jueves, 27 de agosto de 2009
Velada
Dicen por ahí cerca de la casa que el extraño simplemente entró en ella. Ya era tarde, y el frío golpeaba a los que aún caminaban por la calle a esa hora. Hoy aquella casa está vista con recelo, con miedo diría. Pero cada misterio tiene sus razones y cada razón sus misterios. Yo no creo que él se haya dormido, como muchos murmuran por ahí. Me parece más bien que el cadáver, que tenía la cara toda azul y lívida, dice mucho de él. Sí, yo lo imagino, y lo entiendo, porque ésas son cosas de hombre apasionado. Y él eligió morir aquella noche de octubre. Lo imagino llegando tarde, cansado, con sus alforjas al hombro. Pasaron cuatro años antes de que volviera, y era necesario hacerlo. Había sentido el llamado de Patricia, la niña que conoció en su primera llegada al pueblo, y de cuya muerte se enteró aquella tarde, pocos minutos antes de entrar en la casa, por boca de los vecinos. Yo no lo vi, pero me lo imagino. Su nombre era Andrés, todo el mundo lo supo al día siguiente, cuando buscaron una identificación entre sus pocas cosas. Lo que pocos sabemos es que vivió en aquella casa grande cuatro años antes, y que entonces conoció a Patricia. Ella tenía entonces apenas doce años, y él, veinte, según tengo entendido, y se quedó prendado de ella. Era dulce, como toda niña de su edad, y él nunca pudo saborearla. Sin embargo, aquella noche, la última que alguien lo vio respirar, y poco después de enterarse de la muerte de Patricia y su abuela, Andrés entró solo en la casa, y acomodándose en la hamaca vieja que aún estaba tendida, lloró una lágrima, y luego fue recordando y llorando más, sin dormir. Entonces se dio cuenta que en la mesa que había en aquella habitación estaba un vestido azul, viejo por sabe quién cuánto tiempo, que era el que Patricia usaba los domingos en la misa, y lo miró entristecido. Lo tomó entre sus manos y regresó con él a echarse en la hamaca, pensando, recordando, llorando. Pudo imaginarla entonces, con aquel vestido puesto, mirándolo, triste, llamándolo con su voz de silencio eterno. Tuvo entonces más deseos de llorar, y siguió llorando, pensando en que nunca le diría “Patricia, te quiero”. Y sintió luego el aliento de Patricia entre sus dedos, y su mirada tierna, como si en realidad tuviera cuerpo, y entonces entendió que los fantasmas no son sólo esos pesados recuerdos, ni aquellos asuntos sin resolver, sino también la nostalgia dulce, las palabras que se quedaron sin decir, y el silencio que mira desde su propio silencio. Y continuó llorando, hora tras hora, minuto a minuto, lágrima tras lágrima, encerrado en su propia agonía. La puerta estaba pegada, pero no la ventana. Por ella se filtraron los primeros rayos de sol al amanecer, y junto con las primeras luces se halló a sí mismo abrazado al vestido azul, ya sin el cuerpo difuso, y pronto, sin sueños que mirar, sin ilusiones para compartir, sin esperanzas que alimentar, se dejó morir ahogado en las lágrimas con que había llenado la gran habitación.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario