jueves, 27 de agosto de 2009

Incómoda

Cuando Paulina cerró su oficina, recordó que había olvidado las llaves sobre el escritorio, pero ya era tarde, y además viernes, así que tuvo que resignarse a dejarlas adentro hasta el lunes, cuando la secretaria llegaría antes que ella. De ese modo, lo único que llevó consigo aquella noche fue su cartera, la que fue sintiendo, poco a poco, mas pesada. Había hecho algunas travesuras durante la semana, y aunque no se arrepentía por ellas, prefería evadir sus propios recuerdos. Ya en el taxi, a tiempo de pagar, notó que su cartera iba aumentando de peso, hasta casi fatigarla, pero por la oscuridad del sitio no pudo reconocer el objeto que pesaba tanto. Tuvo que esperar cinco minutos a que abrieran la puerta, pues la llave de su casa estaba en el llavero olvidado, y aquella espera hizo que le dolieran la espalda, los brazos y las muñecas, y no pudo impedir esa tremenda incomodidad que suponía cargar ella sola con la cartera cuyo peso iba en aumento permanente. Al fin llegó a su habitación, y arrastrándola con ambas manos, depositó la cartera sobre su catre, cuya parrilla crepitó ante el inesperado objeto. Al fin la abrió, y en ella encontró, todo sonrosada, su conciencia intranquila.

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