jueves, 27 de agosto de 2009
Espera
Había llegado, como era habitual, cinco minutos antes al punto de encuentro. Mientras ella llegaba optó por continuar su lectura tantas veces fracturada. La historia narraba los sinuosos caminos de la iglesia medieval, la lucha de cátaros, fraticelis y valdenses contra el clero, y la lucha del Papa con los emperadores de turno por la hegemonía del poder. Cada línea le transportaba a un mundo y momento por entero distintos del suyo, y sin notarlo iban transcurriendo los segundos que se hacían minutos, y éstos segmentos de hora. Miró el reloj que ella le había regalado: llevaba poco más de quince minutos esperándola. Ya no pudo concentrarse en la lectura. A su mente llegaron recuerdos de otras esperas, siete años atrás, cuando la relación que casi acaba con su vida aún estaba en pie. Recordó sus esperas ya no con el aliento entrecortado ni la desesperación amarga de los primeros días después de la ruptura, sino con un aliento dulce que le llenaba el ser de un extremo a otro. Ella solía llegar media hora después que él con un archivador amarillo cubriéndole el pecho, siempre pidiendo disculpas, y más de una vez él le había puesto cara de culo. Juntos intentaban entender algunas tonterías académicas, y ella se sorprendía siempre por la ingenuidad o la desidia (o ambas cosas a la vez) demostraba en sus discusiones teóricas. El sentía esa defraudación que ocasionaba en ella, y le reconfortaba, o consolaba (o ambas cosas a la vez) el hecho de que a pesar de todo lo mimara tanto. Y su mayor consuelo fue que no lo dejó por tonto, sino por estúpido, es decir, no por no saber nada de lo que a ella quizá le hubiera interesado, sino por los errores típicos del varón que yerra por lo inmenso de su locura. Aun así, los tiempos posteriores a la ruptura habían sido los más duros, y nada de lo que hizo consiguió apartar el recuerdo de Lucía de su mente; nada de lo que intentó hacer vedó ni anuló sus deseos: los viajes a ninguna parte, las parejas intermitentes, las lecturas inconclusas que narraban las aventuras del eterno enamorado que no perdía el tiempo, la familia ahogada en una centuria de soledad compartida, las luchas de caballeros con armadura por un Dios al que no conocían, las críticas a la filosofía idealista alemana, la concepción materialista del mundo y de las clases sociales, los proverbios ilustradores, la cena santa, los misterios más profundos del mar y los cielos, los ciclos de bonanza financiera, y tantas otras cosas que lo distraían apenas minutos. Sin embargo, el tiempo había actuado como un lenitivo calcificante en su corazón, tapiando las ventanas, cerrando habitaciones, y la nostalgia aparecía como algo inmaculado y sagrado: sin rencores ni amargura que no fuera la de no contárselo a ella, de no confesarle que aquellas esperas que tanto le torturaban antes eran deseadas como el último rescoldo de esperanza para su vida, que no le encontraría nunca más con su cara de culo, y que ya se había cansado de ser estúpido, y deseaba ser tan sólo tonto, con tal de que ella lo mirara… y lo perdonara. Volvió a hojear su libro, sin prestarle mucha atención. Los cátaros seguían siendo confundidos en su herejía con los valdenses, no importando los argumentos en favor de la diferenciación entre ambos que expusiera fray William de Baskerville. El sol se perdía en el horizonte, y una vez más habían transcurrido otros quince minutos, cuando llegó ella, con el archivador amarillo cubriéndole el pecho, pidiéndole una nueva disculpa, y él se la dio con una sonrisa tonta, pero sin poner cara de culo.
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