes de que su esposa y amigos empezaran a llamarlo, insistentemente, para aclararle que la broma por el día de los inocentes había terminado.
jueves, 27 de agosto de 2009
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