La idea se le ocurrió mientras hablaba por teléfono con su esposa desde la oficina. No la soportaba, y durante los últimos tres años había digerido su situación sólo por guardar las apariencias, pero ya no daba más. Mientras retiraba el lápiz de sus labios, con una sonrisa irónica le dijo a ella que aquella noche no llegaría a dormir, que había hallado la solución a todos sus problemas como un destello providencial en su mente. Su esposa, con la eterna jaqueca, empezó a recriminarle nuevamente su incomprensión, la dureza de su espíritu y lamentó por enésima vez no haber escuchado los sabios consejos de su muy santa madre, que Dios la guarde en su gloria, que si se casaba con un pelafustán sin alcurnia como aquel sinvergüenza callejero, algún día, tarde o temprano, más probable temprano, se arrepentiría.
Él escuchó todo con la expresión de quien lo escucha por última vez. En cuanto colgó, después de ella, acercó hacia sí un bloc de hojas carta, y en la primera página comenzó a diseñar su plan. Hizo una lista de todas las posibilidades, y las fue descartando una a una en busca de la idea perfecta: delineó los pasos indicados, enumeró los instrumentos precisos y calculó el lugar propicio. Al cabo de tres horas de murmuraciones en voz alta había desechado trece posibilidades, cinco sitios, veinticuatro fechas y seis cómplices. Al final se quedó con una fecha, un lugar y ni un acompañante. Nada podía fallar. Repasó mentalmente las historias de Alfred Hitchcock, la trama de La muerte y la brújula, la pasión de La continuidad de los parques, y todo cuanto tuviera que ver con el plan perfecto del crimen sin huellas, y ninguno, absolutamente ninguno, superaba al suyo. Recapituló los imprevistos que pudieran presentarse a último momento, hizo una lista de sus coartadas, imaginó situaciones, previó las preguntas, adivinó los pasos, la secuencia, el acto final.
Muy contento por la mañana, como si hubiese sido él quien durmiera a pierna suelta, encontró a su esposa todavía echada en la cama, con las ojeras adornándole la cara y la expresión pronta a estallar en un nuevo ataque de nervios, pero sin dirigirle una sola palabra se acercó al escritorio y extrajo del bolsillo de su gabardina un manojo de papeles doblados en diez. Ella se extrañó de que no le prodigara la disculpa habitual, que ni siquiera intentase justificar su nueva afrenta, pero tampoco hizo nada por reclamarla. Entonces él comenzó a transcribir en la vieja máquina doméstica las hojas que previamente había seleccionado, y luego de diecisiete minutos se levantó, con dos páginas impecables que engrapó, ensobró y ordenó luego a la empleada con un billete de diez a que despachara por la agencia de correo más próxima el cuento que acababa de escribir, y en el que asesinaba a su esposa sin que nadie pudiera luego recriminarle nada, ahogándola con su indiferencia.
jueves, 27 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario