jueves, 27 de agosto de 2009

Plato a la carta

Rosario recibió la carta en la asignatura de Historia. Su amiga actuó como correo, y sólo por ella no rompió aquel papel como le hubiese gustado. Sabía quién era el remitente, aunque su nombre no estuviera en ningún lado.
Lo había sorprendido alguna vez mirándola desde el asiento trasero. Él era un cobarde, y aquello desagradaba a Rosario de diversos modos. Desde que había llegado a la capital para estudiar periodismo tenía fija en la mente la idea de dar lo mejor de sí misma. Descartó por completo un romance, por considerarlo contrario a sus objetivos, y aquel cobarde no alteraría en nada sus planes. La soledad en que vivía no sería pretexto para estropear sus intenciones. Así lo había determinado desde siempre, porque para eso había sido preparada.
Era su costumbre, al llegar todos los días a su habitación, cocinar el almuerzo comprado en la esquina y comerlo mientras oía el noticiero meridiano. Este día no sería diferente: la carta no alteraría su vida. La dejó sobre la mesa junto a los cuadernos, encendió la cocinilla y colocó la sartén con el almuerzo, a fuego lento.
Encendió el radiorreceptor y se quitó el saco de lana para acomodarlo en la percha. Se acercó a la cocinilla para aderezar el almuerzo con pimienta y aji-no-moto. Después se acomodó a la mesa y abrió el sobre, segura de no soportar ni las primeras líneas y quemar la carta enseguida.
La carta era simple y directa. Comenzaba por la fecha del día anterior, diez de julio, y luego la nombraba a ella:
Rosario. Enseguida, le confesaba que aún dudaba si hacía lo correcto al escribir aquella carta (le aclaró que no era la primera que le escribía, aunque fuera la primera que le haría llegar). Sus dudas estaban fundadas en el miedo. Se reconocía cobarde. Le anticipaba su temor de que aquella hoja escrita terminase en el canasto, de que lo rechazara apenas se acercase a entregarle el sobre, y que por ello pensaba seriamente la posibilidad de pedirle a alguien el gran favor de hacerle llegar esas palabras. Rosario dejó de leer la carta, bajó la hoja y elevó la mirada al cielorraso. Apagó el radiorreceptor. Buscaba el valor necesario para deshacerse de aquel asunto: no lo consiguió.
Bajó la mirada, elevó la hoja y reanudó la lectura.
Él le confesaba que escribía aquellas líneas en la soledad de su habitación vacía, que no era sino una manifestación de la aridez de su vida. Le contó que pensaba en ella sin quererlo, en cada pausa de su trabajo, al leer un cuento, al escribir un ensayo.
Le pedía disculpas por haberla incomodado alguna vez con su mirada peregrina: sabía que él no tenía derecho a alterar sus planes. Luego le hacía una breve descripción de sus sentimientos hacia ella: gracias a su existencia volvió a apreciar el brillo de las estrellas, el trinar de los pajarillos al amanecer, la arquitectura de las nubes y el susurro del viento al anochecer. La carta finalizaba diciéndole que era consciente de la imposibilidad de algo entre él y ella: sabía que nunca llegaría a gustarle como le había gustado ella, la manera que le hizo latir el sabor de su existencia, lo infinito e indefinido de su mirada.
Rosario se dio un respiro, miró la hoja de papel, intentó leer todo nuevamente desde el principio, tratando de imaginar a su remitente mientras escribía aquellas líneas fracturadas por la soledad. En cuanto volvió a leer las primeras palabras sintió el olor penetrante y perturbador que llegaba desde la pieza continua. De un salto llegó al lugar en que su almuerzo aparecía pegado a la sartén y negro a más no poder. No supo si reír o maldecir. Sólo atinó a abrir puertas y ventanas, y mientras ahuyentaba el humo con una toalla, comenzó a dudar de sus decisiones.

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