jueves, 27 de agosto de 2009

Al anochecer

Se detuvo, sin querer, a mirar el espectáculo del día moribundo. El cielo presentaba una coloración rojiza profunda, y en el fondo del paisaje vio reflejado un trocito de su soledad. Encendió un nuevo cigarrillo. Era un L&M: le recordaba a ella. Lo pitó, simplemente lo pitó.
Su apariencia desgarbada iba muy bien con su estado de ánimo: una gorra ploma de tela, de esas que ya sólo utilizaban los artesanos de antes; un sacón a cuadros color café con forro de peluche; y para rematar, unos pantalones Jean y zapatillas deportivas. Estaba parado en el dintel de su puerta, mirando el patio en el que jugaban los numerosos niños de la casa. Ya el día había muerto.
Apagó su cigarrillo con la punta del pie derecho. Entró en su cuarto, y pensó otra vez en ella El día, aunque agotador, no le habla robado las fuerzas para recordarla una vez más, recreando una a una las pocas caricias que podía recordar.
La habitación, grande y azul, tenía pocos muebles: un camastro de mediados de siglo; al lado, un velador viejo de madera sobre el que reposaba el único aparato electrónico: una radiograbadora de segunda mano; en el centro de la habitación estaba una mesa con algunos libros, y en el fondo una barra de metal apoyada sobre dos soportes de madera, de la cual colgaban algunos sacos y camisas. Al pie de ésta se hallaban unas cajas de cartón en las que se podía ver las ropas que no podían ser colgadas: calcetines, calzoncillos y poleras. Tal era su patrimonio, y no parecía muy interesado en acrecentarlo.
Derramó una lágrima vieja al ver en su billetera la fotografía de ella en blanco y negro arrebatada al periódico aquella tarde de abril. Encendió otro cigarrillo, se quitó la gorra, y pensó en cómo ella había renunciado a todo por seguirle. Todo se reducía simplemente al tiempo que nadie lo da así por así. Cuando ella tenía prisa o cosas urgentes que hacer, siempre hallaba el tiempo suficiente para dedicárselo a él, y aunque no lo había valorado en su momento, los nuevos instantes de soledad le obligaron a pensar seriamente en el asunto, y llegó a la sabia conclusión de que realmente ella le amaba. También llegó a la conclusión tardía de que la sabiduría llega cuando no sirve para nada.
Recordó el adiós abrupto, y lo que vino después. No la había valorado si no hasta que fue demasiado tarde. Ella lo dejó, o, como un día comprendió, él la perdió definitivamente.
No estaba seguro si la había buscado como un remedio a su soledad casi eterna. Cayó en cuenta de que no supo expresar aquel sentimiento profundo que anidaba en su corazón y que sólo maduraría después del último adiós.
Supo también algo tarde que la había necesitado desde siempre… así de simple.
Recordó cuando ella dudaba que él sintiera algo por ella. Comprendió sus dudas razonables: él era sumamente torpe e inexacto para expresar sus sentimientos. Pero en el fondo vivía sólo para ella, con todo y desaciertos.
Al ver el gran vacío de su vida retratado en su habitación, terminó aceptando que le gustaría mucho intentar algo nuevo con ella, volver a enamorarse, una vez más.
Sí, podía ser la soledad el gran motivo para que la buscara, la encontrara y le propusiera una vida a su lado… pero aquello carecía de importancia: la había perdido cuando más la necesitaba.
Consciente de su nueva y más cruda soledad, en el silencio de ese cuarto vacío, recordó todas las cosas que había compartido con ella: su primer encuentro, su primer día, el primer beso, sus primeras caricias, la vergüenza de ella y la suya propia, y la risa de ella, aquella risa cristalina que parecía ser portadora de su tiempo y ámbito propios. Sí, había cobrado muy tarde conciencia de cuánto amaba a aquella mujer dulce, y supo entonces más que nunca que toda exquisitez está irremediablemente acompañada de una tragedia.
Habría querido tenerla cerca para confesarle que a pesar de todos sus errores fue honesto cuando le decía que la amaba, aunque aquel sentimiento apenas germinaba en su ser. Y sintió el impacto del vacío y la soledad en forma más profunda que antes. Lloró con una profusión mayor, y se dijo a sí mismo que le gustaría mucho volver a empezar, volver a enamorarse, a enamorarla, que realmente le gustaría volver a empezar con ella, pero aceptó que nunca más sabría nada de ella, nada distinto de aquella fotografía suya en blanco y negro arrancada al periódico de abril que invitaba a su misa de ocho días.
Sala de Redacción
José Luis Arellano del Castillo y Góngora, veterano de las letras, vigilaba desde su escritorio de jefe de redacción el movimiento en las dependencias a su cargo. Las máquinas de impresión zumbaban alternadamente, mientras las transcríptoras apuraban su faena diaria y las moscas revoloteaban alrededor de algunas envolturas de dulce que yacían en los contenedores. A un lado de los escritorios,, junto a la puerta de ingreso, la máquina proveedora de café caliente, que el señor director había mandado colocar para que los empleados no perdieran tiempo conversando en una mesa, derramaba gotas negras porque alguien en su prisa había olvidado asegurarla.
Arellano llevaba las mangas recogidas, el pecho sudoroso y la frente brillando por el intenso calor que convertía la sala de redacción en un hervidero de angustias. El nuevo redactor, que trabajaba en realidad dos años en la planta titular, le acercó transpirando una fotografía tomada por su ayudante y la nota redactada por el, diciéndolo “ahí tiene jefe, ocho palabras, tal como me indicó en la mañana”, a lo que Arellano respondió con un asentimiento de cabeza. Leyó sin sobresaltos, y al final le colocó un número dos en la esquina superior derecha junto a su sello de pie, lo cual fue gratamente recibido por el joven redactor.
Cuando se marchó el novato de las letras. Arellano extrajo de una gaveta de su escritorio un álbum de recortes de prensa, y viéndolos por un momento lanzó un suspiro recordando los titulares de antes y lo que debía pasar un reportero que salía a la caza de una noticia. “Los tiempos cambiaron,” se lamentaba para sí, “antes valorábamos nuestro trabajo, solíamos dedicamos con alma, vida y corazón a nuestros negocios; los jóvenes de ahora quieren sensacionalismo, noticias baratas, como esas barbaridades de coserse la boca en el norte, que “locura”. En eso, una de las transcriptoras se le acercó para hacerle una consulta sobre una palabra. Todo el personal de la oficina le consultaba, total, él era el veterano en los asuntos de escritura y diagramación, nada desactualizado, y por algo había llegado a ser el jefe de redacción de aquel periódico, en el cual pronto dejaría de trabajar, pues, se acercaba su jubilación. “Si, señor director, cómo no, desde luego que sí señor, tiene usted toda la razón”, le había dicho más & una vez al director al que apenas sí se acercab como era rigor en los tiempos que vivían. La jubilación llegaría, y con ella una nueva vida, diferente, pero no necesariamente mejor.
Arellano suspiró nuevamente mientras se acomodaba las gafas de aumento. Los tirantes parecían aumentar notoriamente su obesidad, y las canas amarillentas coronaban treinta años de esfuerzo en el trabajo, veintiocho de matrimonio y diecinueve de amores prohibidos. Las noticias habían variado sustancialmente en los últimos años. Ya nadie, o casi nadie; escribía una implicación con i latina. El había cambiado sus costumbres para no sucumbir, y había logrado mantenerse vigente, las noticias de primera plana que él conoció, y que no necesariamente eran acompañadas por una fotografía, bastaban entonces las noticias locas, tales como pollitos con rostro humano, ovejas de dos patas o recién nacidos de dos cabezas, o el inicio de la guerra civil en una población tierra dentro o el discurso de la primera dama. “Antes la gente se maravillaba con poco, supongo que esa era la infancia de la humanidad”, se dijo sin mayor drama que sus propias palabras, “ahora la gente ni siquiera lee, pero sí creen saber escribir, y encima corrigen, burros de remate”. Dela sala de prensa le llegó una nota, era el jefe de máquinas, quien no sabía si utnnota por él firmada, debía ir en la página diez u once, “dile que puede ir en cualquiera”, respondió al mensajero, “no es primera plana ni centrales”.
Días como aquel, próximos a su jubilación, coincidían en ser insoportables. y el verano austral sofocaba aún más los poros bañados en sudor incontenible hacia mediodía.
El redactor nuevo, con dos años de experiencia y que aún buscaba su nota de primera plana, irrumpió repentinamente en la sala de redacción, con el rostro radiante de alegría, y con una foto que había sido tomada por él la mañana que terminaba. “Jefe,” dijo con la voz alta, como para que todo el mundo le oyera, “secuestraron al director de nuestro periódico, tres encapuchados, hace cinco minutos al salir de acá”, mientras con la mirada picaresca parecía decir “ahora sí ganó”.
Arellano le miró desconcertado; segundos después, las máquinas interrumpieron sus zumbidos, todo el personal calló y volcaron la mirada hacia el puesto del jefe de redacción, mientras éste se quitaba las gafas, secaba el sudor de su frente con el dorso de la mano y miraba a todos los presentes, y, sin saber qué hacer, preguntó dubitativo:
–¿Sabe casualmente alguien el nombre del señor director?
Un calor sofocante con olor a amoniaco y un silencio yelmo fueron la única respuesta que recibió mientras dejaba reposar sus gafas sobre el escritorio de madera oscura.

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