jueves, 27 de agosto de 2009

Bramido

Héctor Javier no contestó el saludo del portero: sólo una sonrisa forzada se dibujó en su enrojecido rostro. Trepó las escaleras hasta el segundo piso con una lentitud que contrariaba su prisa. Al fin en su apartamento, apenas tuvo fuerzas y valor para quitarse el saco, cerrar la puerta sin asegurarla, aproximarse al ventanal, descorrer la cortina y abrir la ventana mientras se zafaba el nudo de la corbata para luego, con el cuerpo entumecido, quitarse de encima todo el peso del mundo en la estruendosa sinfonía con que desahogaba sus intestinos.

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